Rescatar el antagonismo político en el proyecto descolonial

La filosofía que ataño pareció superada,

sigue viva porque se dejó pasar el momento de su realización

Adorno, Dialéctica Negativa



Este texto busca abrir debate después de la reciente creación del Instituto Nacional de Descolonización en Venezuela. La idea que pretendo defender es que ningún proyecto de descolonización puede hacer caso omiso de las condiciones en donde se gesta, así como de la política a la que sirve, y que estas condiciones no pueden ser alianzas como la descrita a continuación, porque en ellas el pensamiento corre el riesgo de perecer -entiendo pensamiento (con Theodor Adorno) como el momento de negatividad constante-. En otras palabras,  considero que es buen momento para diferenciar el apoyo a un proyecto político, del acto de comprometer un proyecto de pensamiento con un proyecto político (incluso en el caso utópico de apoyo a un gobierno de incuestionable izquierda).

La cuarta semana de octubre del presente año, la Biblioteca Nacional de Venezuela y el Palacio de Miraflores fueron espacios de encuentro para la III Escuela de Pensamiento Crítico y el presidente Nicolás Maduro. Ahí se celebraron las reuniones posteriores a la aprobación de la creación de un Instituto Descolonial, con el eurocentrismo como principal enemigo a combatir. Una mesa encabezada por Enrique Dussel y Ramón Grosfoguel acaparó las cámaras de Venezolanas de Televisión, que mostraron a un presidente triunfante contantando con el apoyo de la élite intelectual de lo que para muchos es el pensamiento más crítico de América Latina.

“Si la filosofía es necesaria, entonces tendrá que serlo como crítica: como oposición a una heteronomía que se extiende[…] Lo que acaece en el interior del concepto refleja siempre algo del movimiento real”, expresó Adorno en la conferencia dictada en 1962 titulada ¿Para qué aún filosofía? Con ello buscaba advertir que la filosofía nunca es algo superado, porque la vitalidad del pensamiento radica en la imposibilidad de consumarse; pensar es un ejercicio constante -a lo que yo agregaría- parresiástico. La necesidad de procurar su independencia consiste en permitir el desacuerdo con el poder. Creo que es buen momento de retomar el giro de la crítica como negatividad ante una proliferación de discursos afirmativos -por afirmativo aquí me refiero a aquellos que asocian el fin de la política con su proceso-. De ahí que cite a Adorno, pues veo útil repensar a la Primera Escuela de Francfurt y su interés por dar cuenta del fascismo y de sus dimensiones.  

El proyecto descolonial explícito en la teoría de Enrique Dussel tiene como algunos de sus principios más potentes la materialidad de la vida, el horizonte de Alteridad crítica con el sistema europeo-ser, la noción de transmodernidad, la distinción entre potestas y potentia, etc. Dicho proyecto, aunado a innumerables aciertos conceptuales, ha sido de primera importancia para pensar la realidad latinoamericana en las últimas décadas. La pregunta es si un gobierno como el de Venezuela es  representativo, afín, o por lo menos anhela volver efectivos tales aciertos conceptuales. Diversos proyectos, como el relevo imperialista en el que China ahora recibe 330 000 barriles de petróleo diarios de Venezuela (2017), la corrupción y la condonación de impuestos a las élites y transnacionales, la entrega de concesiones de 112 000 km cuadrados en el Arco minero del Orinoco, todo esto aunado a la intolerancia a todo aquel que manifieste desacuerdo con el gobierno de Maduro, ha mantenido a Venezuela en un estado de excepción que ha obligado a por lo menos dos millones de ciudadanos a salir del país. Se trata de una situación en la que difícilmente se podría sostener que la vida es principio material de la política. Igual de difícil es pensar que Maduro tiene razón al etiquetar a esta información  como “mentiras del imperio”.

Se podría argumentar que Venezuela es un gobierno de izquierda en crisis por el bloqueo geopolítico, que sólo se puede ser solidarios ante la falta de otro proyecto de izquierda concreto y más perfecto que él. Se puede argumentar, en esa línea, que no hacerlo sería apoyar al imperio y a la derecha en asenso. Sin embargo, a esto le veo un problema: este tipo de pensamiento tiene la forma del  antagonismo moral. Se trata de una petición de principio que describe el mundo en frentes morales opuestos, completos y perfectos. La solución “moralmente correcta” en esta puesta teatral más cercana al maniqueísmo es el apoyo incondicional a La bondad. La petición de principio aquí estriba en que lo correcto y necesario está dado ya en el momento en que se describe la situación. Creo que el antagonismo moral debe ser diferenciado del político. El primero es peligroso, partir del segundo, creo que es urgente. El antagonismo moral crea la fantasía de que la única opción de lucha es el apoyo al opuesto bueno, en este caso, la Revolución Bolivariana. Por eso propongo llevar el debate al terreno complejo de la política y no al de la moral: me refiero a una política que parta del antagonismo como condición para la democracia.

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Emiliano Teran Mantovani, sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, ha circulado una reacción ante la noticia del Instituto de Descolonización. Algunas de sus líneas más contundentes son las siguientes: “No se puede ser “decolonial” eximiendo al colonialismo interno. Resistir al imperio estadounidense, imperio criminal, no puede representar una carta blanca para una política de reformas liberales, para el estado de excepción y la militarización de la vida, para la expansión de la devastadora corrupción gubernamental”. De fondo, esta carta blanca es efecto de un grave error: asociar valores democráticos con el Liberalismo Yankee. Es momento de cuestionar si toda democracia es liberal-capitalista y si podemos darnos el lujo de perder la democracia. Pensar que combatir al imperio es combatir a la democracia es acercarnos cada vez más a performar el autoritarismo característico de los gobiernos de derecha.

Decía al inicio que es distinto “apoyar a un proyecto político, de comprometer un proyecto de pensamiento con un proyecto político” porque mi posición no es la de una crítica negativa de ciegas ambiciones prácticas. De nuevo celebro los aportes de Dussel al pensamiento político que advirtieron la importancia de un Principio de factibilidad estratégico guiado por una razón estratégico-política a cargo de pensar soluciones en circusntancia. No condeno la posibilidad de apoyar un proyecto político, al contrario, veo urgente el compromiso de la izquierda con la potentia, como fuerza de comunidad política. Pero a diferencia de Venezuela, veo urgente que la izquierda piense la factibilidad de la democracia.

Es de importancia suma hacer estas distinciones teóricas en un momento como el que nos está tocando presenciar. Sobre todo por la coherencia que un proyecto como el descolonial demanda. Es importante porque el retorno de la extrema derecha se hace presente como fenómeno global. Hace pocas semanas la ultraderecha ganó en Brasil. La derecha conservadora y nacionalista cada vez convence más a las mayorías y triunfa en elecciones. Esto no sólo acontece en Europa y Estados Unidos, también en América Latina. Dicho ascenso de posturas radicales lleva al riesgo de su opuesto. Una ultra izquierdización, con muchos de los mismos vicios de la derecha: el miedo a la diferencia, ver al desacuerdo como traición, la obsesión por la conspiración, elementos que Umberto Eco enumeró en su artículo Ur-Fascism publicado en New York Review of Books.

No vislumbrar el lugar constante del pensamiento es su muerte, el triunfo del autoritarismo, tenga éste la cara de derecha o de izquierda. “Todas las posibilidades de reconciliación serán irremisiblemente históricas. Pero, por tratarse de posibilidades no las hallaremos en lo realizado, debemos remontarnos al momento en que quedaron abortadas cuando se congeló su dinámica dentro del proceso histórico, está es la misión encomendada a la teoría” escribió Adorno en Dialéctica Negativa. Creo que ahora como nunca es urgente tomar la radicalidad del proyecto descolonial, en discordancia incluso con sus más representativas alianzas.

 


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