¿Sómos un país de obesos o un país con hambre?

México es un país de contrastes en muchas áreas como la seguridad, educación, vivienda, ingresos etc. El caso de la seguridad alimentaria, tampoco es la excepción. Mientras existen millones de personas sin los recursos suficientes para comer, hay otros quienes tienen graves problemas de obesidad y sobrepeso. Esta paradoja hace del problema de la seguridad alimentaria un caso de gran complejidad, contrastes, surrealismo y muestra el resultado de concebir a los alimentos como mercancías y no como un derecho. Hoy que celebramos el Día Mundial de la Alimentación, en tercera vía realizamos en recuento de la situación del país en esta materia.

Si bien la falta de alimentos ha sido uno  de los principales problemas de la humanidad, desde finales de la segunda guerra mundial la comunidad internacional parecía haber borrado de la lista de preocupaciones al hambre en el mundo. Sin embargo, la crisis financiera del 2008 y los estragos del cambio climático generaron una escasez de alimentos en el mundo generando una alta inflación en los precios. Estos problemas alcanzaron a nuestro país en 2012 con la hambruna que sufrieron los Tarahumaras en 2012 en el estado de Chihuahua. Las condiciones internacionales originaron un incremento de la pobreza alimentaria en el país. De acuerdo con cifras del CONEVAL, las personas con carencias físicas y económicas para adquirir alimentos aumentó de 13.8% del total de la población en 2006 a 18.2% en 2010. El aumento del hambre en un importante sector de la población llevó al gobierno a poner el tema de la seguridad alimentaria una vez más en la agenda nacional.

A pesar de que el gobierno realizó reformas a los artículos 4 y 27 de la constitución para establecer como derecho fundamental la alimentación y la instauración de programas como la Cruzada Nacional contra el Hambre, siguen habiendo grandes retos en materia de pobreza alimentaria.   El mal desempeño de la economía mexicana y el incremento en los precios de los alimentos a nivel mundial, ha impedido la reducción de las personas con carencia alimentaria en el país. Si tomamos en cuenta que en 1993 el porcentaje de la población en pobreza alimentaria era del 13%, y en 2010 alcanzaba al 12.6% de la población, las estrategias para reducir el hambre en el país no han sido las mejores. Aún más, si consideramos que durante el presente año la pobreza extrema se redujo solamente un 0.3%, la pobreza alimentaria en México sigue siendo un grave problema.



De forma paradójica, México no enfrenta solamente un fuerte problema de personas que no tienen que comer sino de personas que comen demasiado y mal. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, más del 70% de los adultos mayores en el país tienen obesidad o sobrepeso. Si lo comparamos con el promedio latinoamericano de 56% y el mundial de 34%, México se encuentra muy por arriba de ambos promedios. En niños y adolescentes, el problema de la obesidad ha alcanzado al 35% de la población. En total, en México existen 60 millones de personas (52% de la población), que padecen este problema. La obesidad no solo afecta la salud de las personas sino que conlleva altos costos económicos al Estado. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad, la obesidad le cuesta al Estado mexicano más de  5,500 millones de dólares por tratamiento contra enfermedades originadas por malos hábitos alimenticios como la diabetes. Al mismo tiempo, solo la diabetes originada por la mala alimentación ha generado la pérdida del 32% de trabajos formales. Gente incapacitada para trabajar se ve obligada a dejar su empleo por su mala condición de salud.

Esta paradoja de problemas parece tener su causa en la concepción del alimento en la economía de mercado. Una vez que la alimentación se convierte en mercancía, cualquier persona con el ingreso necesario puede ingerir cualquier tipo de alimentos sin importar su calidad nutricional. La fuerte contradicción entre obesidad y hambre en el país sólo puede entenderse bajo una lógica de mercado en donde las personas con dinero pueden comer insaciablemente mientras quienes no cuenten con recursos, son incapaces de obtener una comida balanceada. Las disparidades en el acceso a la alimentación en México también son un reflejo de la desigualdad económica y de oportunidades de la sociedad mexicana. A pesar de que en la constitución se establece como un derecho el acceso a la alimentación, la realidad es que mientras menos recursos económicos o físicos tenga una persona, menor será su capacidad para obtener alimentos.

Esta paradoja de un país con hambre y obeso al mismo tiempo hace más complicado la solución de ambos problemas, ya que mientras se intenta solucionar un problema el otro se agudiza. Inclusive, los altos costos del gobierno en el tratamiento de enfermedades relacionadas a la obesidad le quitan recursos a programas que podrían estar combatiendo el hambre en el país. La solución no bastará únicamente con brindar “lunches” o “regalar boletos del metro por sentadillas”, sino reduciendo las desigualdades económicas de la sociedad y “des-mercantilizar” el alimenta y convertirlo en un derecho. Es por eso que al celebrar día internacional de la alimentación, México debe replantear la condición de los alimentos en el país y transformar la comida de mercancía a derecho. A fin de cuentas, la dieta de una persona no debe basarse en la cantidad de dinero en su bolsillo sino en los nutrientes y calorías necesarios para una vida digna y saludable.

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