Muere el poeta brasileño Ferreira Gullar: 3 poemas para recordarlo

José Ribamar Ferreira, mejor conocido como el poeta, dramaturgo, crítico y periodista Ferreira Gullar (Sâo Luís do Maranhão, 1930) abandonó su existencia mortal este 4 de diciembre 2016. Sin embargo, su obra literaria es un registro de una vida que transgredió los límites de la sensibilidad. Es considerado uno de los poetas contemporáneos más importantes de Brasil, en 2010 recibió uno de los galardones de mayor importancia concedido a autores en lengua portuguesa: el Premio Camoes; y en 2014 fue elegido miembro de la Academia Brasileña de las Letras.  Su vida estuvo marcada por el exilio, como militante del Partido Comunista de Brasil tuvo que abandonar su país debido a la dictadura militar.

A continuación presentamos una breve selección de sus poemas:

 


Poema Sucio/En el vértigo del día (fragmentos)

Una parte de mí
es todo el mundo:
otra parte es nadie:
fondo sin fondo.

Una parte de mí
es multitud:
otra parte extrañeza
y soledad.

Una parte de mí
pesa, pondera:
otra parte
delira.

Una parte de mí
almuerza y cena:
otra parte
se espanta.

Una parte de mí
es permanente:
otra parte
se sabe de repente.

_____

_____

Una parte de mí
es sólo vértigo:
otra parte,
lenguaje.

Traducir una parte
en la otra parte
-que es una cuestión
de vida o muerte –¿será arte?


*

Es imposible decir
en cuántas velocidades diferentes
se mueve una ciudad
a cada instante
(sin hablar de los muertos
que vuelan hacia atrás)
o incluso una casa
donde la velocidad de la cocina
no es igual a la de la sala (aparentemente inmóvil
en sus jarrones y bibelots de porcelana)
ni a la de la huerta
abierta a los vientos de la época

¿y que decir de las calles
de tránsito intenso y de la circulación del dinero
y de las mercaderías
desigual según el barrio y la clase, y de la
rotación del capital
más lenta en las verduras
más rápida en el sector industrial, y
de la rotación del sueño
bajo la piel,
de un sueño
en el pelo?

¿y las tantas situaciones del agua en la vasijas
(lista para huir)
la rotación
de la mano que busca entre los pendejos
el sueño mojado los muchos labios
del cuerpo
que a la caricia se abre en rosa, la mano
que allí se detiene a ensuciarse
de olores de mujer,
y la rotación
de los olores otros
que en la quinta se fabrican
junto a la resina de los árboles y el canto
de los pájaros?

¿Qué decir de la circulación
de la luz solar
arrastrándose en el polvo bajo el ropero
entre zapatos?
¿y de la circulación
de los gatos por la casa
de las palomas por la brisa?
y cada uno de esos hechos en una velocidad propia
sin hablar de la propia velocidad
que hay en cada cosa
como los muchos
sistemas de azúcar y alcohol en una pera
girando
todos en diferentes ritmos
(que casi
se pueden oír)
y componiendo la velocidad general
que es la pera

del mismo modo que todas esas velocidades mencionadas
componen
(nuestro rostro reflejado en el agua del lavadero)
el día
que pasa
-o pasó-
en la Ciudad de Sao Luís.

Y del mismo modo
que hay muchas velocidades en un
sólo día
y en ese mismo día muchos días
así
tampoco se puede decir que el día
tiene un único centro
(hecho un carozo
o un sol)
porque a decir verdad un día
tiene innumerables centros
como, por ejemplo, el jarro de agua
en el comedor
o en la cocina
en torno del cual
desordenadamente giran los miembros de la familia.

Y si en ese caso
es la sed la fuerza de gravitación
otras funciones metabólicas
otros centros generan
como el inodoro
la cama
o la mesa del comedor
(bajo una luz roñosa en una
casa de una sola puerta y una sola ventana de la calle de la Alegría

 

en la época de la guerra)
sin hablar de los centros cívicos, de los centros
esperitistas, del Centro Cultural
Goncalves Dias o de las pescaderías
colegios, iglesias y prostíbulos,
otros tantos centros del sistema
en que el día se mueve
(siempre en velocidades diferentes)
sin salir del lugar.

Porque
cuando todos esos soles se apagan
resta la ciudad vacía
(como Alcantara)
en el mismo lugar.

Porque
diferentemente del sistema solar
a esos sistemas
no los sostiene el sol y sí
los cuerpos
que giran alrededor de él:
no los sostiene la mesa
sino el hambre
no los sostiene la cama
y sí el sueño
no los sostiene el banco
y sí el trabajo impago.

Y esa es la razón porque
cuando la gente se va
(como en Alcantara)
se apagan los soles (los
jarros, las cocinas)
que de ellas recibían el calor

esa es la razón
porque en Sao Luís
de donde la gente no se fue
aún en este momento la ciudad se mueve
en sus muchos sistemas
y velocidades
pues cuando una vasija se rompe
otra vasija se hace
otra cama se hace
otra jarra se hace
otro hombre
se hace
para que no se extinga
el fuego
en la cocina de la casa

Lo que ellos decían en la cocina
o en la terraza del caserón
(en la calle del sol)
salía por las ventanas

se oía en los cuartos de abajo
en la casa vecina, en los fondos de la mueblería
(y vaya uno a saber
cuánta cosa se dice en una ciudad
cuántas voces
resbalan por ese intrincado laberinto
de paredes y cuartos y zaguanes,
de cuartos de baño, de patios, de huertas
voces
entre muros y plantas,
risas,
que duran un segundo y se apagan)

Y son cosas vivas las palabras
y vibran con la alegría del cuerpo que las gritó
tienen hasta su perfume, el sabor
de la carne
que nunca se entrega realmente
ni siquiera en la cama
sino a sí misma
a su propio vértigo
o así
hablando
o riendo
en el ambiente familiar
mientras como una rata
podés oír y ver
desde tu cueva
cómo esas voces rebotan en las paredes del patio vacío
en el armazón de hierro donde se seca una parra
entre alambres
de tarde
en una pequeña ciudad latinoamericana.

Y en ellas hay
una iluminación mortal
que es de la boca
en cualquier tiempo
pero que allí
en casa
entre muebles baratos
y ninguna dignidad especial
minaba la propia existencia.

Reíamos, es cierto,
alrededor de la mesa de cumpleaños cubierta de confites
de menta envueltos en papel de seda de colores,
reíamos, sí,
pero era como si ningún afecto valiera
como si no tuviera sentido reír
en una ciudad tan pequeña.

El hombre está en la ciudad
como una cosa está en otra
y la ciudad está en el hombre
que está en otra ciudad


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pero variados son los modos
en que una cosa
está en otra cosa:
el hombre, por ejemplo, no está en la ciudad
como un árbol está
en cualquier otro
ni como un árbol
está en cualquiera de sus hojas
(aún rodando lejos de él)
El hombre no está en la ciudad
como un árbol está en un libro
cuando un viento allí lo trashoja.

La ciudad está en el hombre
pero no de la misma manera
en que un pájaro está en un árbol
no de la misma manera en que un pájaro
(la imagen de él)
está/ba en el agua
y tampoco de la misma manera
que el susto del pájaro
está en el pájaro que yo escribo

La ciudad está en el hombre
casi como el árbol vuela
en el pájaro que lo deja

cada cosa está en otra
a su manera
y de manera distinta
de como está en sí misma

la ciudad no está en el hombre
del mismo modo que en sus
almacenes plazas y calles


*

No sé de qué tejido está hecha esta carne y este vértigo

que me arrastra por avenidas y vaginas entre olores a gas

y orina que consumen mi cuerpo-antorcha sin flama

o dentro de un autobús

o en la barriga de un Boeing 707 sobre el Atlántico

sobre el arco iris

perfectamente afuera

del rigor cronológico

soñando

Tenedores oxidados cuchillos desafilados sillas perforadas mesas gastadas

mostradores piedras de la Calle de la Alegría bordes de casas

cubiertas de lodo muros de musgos palabras dichas en la mesa

del comedor,

 

vuelas conmigo

sobre continentes y mares

Y también te arrastras conmigo

por los túneles de noches clandestinas

bajo el cielo constelado del país

entre fulgor y lepra

debajo de pañuelos de lodo y de terror

te escapas conmigo, viejas mesas,

armarios obsoletos gavetas perfumadas de pasado,

doblas conmigo las esquinas del susto

y esperas esperas

que venga el día

¿y después de tanto

qué importa un nombre?

Te cubro de flor, pequeña, y te doy todos los nombres del mundo:

te nombro aurora

te nombro agua

te descubro en las piedras coloreadas en las artistas de cine

en las apariciones del sueño

– ¡Y esta mujer que tose dentro de la casa!

 

Como si no bastara el poco dinero, la lámpara flaca,

el perfume ordinario, el amor escaso, las goteras en el invierno.

Y las hormigas brotando por millones negras a chorros

dentro de la pared (como si aquello fuera la esencia de la casa)

Y todos buscaban

en una sonrisa en un gesto

en las conversaciones de esquina

en el coito de pie en la calzada oscura del Cuartel

en el adulterio

en el robo

en el desciframiento del enigma

 


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