Las regiones imaginarias


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Se inyectan asteroides es una columna de Emmanuel Medina@emmanuelmedina


Dan ganas de salir corriendo.

De escapar a una isla desierta, con una buena dotación de libros, y regresar hasta que la Covid-19 haya dejado de planear sobre nosotros como funesto recordatorio de lo frágil que son nuestros cuerpos y de lo pasmados que están quienes nos gobiernan, ante una pandemia semejante.


Pero quizás no hay que ir tan lejos.

Cuando ni siquiera está la economía para tomar un avión a Huatulco, mucho menos a las Islas Vírgenes, sólo basta abrir un libro y, recordar, que los más grandes escritores nos regalaron territorios para escapar y ser ciudadanos que espían, con vista privilegiada, las vidas que habitaban esos lugares imaginarios y tan poderosamente reales que muchos, aunque no hayan leído una frase completa desde que cursaron la primaria, las reconocen de inmediato.

Tomemos por ejemplo, a Macondo. El pueblo que el patriarca Jose Arcadio Buendía levantaría de la nada, en medio de la espesura tropical colombiana y que muchos sólo conocen por la canción del añorado Óscar Chávez o la versión cumbia de Celso Piña y que resulta ser, en esencia, una de las ciudades míticas de la literatura latinoamericana, gracias a la pluma de Gabriel García Marquéz en su aclamada narración, “Cien Años de Soledad”, que vió la luz en la editorial argentina, Sudamericana, en 1967 y que ha sido traducida a 35 idiomas hasta la fecha.

En Macondo habitan la desmesura y el delirio, desatados por generaciones de la familia Buendía que se vuelven el trepidante tornado que da vida y sentido a un villorrio húmedo donde crecen las pasiones y los plátanos, tanto como los amores y las guerrillas, y donde El Progreso, en mayúsculas, termina siendo su fatal desenlace para un lugar que parecía aproximarse a un paraíso terrenal, como lo soñaba su patriarca, atado a un árbol y amnésico, al final de sus días.

Juan Rulfo escribió, a golpe de máquina, la geografía ficticia de Comala, un pueblo de 254 kilómetros cuadrados que existe en Colima, pero que el escritor jalisciense lo transforma en un espejismo de fantasmas y ecos del ayer y a donde se vuelve a buscar a las memorias ausentes, en esa novela que da pivote a la identidad mexicana que es “Pedro Páramo”, publicada originalmente el 18 de julio de 1955, bajo el auspicio del Fondo de Cultura Económica.

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Si uno visita el Comalá “real”, será quizás muy difícil encontrar el rastro de la trágica Susana San Juan o seguir los pasos de Juan Preciado, porque en su pequeña plaza solo hay lugar para que los visitantes se tomen una foto en la blanca capilla y se sienten a degustar botanas y cervezas en los portales, sudando a mares, en un calor pegajoso; pero la magia literaria nos permite abrir el volumen de Rulfo y remitirnos, con la imaginación, a un poblado más cercano a los nebulosos caseríos que existen en algunas regiones de Michoacán o Chiapas.

Para Jorge Ibargüengoitia, su natal Guanajuato se convierte en el estado de Plan de Abajo y su capital, la gran ciudad de Pedrones, aunque la más entrañable de sus creaciones urbanas es el pueblo de Cuévano, donde todos los arquetipos se da cita para dar sello de mexicanidad a todas las poblaciones que nunca llegarán a ser ciudades, pero están lejos de ser ranchos y que en nuestro país se cuenta por miles y que, hace unas semanas, si estaban libres de contagios de coronavirus las llamaron, con una cursilería atroz, “municipios de la esperanza” desde una conferencia de las que acostumbra un Presidente que parece salido de una narración de este mismo escritor guanajuatense.

Es Cuévano, pues, la “Atenas” del bajío mexicano y el lugar donde “Estas Ruinas Que Ves”, novela costumbrista donde las haya y que fue acreedora del Premio Nacional de Novela México, en 1975, situa a su galería de campechanos y entrañables personajes para navegar en su burbuja pueblerina, a la que consideran el centro del universo, uno muy “patriota” e hilarante.

Ciudades de seres iluminados y superiores son las que componen el planeta Tlön, una invención que rastrea en una suerte de metaficción Jorge Luis Borges en su cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, publicado originalmente en la revista argentina “Sur”, en 1940, y luego reeditado en el libro “Ficciones”, en 1944, y donde refiere su búsqueda, junto a su mejor amigo y también escritor Adolfo Bioy Casares, de ese sitio mítico, descubierto por una sociedad secreta de intelectuales a principios del siglo 20, y donde se puede vivir, entre inteligencia y armonía mental y saludable, por una eternidad.

Así, el planeta Tlön, es la aspiración misántropa de Borges de huir de su natal Buenos Aires y escapar a un sitio donde la “ignorante” humanidad quede atrás y él pueda acceder a una suerte de Babilonia del conocimiento, como punto aspiracional de todos aquellos que aman las letras y la alta cultura universal, en un relato donde el uso de la primera persona es otro de los hallazgos de su asombrosa literatura.

 

Por supuesto que les recuerdo a las amigas lectoras que el último lugar a donde piensen escapar es a la tenebrosa y represora República de Gilead, el sitio donde las mujeres son vejadas hasta límites indescriptibles, en las dos novelas que la escritora Margaret Atwood escribió, con décadas de diferencia, y que la ha mantenido en la lista de los premios Nobel, “El Cuento de la Criada” y su secuela, “Los Testamentos”. Un sitio donde antiguamente fue el corazón de la Unión Americana y que en la prosa de la creadora canadiense se vuelve una férrea sociedad teocrática donde las libertades están a merced de la interpretación de las escrituras hebreas y un grupo privilegiado de hombres y sus esposas, someten con impunidad y cruel mando misógino, a quienes se oponen a sus leyes, especialmente aquellas damas que están en posibilidad de procrear.

La visita a esta poderosa distopía solo debe hacerse para aprender lo que nos puede pasar, antes de manera más lejana;  y ahora, con los acontecimientos de las últimas semanas en Estados Unidos y el mismo México, de manera más cercana en este mundo real.

Aún así, el viaje a estas deslumbrantes regiones imaginarias, que hibernan en libros poderosos, nos permite escapar cuando la injusticia, la mezquindad y la decadencia nos rebase, de tanto leer y escuchar los trasiegos de este 2020, tan infame.

Tan feroz.

Buen viaje a quien se anime a escapar para allá.


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