Para quién se escribe

En The Passions and the Interests, Hirschman da una pista interesante sobre las relaciones entre escritura y poder. Sobre el tema, que ocupaba a ciertas plumas del siglo XVIII, de cómo poder restringir los abusos del déspota, cómo lograr que el monarca actuara siempre con virtud, afirma Hirschman que entre los fisiócratas y Sir James Steuart había no sólo una diferencia de tesis sino también en las pretensiones de su escritura. Los fisiócratas esperaban que sus propuestas de reforma fueran leídas por los hombres de Estado, y que a través de ellos fueran puestas en acción. Mientras que para Sir James Steuart, que creía que la expansión del comercio y del progreso económico iba a coartar el poder absoluto del monarca, los cambios sobre los que escribía iban a suceder se quisieran o no. Se trata, dice Hirschman, de la diferencia que hay entre la predicción y la prescripción.

Había una diferencia también respecto del lector al que iban destinados los textos. Los fisiócratas escribían para un lector específico, la clase gobernante, incluso quizá más reducido: para los ojos del monarca. Mientras que Sir John Steuart escribía para un público más holgado: colegas, personas educadas; y si el monarca llegaba a leerlo, la escritura de Steuart lo miraba con algo de desdén. Pero la certeza de escribir para el monarca tenía una ventaja.

Nos dice Bolívar Echeverría que los tirajes millonarios y la hiper abundancia de nuevos títulos en el mercado editorial no son una razón para descreer de la decadencia del libro y la lectura; entre otras cosas porque no se trata de un asunto cuantitativo, sino del lugar cada vez menos determinante que ocupan en el mundo. Si bien los fisiócratas tenían -exageremos- un único lector, sus libros tenían una relación con el poder, una cercanía con las consecuencias prácticas, que ningún libro tiene ahora. Eran leídos por pocos, y afectaban a todos.

En la mayoría de los casos, la obra académica combativa entra en la misma circulación que la obra académica descriptiva

Si la cuestión de quién lee y para qué pierde cierta importancia, o por lo menos cierta urgencia, en las obras literarias -al punto que Benjamin sentenció que “ningún poema se dirige al lector”-, en las escrituras políticas debería de ser una de las preocupaciones fundamentales. Es el problema del discurso crítico que se refugia en las universidades. En la mayoría de los casos, la obra académica combativa entra en la misma circulación que la obra académica descriptiva, se vuelve un producto más de los tantos que se discuten y se tratan en el mecanismo de la vida discursiva universitaria. Y si los objetivos del escritor eran prescriptivos, si pretendían tener efectos en el mundo de la acción, quizá su limitación a circular en la esfera académica es una declaración de impotencia.

¿Para quién y para qué se escribió El Manifiesto Comunista? Al llamar al lector a tomar el poder, tal vez buscaban escribir para los ojos del monarca.  

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Foto: https://www.flickr.com/photos/irisheyes/25394024/ (Vía CC)

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