Ni vampiros ni fantasmas: ¿Por qué las mujeres están escribiendo el mejor terror? 

El verdadero monstruo ya no está debajo de la cama ni fuera de casa esperando atacar, sino que se encuentra adentro de la rutina y en las violencias sociales cotidianas. Para las escritoras Mariana Enriquez, Fernanda Melchor o María Fernanda Ampuero, reemplazar los monstruos fantásticos por los miedos reales como la violencia de género, la maternidad impuesta y la opresión dentro del hogar ha sido un paso natural.

De las casas embrujadas al gótico doméstico

Durante décadas, el terror clásico nos acostumbró a buscar al monstruo fuera de casa: en castillos victorianos lejanos, bosques sombríos o mediante criaturas fantásticas como vampiros y demonios. Sin embargo, las mujeres ya estaban dando un giro narrativo mientras escribían un terror donde la amenaza no requería de portales sobrenaturales, sino que ya estaba instalado en el espacio privado y en nuestro interior. 

Podría decirse que fue la escritora mexicana, Amparo Dávila, la que sembró la primera semilla. Considerada como la pionera de la narrativa fantástica y el terror latinoamericano, Dávila, trasladó el horror fuera de los monstruos tradicionales para ubicarlo en la cotidianidad. 

Muchos empezaron a llamarlo gótico doméstico para referirse a los espacios cotidianos de la casa, la familia, el matrimonio y la vida privada desde el encierro, y toda una ola de autoras tomó esa herencia doméstica para romper con los estándares del miedo y retratar lo que se vive la violencia estructural que viven las mujeres desde tiempos históricos.

La escritora y periodista argentina, Mariana Enriquez, resume este fenómeno así: “el realismo ya no basta para contar la verdad sobre los horrores de nuestras sociedades”.

La red de escritoras que ayudaron a redefinir el terror literario

El panorama literario solo siguió progresando a partir de ese momento. El paso del gótico doméstico al terror contemporáneo fue definido por toda una generación de autoras latinoamericanas consolidando una nueva era para este género, a partir de sus propias vivencias. Y fue justo cuando más lo necesitábamos. 

Con un aproximado de 840 millones de mujeres en todo el mundo (casi 1 de cada 3) que ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja o de terceros a lo largo de su vida, según un informe publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) no es de extrañar que las mujeres conozcamos de primera mano el horror. 

Mariana Enriquez, considerada como la gran impulsora internacional del género, ha tomado como referencia la memoria traumática de la dictadura militar en Argentina, la pobreza urbana y las brechas del capitalismo en obras como Las cosas que perdimos en el fuego y Nuestra parte de noche. Así como Samanta Schweblin, que explora lo siniestro que se esconde en la dinámica familiar, las relaciones íntimas y la presión por ejercer la maternidad.

Desde Ecuador, las autoras Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, han creado un ambiente de horror desde diferentes perspectivas: una con el retrato de la violencia ejercida sobre los cuerpos femeninos y otra sobre los horrores de la migración forzada, la precarización y el maltrato dentro de la estructura familiar.

Así como en Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor, que muestra cómo la violencia machista y la miseria están naturalizadas en el entorno rural mexicano.

Al cerrar los libros de estas autoras, sus historias trascienden de un escape o una forma de entretenimiento. Y es que este movimiento literario no utiliza el terror para huir de la realidad, sino para confrontarla de frente. En un panorama donde la violencia machista y las crisis estructurales forman parte de la experiencia cotidiana, estas lecturas se convierten en un instrumento de crítica profunda, pero con un despertar de consciencia.

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