Beber para convivir o beber para no morir

Por Alejandro Ruiz Galicia

Decir que alguien es un alcohólico parece decir algo, pero a veces las palabras están agujeradas y su sentido se les escurre dejando sólo un envase. La etiqueta amontona escenas profundamente distintas bajo un mismo nombre. No es lo mismo una copa levantada para brindar en una mesa larga y llena que una botella escondidita en el buró; no es lo mismo beber para convivir que beber para no morir.

Las bebidas no caen del cielo, aunque la moral prefiera olvidar la escena. Llegan con una hora, una música, una compañía, una ausencia, una celebración, una vergüenza, un pretexto, una nostalgia. Llegan en estadios, funerales, cumpleaños, asadores, cantinas, habitaciones, parques. Antes de decir algo como “es un alcohólico”, quizá convenga mirar la puesta en escena.

Hay diferencias entre beber a solas un ron venezolano de ambarinos destellos, en vaso corto con un hielo glaciar; una discreta Coronita junto a una tostada de cueritos en la fiesta de alberca del sobrino graduado de primaria; una copa de vino mendocino con tonos rubíes junto a un buen bife en la tierra del Diego; una botella de Moët servida junto a una chispoteante vela en un antro perdido en el Estado de México; la segunda copita de coñac mientras se charla con esa persona a la orilla de la chimenea; un ron Santiago 7 años hablando con la prima ballerina de la compañía rusa en el Floridita; la tercera ronda de sake caliente en un bar de Okinawa con unos tipos tatuados que sonríen como el diablo o mi abuelita.

Hay diferencias entre la burbujeante cremosidad de una cerveza Guinness en un pub irlandés en el que las pintas chocan constantemente; un bote rojo mientras el carbón va asando la carne; el final de una botella de tequila mientras una rocola canta El Rey y alguien orina en un mingitorio contiguo y visible; una carísima cerveza Modelo en el partido mundialista que despide a la selección en Qatar; una segunda botella de mezcal que se convierte en farfullo y lágrimas por esa que se fue dejándonos sin nosotros; el vino nacido del odre que acompaña a la estudiantina entre los callejones guanajuatenses; el jaibol que cae al piso con el grito desgañitado que romperá un lazo familiar en Navidad.

Hay diferencias entre un shot de absenta en ayunas al final de una ceremonia masónica de Samhain; un pulque curadito de piñón en Nanacamilpa luego de ver las luciérnagas; el primer trago de alcohol etílico rebajado con agua en el parque junto al escuadrón de la muerte.

La diferencia no está en el tipo de bebida ni en sus hielos. Está en la escena que la sostiene: actores, actrices, mobiliario, luces, vestuario, entradas y salidas. Todo se configura en torno a ese vaso, esa copa, esa botella. Esa botella telescopio, botella microscopio, botella intimiscopio. 

 

Previo

Fariba Hashimi: “Esta medalla de plata demuestra la gran capacidad de resistencia de las mujeres afganas”

Siguiente

Estás en la historia más nueva