“Los condenaditos”: el destino de los miserables y las miserias del destino


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Los cuentos de José Luis Enciso (“Los condenaditos y otras historias de impiedad”, Rayuela, 2019) son una herida que parece que se carcajea, pero que en realidad está escupiendo sangre. Sus historias se sostienen en la ironía trágica y el humor descarnado; sus personajes -algunos sabrosamente odiosos, otros entrañables- luchan por salirse de la ruta implacable de su destino, haciendo frente a mundo vil que les juega chueco cada vez que se descuidan.  

A pesar de ser cuentos publicados en diferentes épocas, Enciso nos convoca a un mismo universo narrativo: cada historia ocurre en el pueblo que puede ser cualquier pueblo, con sus caciques, sus mayorías crédulas, sus criminales despiadados, sus sacerdotes impíos, sus autoridades corruptas. Pero el autor va más allá y entrelaza las historias: en “Días de temporal” San Andrés está a punto de inundarse, mientras que en “Los nuevos reyes” nos enteramos de que el río se desbordó y arrasó con el pueblo. San Marcial es el lugar en que transcurre “Los nuevos reyes” y “Un corrido”; el padre Armendáriz atraviesa por tres historias y juega un papel en “Los condenaditos”, “El milagroso regreso” y “Los nuevos reyes”. Por tanto, más que una serie de historias, se nos insinúa una cartografía, un mundo propio que a la vez tiene la capacidad de representar muchos lugares verdaderos. 

Sus habitantes también son espejo de la vida rural: conocemos a Eutemio, Cleto, Wencho, la tía Lucrecia, Rosa, Chema, don Eliades, Antonia, Tobías, el Chato, el Cepillo, el Macetón, el Burro, el Mocho, el Vasco, el Yaco, el Mayén. Todos ellos han sido marcados de manera secreta por el dolor. Están condenados. O mejor: son los condenaditos, para decirlo con esa piedad popular que sirve para que uno sienta que puede conjurar sus propias desgracias al condolerse cariñosamente de las desgracias de otros. 


Es importante decir que en los cuentos de Enciso el humor juega un papel crucial. No es un asunto que se limita al estilo, sino que se trata de un mecanismo que permite que el lector se distienda frente al gran valle de lágrimas que es el mundo retratado por el autor, para el que hay humor hasta en la naturaleza, que te puede hacer leporino, cojo, con cuerpo de espinazo de maguey o mudo. El autor hace el resto, que es lograr que de manera orgánica todos estos seres contrahechos formen parte de la misma historia. 

Entre sus espabilados cuentos, además de un ritmo alegre que invita a no despegarse del libro hasta agotarlo, Enciso ofrece también metáforas notables: las letras escritas por una mujer semi-analfabeta parecen “arañas aplastadas”; las lunas en el pueblo se asemejan a “tortillas caladas sobre un comal negro”; un bandolero que, en medio de un duelo, recarga su pistola con prisa, lo hace “como quien le da de comer a un hijo moribundo”.

No puedo dejar de hacer una observación de la fórmula narrativa de estos cuentos de Enciso. El autor tiene una gran habilidad para darle un giro inesperado a sus historias en el momento oportuno, pero cuando leemos un par de historias de esta colección (que no por nada se llama “Los condeanditos”) descubrimos que, en mayor o menor medida, los protagonistas siempre acaban mal. Al primer o segundo párrafo uno intuye que lo que más deseaban no va a ocurrir o que se les va a voltear. Se puede decir, en descargo, que esa es la gracia de estos cuentos: somos testigos privilegiados del destino de los miserables y de las miserias del destino. 

“Los condenaditos y otras historias de impiedad” es un libro para reír, para llorar, y sobre todo, para desengañarse. 


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3 comentarios

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  2. […] Aquí una reseña en Tercera vía […]

  3. […] Reseña en Tercera vía […]

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