La esperanza sabe a esta ciudad

Como muchos, temí por mi vida. Pensé que se truncaba de una manera súbita y tajante. Luego, al recorrer mi ciudad, sentí el dolor de verla desmoronada por partes e imaginar a mi propia familia o mis amigos bajo los escombros. Al igual que el resto, pasé por el miedo, la incertidumbre, la impotencia, la parálisis y la confusión, de ida y vuelta, en un mismo instante. A unos pocos días del desastre, digo lo mismo que Edgar en El Rey Lear: “no es lo peor, mientras podamos decir “es lo peor”. Estoy vivo, y eso es bastante.

La respuesta de la sociedad civil, con su voluntad de cooperación y solidaridad a prueba de derrumbes, ha sido increíble. Es algo que se ha repetido hasta el cansancio, y aún así, todavía estamos muy lejos de haberlo dicho lo suficiente.

Por otra parte, tengo la impresión de que nos espera lo más difícil: el enfriamiento de las voluntades, la vuelta a la normalidad, y sobre todo, un periodo de confrontación marcado por la desesperada búsqueda de culpables y por intentos políticos y empresariales de lucrar con la tragedia. De algún modo es lógico que así ocurra, pues un desbarajuste tan radical y forzoso en la polis –palabra griega que designa la vida conjunta en la ciudad- siempre tendrá un corolario en el pólemos, es decir, en el antagonismo y el conflicto. Lo que se viene es la disputa por el proyecto de nuestra ciudad, que será un antecedente crucial en la definición del proyecto de país para las elecciones del próximo año.

En ese sentido me gustaría tomar un momento para hablar de esta ciudad, como yo la entiendo, que desde el año 1325 ha sabido levantarse y reconstruirse desde sus propias cenizas, y cuya promesa esencial permanece intacta.

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Los fundadores de la Ciudad de México eran exiliados. Fueron pueblos nómadas que se habían vendido como mercenarios y que no desconocían la servidumbre. Por eso inventaron una ciudad para aquellos que, como ellos, buscan un nuevo comienzo.

Durante el pasado siglo, esta misma ciudad recibió a los españoles, argentinos, chilenos y uruguayos que lograron escapar de las garras de vergonzosas dictaduras, pero también se convirtió en el nuevo hogar de norteamericanos, cubanos, venezolanos, colombianos, mexicanos de otros estados y gentes de cualquier parte del globo. En ese sentido, la Ciudad de México ha sido una metrópoli abierta y fraterna.

Siendo esta generosidad una de sus facetas más bellas, sus grandes falencias también son bastante conocidas. El crecimiento desproporcionado de la mancha urbana, la contaminación, el tráfico, el suelo sísmico, la inseguridad y la locura que significa vivir en multitud provocan que habitarla sea un caos salvaje. Y ahí reside su más preciado secreto, su promesa eterna: es un milagro que cuando lo necesitamos aparezca alguien de entre la multitud -y a veces la multitud- para echarnos una mano. No importa quién seas o cuál sea la desgracia de la que huyes, la Ciudad de México siempre te ofrece algo simple y magnánimo: la simpatía de los desconocidos. Ese es su pacto milenario.

Mientras mantengamos ese espíritu, hay esperanza. No escribo esa palabra con ligereza, sino como resultado de mucho sopesar su dimensión, sus bordes, su textura. Apelo a ella en el sentido que propone Ernest Bloch: la esperanza consiste en elegir lo que queremos ser. Para Bloch, se trata de una virtud que se cultiva mediante la práctica y la autodisciplina. No podemos hablar de que tenemos esperanza cuando las cosas tienden a salirnos bien o si somos esa clase de optimista crónico que se ciega ante las grotescas muecas del destino. La esperanza es algo muy distinto: se trata de imponerse tareas y cultivar la perseverancia, la tenacidad, la entereza y el coraje para que un proyecto superior a nuestras fuerzas prevalezca.

Esperanza para mí ha sido ver de primera mano que vivimos en una ciudad en donde un desconocido buscará a otro, sin descanso, aun cuando tenga que remontar todos los escombros del mundo. Mi esperanza esta puesta en esa imagen, y no dudo que, si llega a extenderse un espíritu semejante a todo este país de desaparecidos, de hambrientos, de mujeres asesinadas, de mares de injusticia, entonces podremos levantarnos de nuevo cada vez, hasta el fin de los días.

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