Tiempo interferido: lo que el tiempo le hace al tiempo

 

Sería difícil permanecer aquí si cada cosa que hemos atravesado reclamara su sitio a la vez. Puedes estar sentada en una mesa y escuchar una voz en la habitación de al lado y regresar de golpe a una edad que ya no tienes. Puedes abrir la ventana y reconocer en el aire una estación que pensabas que ya no volvería, o acostarte pensando en un hecho que todavía no llega, y dejar que ese porvenir te ocupe el cuerpo entero. 

 

Pensar el tiempo como tiempos interferidos muestra esa imposibilidad de dejar cada tiempo de forma aislada. Interferir se suele asociar a una interrupción indeseada, a un ruido que impide escuchar con claridad una señal; sin embargo, hay encuentros después de los cuales tampoco querríamos recuperar la forma anterior. Los tiempos se tocan, alejan, arrastran, enciman, abren, rompen. No se suman en silencio, más bien pueden modificar lo que se recuerda, espera y se permite imaginar de un tiempo a otro, y entre tiempos.

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Podría decirse que varios tiempos coinciden en una misma habitación, y aunque sea cierto, es demasiado fácil: la coincidencia permite imaginarlos todavía intactos, cada uno conservando su dirección, como líneas que se cruzan sobre una página sin perder su trazo, pero cuando dejan de ser líneas, es cuando un tiempo entra en otro y altera incluso la manera en que ese otro podrá haber ocurrido. Una espera puede modificar retrospectivamente el comienzo de una historia; un final puede llegar antes de que algo termine; hay hechos que adquieren una fecha mucho después. Y de pronto, ya no sé si el presente estaba ahí antes de aquello que lo atraviesa, o si adquiere su forma mientras algo en él se desordena.

 

Pensamos en un tiempo denso cuando la medida de lo que ocurre deja de corresponderse con su peso, nada parece moverse y, sin embargo, no conseguimos atravesar un minuto, así algo que terminó sigue reclamando un tiempo/espacio, algo que todavía no sucede exige una respuesta, y el presente, empujado por ambos, se vuelve estrecho. No sé si la densidad pertenece al instante o a la relación entre duraciones que se empujan sin llegar a sustituirse. En esos momentos me parece insuficiente decir que el tiempo avanza, como si toda duración tuviera que demostrarlo mediante un cambio visible.

 

También imagino un tiempo vacío o intacto: una duración todavía sin destino, a la que ninguna promesa haya asignado de antemano una forma. Tal vez se trate de reconocer una parte que se sustrae a lo previsto, algo que todavía puede comenzar sin aceptar por completo el nombre, la velocidad o el final que otros le ofrecen. 

 

Existen y parto desde estos desajustes y resisto la tentación de corregirlos demasiado pronto. Hay algo que solo se deja pensar cuando no sabemos todavía si estamos llegando tarde, si un comienzo ya ocurrió sin nosotros o si aquello que creíamos terminado sigue buscando la forma de volver.

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