Un instante y la Palabra


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Por Roberto Feregrino

La memoria, ese lugar atestado, hace lo que se le da la gana cuando entras a él y tratas de dar con algo que estás necesitando. Acostumbra ponerte otros recuerdos que no son el que buscas, para ver si así te puede confundir o tú te cansas y la dejas de una buena vez en paz.

Pero de vez en cuando hay que ponerse bien serio con uno mismo y, sin las conseciones y la autocomplacencia que suele uno tenerse, debe definir, decidir y actuar.


– Luis Tovar, El tiempo real

 

A las luciérnagas

A Alejandra Olson

 

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Un instante sólo es un instante que se almacena en nuestra memoria y nos transforma en risas o en llantos. Somos hombres y mujeres de sonrisas o lágrimas. El instante está plagado de formas, olores, sabores y un dejo de nostalgia que nos transporta a lo que fue y ha dejado de ser: somos el narrador de En busca del tiempo perdido mientras remojamos nuestra madalena en el té; una suerte de personajes prousianos. Memoriosos seres de carne y hueso, hijos de la añoranza y la culpa hecha verbo. El primer beso, la primera vez que aprendimos a conducir, la serie de anécdotas que nos revisten de algo que hemos dejado de ser y sin embargo nos conforma. Somos la torre de naipes que se erige como divertimento y termina en el suelo a la primera de cambio. Fichas de dominó colocadas para caer en un efecto uniforme con tal perfección que la primera en venirse abajo logra que la última también lo haga tan sólo para recomenzar ese acto hasta el infinito. 

Jugamos porque el juego también es propio de nosotros, Johan Huizinga en su hermoso ensayo Homo Ludens dice que “El hombre juega, como niño, por gusto y recreo, por debajo de la vida seria. Pero también puede jugar por encima de este nivel: juegos de belleza y juegos sacros”. Así entonces jugamos a veces a ser otros, nos colocamos en el lugar del otro tan sólo para soñar algo que anhelamos o nos parece inalcanzable. Por eso leemos o escribimos, pintamos, escuchamos música o vamos al cine o al teatro, por eso nos convertimos de vez en cuando en seres de ficción que acceden a otros mundos, poseen otros cuerpos o suplantan otras vidas. Nos mentimos a nosotros en un acto lúdico y de tanto hacerlo dudamos de que verdaderamente somos los que somos, porque terminamos siendo aquel o aquella en nuestra imaginación, nos aquijotamos o nos gregoriosamsiamos. Creamos juegos que terminamos por creer ciertos. Los instantes y los juegos hacen que escribimos una suerte de historia (sin saberlo de cierto) como la de José García, el personaje de El libro vacío, que en la imposibilidad de la escritura se encuentra con la escritura misma en el (aparente) no hacer, finamente logrado por Josefina Vicens. Todo aquello que (de)construimos, vivimos o jugamos, no es propio de clases sociales, nunca será exclusivo de un gremio o un grupo determinado porque la música, el arte y la expresión nos mueve invariablemente a soñar, a disfrutar, a sentir. El maestro albañil que erige una construcción y lo celebra escuchando música de banda no disfrutará menos que el erudito que escucha a Paganinni durante la comida o la sobremesa con su familia. Ambos se deleitan y viven su instante

Somos seres que gozan, pero también sufren y en el dolor encontramos el placer de unión con nosotros mismos, descubrimos así la importancia (o falta de interés) por aquello que creíamos convencional o monótono: se nos reafirma una verdad de Perogrullo que nos libera o, por el contrario, nos encadena cual Prometeos y nos carcome la culpa, pero hay que atreverse a quitar el velo de Isis para darnos cuenta. A veces nos sabemos tan solos que nos inventamos dioses, entonces el juego va más allá de una estructura de naipes o fichas de dominó; nos hacemos culto y rendimos pleitesía a lo divino aunque sea un instante mientras dure la soledad o la concientización de nuestra nuestra finitud. 

Sin embargo, tenemos la palabra, el diálogo, la escritura —hermana menor de la palabra (el verbo)— que permitirá crear puentes, acercarnos un poco a las sensaciones, a los instantes que se han quedado suspendidos en un recuerdo que nos miente a tal grado que dudamos de si lo que ocurrió, ocurrió en verdad o hubo otros factores que intervinieron en aquella construcción. Se escribe. Se pinta. Se danza. ¿La felicidad o la tristeza que recordamos son fieles a lo que verdaderamente aconteció? ¿Cuántas veces no hemos tenido que recurrir al otro para que nos dilucide otro aspecto de aquello que sucedió y complemente nuestras lagunas? Con todo y eso no podemos dejar de expresarlo como lo vivimos, compartirlo con alguien de nuestra entera confianza, se lo ficcionalizamos, transformamos cualquer suceso en nuestro presente porque es lo que nos queda de ese pasado. Fragmentos de memoria.

Luis Tovar en un par de novelas —Sin rastro de nostros y El tiempo real— ha querido enfatizar la importancia de la memoria fragmentada que se va desgranando conforme pasan los años, de una manera excepcional en tanto que poética y filosófica. Ambas novelas se complementan, constituyen la mirada de Mario que se recuerda a sí mismo y a las mujeres que lo acompañan en su largo periplo: Martha y Beatriz. Pero será su recuerdo y sabe bien que está plagado de inconsistencias, así que lo único que le queda es la mera suposición de que aquello que vivió es como lo recuerda. Novelas sobre la duda que crean una certeza: finitud. 

Hay quien se bebe un café para contar(se) lo que sucede (porque todo relato antes que ser para otro es para uno mismo que se contempla en sus propias palabras), otros más prefieren el vino para surcar los mares de sus recuerdos, sus penas o victorias. “Las penas con pan son buenas” dice el pópulo ante la adversidad difícil de afrontar; sin embargo, “las penas con bebida y compañía son mejores” enfatizaría yo, porque el pesaroso no suelta así como así, tan de pronto, sus glorias o penurias. Va paso a paso, busca el momento y lanza el jap como entrada oportuna para decir(se). La palabra salva, alivia, cura. El silencio nos envuelve en un halo de pesadez que difícilmente podemos cargar sobre nuestros hombros —metafóricamente— o sobre nuestra conciencia, porque no sabremos si es la culpa o la vanidad las que se sumergen en nosotros impidiendo expresarnos. Las alegrías o las penas en silencio nos hacen parte de una nada en donde parecemos no existir: “Pienso, luego existo” dice Descartes; sin embargo, el embrollo se complementa así: Si existo porque pienso, ergo, hablo porque existo y pienso. Es decir, tengo la facultad de transmitir, de comunicarme con el otro. Quizá podríamos andar por ahí fingiendo sonrisas o evidenciando nuestras carencias en las redes sociales, no obstante, siempre será vital la comunicación visual y gestual que nos ofrece un interlocutor. ¿Acaso no fue el silencio de Pedro Páramo el que lo llevó a su muerte por no poderle decir a Susana San Juan todo lo que le dice en solitario? 

…Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. 

Le pidió que regresara, sí, pero como un mandato, no como aquel que ofrenda su corazón para conseguir que el amor de su vida regrese.

Advertimos entonces así que el poder no es un sinónimo de la felicidad; el endurecimiento real y el metafórico, traerán como consecuencia más desdicha a “un corazón podrido de latir”, en boca de Joaquín Sabina. Las palabras de Juan Rulfo son bellas en tanto que transmiten la imposibilidad de decir a pesar de que el cacique haga cuanto le plazca con las mujeres y con los habitantes de Comala. Ese pueblo contiene los fantasmas de Pedro Páramo por su imposibilidad de expresar y sólo contemplar la partida de Susana “con el sol de la tarde”. Eso no le ocurre al yo poético de Fray Luis de León en “Oda a la vida retirada”, porque sencillamente ha decidido (voluntariamente) retirarse del mundanal ruido y postrarse en un árbol a tocar su plectro. El silencio del yo lírico no procede de lo imposible, sino del acto consciente de alejarse de todo para estar consigo mismo sin destruir un pueblo y crearse fantasmas.

Todos somos instantes. Julio Cortázar en El perseguidor vaticina que toda una historia está contenida entre una estación y otra del metro, porque el pensamiento se desborda y avanza como locomotora sin freno, cuando Johnny le pregunta a Bruno: “¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio?” Cualquiera de nuestros instantes puede abarcar horas porque nos transporta, nos da posibles soluciones y genera nuevas dudas, no obstante, con la palabra le damos sentido a esa vorágine de elucubraciones. El lector que haya llegado hasta aquí podrá pensar en James Joyce o Virginia Wolf, magníficos representantes del monólogo interior, o en otros tantos dignos de ser mencionados, y tendrán mucha más razón que este que balbucea a diestra y siniestra. Pero una cosa me queda clara: no me concibo sin recordar un buen suceso o alegrarme de que uno malo haya pasado, desde luego, porque me sé humano y todo lo que esto significa: miedos, insatisfacciones, dudas, prejuicios, pero nunca me serán suficientes las palabras para agradecele a la Palabra para comunicarme con el/la otro/otra como ahora lo hago con usted, lector(a) generos(o/a) que se ha tomado el tiempo de leer lo que pienso del instante… los libros y decir, en palabras de Augusto Monterroso, que “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. 

 


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2 comentarios

  1. Avatar
    Alonso Vera
    03/04/2020 at 07:01 — Responder

    Me gusto mucho Roberto, si llegué al final!

    • Avatar
      Roberto Feregrino
      03/04/2020 at 13:07 — Responder

      ¡Qué feliz me siento por leerte! Gracias, amigo y qué bueno que te gustó.

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