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Si tienes entre 15 y 29 años, no tienes futuro.

La generación que nació después de 1985 enfrenta un presente y un mañana más incierto que el que enfrentaron sus padres y abuelas. Contra el dicho popular de las buenas conciencias (regularmente mayores de 40 años), la evidencia muestra que no basta con esforzarse, estudiar y trabajar para vivir una vida digna. Las personas jóvenes son víctimas de una educación deficiente, excluidas por un sistema laboral abusivo y herederas de un país que se cae a pedazos.

Estudiar (casi) no sirve
Para los nacidos durante los 50s, 60s y 70s, tener un título universitario representaba la llave para el éxito y la estabilidad. A los afortunados (casi siempre hombres), estudiar una carrera les permitió conseguir un trabajo decente y mantener extensas familias. La realidad, sin embargo, para quienes nacieron después de esos años dorados es muy distinta.


En el México del 2015, aunque el 80% de las personas jóvenes espera un beneficio laboral al estudiar, el 41% de los profesionistas menores de 30 años están desempleados o en la informalidad. De hecho, la tasa de desempleo es más alta para personas universitarias que para quienes sólo acabaron la secundaria. Ni siquiera los salarios compensan la falta de empleo pues la diferencia entre una persona universitaria y quienes sólo completaron la preparatoria es de apenas 2 mil 562 pesos.

Ahora bien, pareciera que estudiar la universidad sirve para poco y, en cambio, estudiar los niveles básico, medio o medio superior parece ser una mejor inversión. Sin embargo, el 60% de las personas jóvenes abandonan sus estudios y el 90% lo hace por problemas relacionados con la pobreza.

Lo que nos lleva a…

Trabajar no sirve para vivir
Dos de cada tres jóvenes laboran en la informalidad y el 68.1% de ellos ganan menos de dos salarios mínimos o nada. Esto significa que la mayor parte de las y los jóvenes no tienen seguridad social ni acceso a servicios de salud  y, dado lo reducido del ingreso, tampoco pueden pagar servicios privados.

Por si fuera poco, de los 603 mil empleos formales creados el año pasado solo una cuarta parte fueron para jóvenes, cifra insuficiente para reincorporar a los 1 millón 88 mil de personas menores de 30 años que laboran en el sector informal. Sector contra el que, a su vez, existe una estigmatización sistemática por parte de las autoridades gubernamentales y gran parte de la inversión privada pero que brinda un espacio laboral (regularmente precario) a más de la mitad de la población.

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Entre lo malo y lo peor
Si estudiar sirve de poco y sólo algunas personas tienen la oportunidad. Si hay poco empleo, mal pagado en el sector formal y precario en el informal ¿qué les queda a las juventudes?

Dos opciones: migrar a EEUU y el crimen organizado.

En el primer lustro de 1990, el número de migrantes de México a EEUU se elevó a 300 mil anuales, en el segundo creció a 360 mil. Ya entre el 2000 y 2005, salían de México 400 mil personas al año. A diferencia de lo que sucedía en los 70s y 80s, la población más joven es la que se va del país, se estima que 4 de cada 10 migrantes tienen menos de 25 años ¿Por qué se van los jóvenes? La razón, coinciden especialistas, son los datos ya mencionados: no hay trabajo, el que hay está mal pagado y sus condiciones son poco dignas. Trabajar el triple de lo que trabajan los estadounidenses, ser discriminados y ser acosados constantemente, es mejor que quedarse en México. Sin embargo, desde 2010, el país ha experimentado un regreso acelerado de migrantes y un descenso en la emigración producto del endurecimiento de las políticas estadounidenses.

Aunque es poco deseable que las personas jóvenes se vayan del país a buscar trabajo, peor aún es que se queden y tomen la segunda opción. Existen varios indicios de que los jóvenes, primero hombres y ahora también mujeres, son la principal fuente de reclutamiento del crimen organizado: el 60% de los desaparecidos tienen menos de 29 años, existen cada vez más casos de adolescentes detenidos, el prestigio de la figura del narco se expande en varios estados… SEGOB ha llegado a afirmar que “seis millones de jóvenes mexicanos participan hoy en actividades relacionadas con el narcotráfico”.

El futuro
Como sociedad, nos enfrentamos a muchos retos importantes. Algunos ya están presentes (la mitad de la población se encuentra en situación de pobreza y una tercera parte es vulnerable, la deuda pública crece constantemente, el crimen organizado gobierna de facto algunos territorios…) y otros nos esperan en el horizonte.

En 10 años el valle de México, lugar donde vive una quinta parte de la población, se quedará sin agua. En 20 años se proyecta una crisis por las pensiones equivalente a las que vivió Argentina y, más recientemente, Grecia. Hacia 2050, el bono demográfico habrá acabado y comenzará el envejecimiento de la población con los problemas que ello implica para el sistema de salud, seguridad social y política pública, en general. A ello se añaden los grandes problemas a los que todo el planeta se enfrenta: cambio climático, desigualdad, sobrepoblación, crisis energética…

Las juventudes para ese momento tendrán la responsabilidad de enfrentar estos retos. Pareciera difícil dejar peor el mundo de lo que se les entregó, sin embargo, ¿cómo se puede pensar en el futuro cuando el presente no está asegurado? ¿cómo podemos siquiera hablar de futuro frente a este presente? Desde hace décadas conocemos los problemas y fenómenos a los que se enfrentan las personas jóvenes ¿hasta cuando haremos algo al respecto?

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Epílogo
Hay algo profundamente perverso en el estigma del “nini”. Formalmente, nini es quien ni estudia ni trabaja pero en el imaginario colectivo, nini es quien ni quiere estudiar ni quiere trabajar. De un tajo, con un cambio de palabra, escondemos y justificamos la exclusión.

Lo cierto es que el fenómeno nini es el símbolo más extremo de la enorme violencia que las juventudes sufren en nuestro país. Una violencia que no se limita a los datos presentados sino a las propias soluciones propuestas y el diálogo en torno a ellas.

A lo largo de toda la investigación realizada para elaborar este artículo, resaltó el desconcertante hecho de que la mayoría de las propuestas tienen como centro que los jóvenes estudien (cuando estudiar una carrera sirve de muy poco y la pobreza obliga a la deserción) y que se realicen campañas de concientización (como si el hambre y la anomia se resuelvan con un jingle). Pocas propuesta y estudios toman en cuenta el mapa completo de lo que sucede con las juventudes hoy en México, lo que para unos es un problema de seguridad, para otros es de recursos y para muchos más de crecimiento económico. Para muy pocos es un problema de exclusión sistemática y violencia.

Hoy, millones de personas prefieren, en sus palabras, morir de pie que vivir arrodillados. Prefieren arriesgarse a cruzar la frontera o unirse a las filas del crimen organizado. En México no cabemos todas las personas. Ese es el corto futuro de los sin futuro.


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