Lo esencial y el lado humano de la tragedia


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Por: Waldo Fernández y Adán Pérez-Treviño

Arrancamos el 2016, ya pasa la primera semana y el sentimiento de cotidianidad va dejando atrás las euforias de fin de año. Las nuevas noticias van llenado los espacios de opinión con renovadas expectativas, pero también con nuevo ruido.

A veces el ruido es tal que terminamos por acostumbrarnos, o nos aturdimos y dejamos de prestar atención. Quizá haya cosas que precisamente por ser ruido no merezcan la pena de ser atendidas, y mucho menos recordadas, pero no podemos olvidar que detrás de ciertos estruendos hay regularmente algo esencial.


Así como la tradicional pirotecnia de fin de año traía detrás a una persona que la lanzaba, y a otro tanto de personas que observaban o admiraban sus efectos, los acontecimientos estruendosos siempre traen detrás personas que los provocan y efectos en las personas que rodean al suceso. Es común dejarnos llevar por el encanto de las luces y olvidarnos de las personas; aunque las luces son fugaces, las personas no. Ojalá todo estruendo fuera simple pirotecnia, pero la realidad es que inauguramos el año con estruendos de violencia.

La tragedia en casa de los Mota Ocampo, en Temixco Morelos, abrió estrepitosamente la vida política nacional de este 2016. Un acontecimiento que ocurre cargado de significado, y que no podemos ver con naturalidad, o hacer como que es algo cotidiano a lo que ya haya qué acostumbrarnos. Por supuesto que trae consigo una serie de implicaciones y provoca serias reflexiones, mas tampoco podemos perdernos en los destellos y en el ruido que causa. Hemos de ver por lo esencial y distinguirlo de los posteriores ruidos políticos.

En lo que va del año este lamentable acontecimiento se ha ido enmarcando por muy variadas opiniones, muchas de ellas de respetable profundidad, y de posiciones críticas –o criticonas, a veces- en torno a los gobiernos federal y estatal, sus responsabilidades o deberes. No falta quien en su análisis busca más el ser mordaz que el ser crítico, o el sacarle ventaja política al asunto: más ruido sobre el ruido.

Ciertamente no podemos negar que un suceso de este tipo nos lleva a relacionarlo con temas de gran importancia, como lo es el de la paz social, en lo general, o con aspectos muy particulares como lo es, por ejemplo, el de los esquemas de seguridad, de organización policial o de mandos únicos; sin embargo, aún con temas de esta naturaleza que siguen siendo parte del mismo estruendo, hay un tema esencial que resulta ser en verdad lo más trascendente: las personas.

Hay qué pensar, por ejemplo, en qué pasa con la familia de Gisela, la alcaldesa asesinada. Al irse desatando el bombardeo de opiniones se van mezclando tanto temas importantes, como intereses parciales, ruido político, y a veces terminamos por olvidar lo más elemental: lo que viven las víctimas. Y víctima del delito no sólo resulta ser quien muere, sino todo aquel que sufre y es afectado por el deceso. Es preciso voltear a ver a Doña Juanita, la madre de Gisela, a sus hermanos y demás familiares. Hemos de pensar en lo que estará viviendo la familia, pues en sus lágrimas, su desesperación y su dolor –tanto el físico, de los golpes propinados, como el emocional por el impacto de la vivencia directa, y aquel dolor moral, en el alma- están representadas y contenidas las lágrimas y el dolor de muchos mexicanos que resultan damnificados por estos estruendos de violencia que padece el país.

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Por eso, qué valiente la familia Mota Ocampo al salir por las calles a mostrar sus rostros golpeados. Son los de ellos y son los nuestros, y en el sumarnos a su dolor también hay una profunda gratitud. La familia pide ya no revictimizar a Gisela. En ello está implícita la solicitud, tanto a la opinión como a los políticos, de no revictimizar tampoco a la familia, que ya bastante ha padecido. La señora Juanita ha expresado con toda claridad que, a pesar del homicidio, no se conduce al ánimo de buscar venganza, pues “como dijo Gandhi, al ir ojo por ojo nos quedaríamos ciegos”. Veamos pues, hacia adelante, y a lo esencial.

La esencia de la sociedad mexicana es la familia y en ella cada persona, por lo que, cuando olvidamos a la persona, olvidamos a la esencia de la sociedad. Cuando un político ya no se preocupa y ocupa por las personas, se provoca una especie de divorcio en la que la relación del político con la sociedad es de cualquier tipo, menos personal. Valga la metáfora, pero así como en los matrimonios fallidos, los que la llevan son los hijos, en este divorcio entre políticos y sociedad hay quienes la llevan de perder, que son las familias que quedan damnificadas y frecuentemente olvidadas entre tanto ruido y pleito. Y bueno, es que los humanos somos olvidadizos, cierto; por eso hoy invitamos con insistencia a no olvidar y a centrar nuestra mirada crítica en el lado humano de esta tragedia.

En las pasadas fiestas decembrinas se volvía recurrente la reflexión sobre cómo es fácil dejar huecas a las tradiciones, olvidándonos de lo esencial de las mismas. Sin embargo, lo paradójico es que necesitamos precisamente de tradiciones y de cultura que nos recuerden lo que somos y en lo que creemos. Si creemos en México necesitamos reforzar una cultura política que vea por la familia, y para mantenerla viva se requiere de sensores críticos en la sociedad que nos recuerden el sentido humano y el sentido de nuestra historia, fraguada con sangre y lágrimas; se requiere de personas que vean por el significado ético de los acontecimientos sociales, construyendo cultura, así como hay quien nos insiste en el sentido de las navidades, de los fines de año, o de nuestros propósitos.

Sin exagerar, a la semana de iniciado el año, seguramente muchas de las cosas que pensamos y nos propusimos ya se nos han ido olvidando, máxime si otros hechos más vistosos, o de pirotecnia política, nos distraen. Importantes son las capturas y recapturas de los delincuentes, pero no menos importantes son la dignidad y la vida de los ciudadanos. Cuando estamos ante hechos que evidentemente no queremos que se repitan, de tal magnitud como los asesinatos, cada uno desde nuestra trinchera hemos de convertirnos en algún tipo de sensor crítico que les recuerde a los que están a nuestro alrededor lo que es verdaderamente trascendente, pues es fácil aturdirnos y perder de vista el clamor de las personas vulneradas, sobre todo de las víctimas colaterales de los sucesos que estremecen a la nación, pues pasado el terror ¿Quién ve ahora por sus familias?

Creemos que, como dicen los que estudian al desarrollo social y humano, si buscamos una empatía real con los que sufren por ser víctimas de violencia, llegaremos a la compasión, y de ahí a aquel sentido patriótico de unidad del que tanto hablaban nuestros profesores de primaria. Mas hay que entender a esa compasión no en el sentido lastimoso, sino en el en el sentido más profundo del término, el cual se refiere a que nuestra mente (o alma) y nuestras intenciones padezcan-con (de con-padecer, que deriva en com-pasión). Y así, lo que padece Doña Juanita y demás familiares de Gisela, lo padecemos los mexicanos, los que estamos en la misma circunstancia porque así lo sentimos, en empate (de ahí la empatía) ante el juego de la vida en el que juntos estamos.

Así también, consideramos que un servidor público, para servir eficazmente a la sociedad, ha de servir a la persona sin olvidar que él mismo es persona, buscando para ello ser empático y compasivo. Pero igualmente la opinión pública para realmente servir a la ciudadanía, y abonar a la real reconstrucción del tejido social, requiere de recordar que, cuando se pronuncia, en el fondo siempre se refiere a personas, y a personas con familia.

Por eso lo que acontece con los servidores públicos, como el asesinado de Gisela, no debería ser despersonalizado y tratado en los medios como carne de cañón, o como mero objeto de noticia, sino como el acontecer de un sujeto rodeado de sujetos, cada uno con rostro, con nombre, con vida y con historia. Tampoco se trata de meros personajes, en escenarios de ficción, sino de personas con una función, bien o mal ejecutada, que más allá de una imagen política tiene su propia cara.

En la escuela nos decían que somos México gracias a la sangre de los héroes que nos dieron patria. Pero también lo somos por la esperanza y el sudor de nuestros padres, y por los que día a día gastan y desgastan su vida para que los que venimos detrás veamos un mejor panorama, de paz y prosperidad. Hoy esta sangre, la sangre de Gisela y de tantos otros, también forma parte del México que somos actualmente. México es también la lágrima de su madre y el pesar solidario de quienes nos quedamos, el clamor –o grito- de los hijos que queremos un México más verde y blanco, que rojo.

México es tierra, sí, México está constituido en torno a un sistema, es su cultura y su ley, pero México es ante todo personas, y es todo lo humano que los mexicanos vivimos, en nuestra historia y en nuestro presente. Tengamos presente lo esencial.

WF / APT


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