#VérticeEnElTiempo Hernán Lavín Cerda: entre el exilio y la locura

El poeta Hernán Lavín Cerda fue exiliado de su natal Santiago de Chile tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Autor fundamental de aquella generación –conocida como generación violentada, disgregada o del exilio—, ha creado una obra poética (que incluye el ensayo y la novela) de excéntrica lucidez e inquietante humor. Desde hace más de cuarenta años radica en México donde los ángeles y los demonios de la cordura lo convirtieron en Lobo Sapiens. Entre sus libros más destacados se encuentran La crujidera de la viuda (1971), La sonrisa del Lobo Sapiens: antología poética (1995), Nuevo Elogio de la locura (1998),  Discurso del inmortal (2004), La sonrisa de Dios (2007), entre otros.

Este sábado 8 de octubre el maestro Lavín Cerda estará compartiendo una lectura de poemas en el encuentro de poetas Vértice en el tiempo en el Museo de la Ciudad de México en punto de las 17 hrs, junto a los poetas Rocío Cerón, Julia Santibáñez, Gerardo Miranda y Sergio Eduardo Cruz.

A continuación Tercera Vía presenta una breve muestra de sus poemas.

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Concentrémonos en la cerradura

 

Si te faltan las bisagras del labio

de arriba y del Monte de Venus,

         puerta eres.

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Si te falla, por óxido y más óxido, el puño

de abajo, más allá de los entrepaños, loca

de amor por falta de oxígeno en la médula de las bisagras,

         puerta eres,

¿quién se atrevería a dudarlo?,

sin duda que puerta eres.

Si el renvalso pierde su equilibrio y se vuela

más allá del bastidor que ya no tiene soplo ni bastón,

         puerta eres.

Si la chapa metálica o de cristal no respira, como en los tiempos antiguos,

cuando ni el cristal ni el metal pertenecían

a la imaginación del Lobo Sapiens


transfigurándose en una chapa,

         puerta eres.

Si con inquietud parpadea el ojo de la antigua cerradura, más allá del fin,

donde lo real y lo irreal se abren y se cierran


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         sin cerrarse nunca

entre el listón y el marco,

puerta eres.

 

Tú eres el portal, mi portalón, la portilla, mi poterna.

No eres más que el pórtico,

         la salida

que va y viene, la puerta secreta, la puerta falsa, la puerta de golpe.

Ven a mis brazos, de puerta a puerta, no dejes

de venir y echa las puertas abajo, si al fin te fallan

las bisagras del principio y del fin,

         la puerta

mía de casi todos, jamás olvides que con piropo y báculo

yo juego de portero y soy tu galán de bigote recortado,

         tu narcosexy

con brújula y un poco de fiebre, entusiasmo

secular, o sin brújula.

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¿Alguien ha visto a Dios?

 

Como fue escrito desde mucho antes

que existiera la Escritura,

“Los últimos

serán eternamente los últimos,

agobiados por el tiempo

de la infernal o santísima crueldad,

o tal vez por la belleza

que aún existe en el aire de tanta belleza”.

 

¿Qué se hizo Dios? ¿Alguien ha visto

a Dios en aquella inocencia tan suya,

el entusiasmo de algunos niños

o la gracia de su impulso,

tan suya desde siempre?

 

¿Dónde estará todavía, sutil o piadosa

y obstinadamente, si existe incluso aquel todavía

desde donde quién sabe si estuvo alguna vez

o nunca, o nadie, quién sabe si tal vez nunca estuvo, todo

es tal vez, aunque ese tal vez tan suyo y tan nuestro

podría ser nunca

o resucitar de haber nacido

o dejar acaso de ser o no ser nunca, Dios de nada y de todo?

 

¿Qué se hizo aquel Dios? ¿Alguien lo ha visto

bajo esa lluvia del otoño, iluminado

y enceguegido por la luz intermitente

de su antigua y nueva misericordia?

 

Como fue escrito desde mucho antes

que existiera la sagrada y ecuménica Escritura,

“Los últimos

serán blasfematoriamente los últimos,

tanto como los primeros, y todos habrán de sobrevivir, abrumados

por el tiempo, a la infernal o santísima barbarie,

y en todos aparecerá el alumbramiento de la belleza

que aún existe en el aire de tanta belleza”.
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El fantasma

Cuando murió Marcello Mastroianni, mi mujer se puso a llorar con un entusiasmo envidiable, como si nuestra galaxia, que nunca ha sido nuestra, se hubiese desprendido apocalípticamente de sí misma, evaporándose entre las nebulosas de otra galaxia.

–No te preocupes –le dije con una sonrisa de monje medieval–. Aquí estoy yo, no sufras tanto, no me atormentes y ya no llores así, a lo bestia. Ven y abrázame, amor mío, micifuz, Muñeca de los Espíritus, fucsia mía, ragazza, Minina del Perpetuo Socorro. Ven semidesnuda y tócame una vez más: recuerda que aún soy tu fantasma de carne y hueso. ¿Por qué no me abrazas y me besas con absoluta devoción, como en la primera noche del p primer día? Tratándose de fantasmas, todos somos iguales. ¿Qué virtudes tiene aquel Mastroianni que no tenga yo?


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