Breve evocación de mi amigo Virgilio

“Si leve, habla la pena; si inmensa, se queda muda” escribió Séneca. Tenía razón, porque aun queriendo homenajearte, Virgilio, todo ayer no pude escribir nada. Me sentía como lisiado.

Por la noche del lunes fui a tu velorio y acaricié tu ataúd. Fue irreal visitarte y no lograr verte: saber que estabas oculto al interior de esa crisálida de madera, preparando tu metamorfosis. Me protegí de tu muerte repasando mis propios guiones del consuelo: saber que tuviste una vida excepcional y una muerte pacífica. Que alcancé a decirte, en ese último mail, lo determinante que has sido en mi vida.

Para despedirte a nuestro sabor, te recité mentalmente algo apropiado, de Villaurrutia:

en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento
en un interminable descenso…”

Caminando por cada palabra como por cristales, entendí que era tu momento de navegar a lo insondable. Había que decirte adiós en esa habitación agobiada por flores blancas y listones ensortijados. Las mareas del recuerdo me llevaron a evocar las condiciones en las que nos conocimos y todo lo que aportaste a mi vida:

Tu eras Virgilio Caballero, el mito; yo, un muchacho cínico y descamisado, un perro acróbata. Mi único patrimonio era el filo mental y ese acento que la rabia del hambre pone en los ojos. A pesar de las resistencias que eso suponía, tuviste la generosidad de escucharme y aconsejarme para corregir la ceguera de mis ímpetus; también me invitaste a comer y beber de manera asidua, desgastando mis prematuros desconsuelos. Esos gestos me salvaron: son todo lo que necesita un corazón joven que ha tropezado con su propia prisa en el tráfago del mundo.

En las sobremesas de las plácidas cenas escuchaba tus anécdotas con alelada maravilla: la vez que te secuestraron militares, y presintiendo que sería tu fin, les gritaste: “¡Mátenme de una vez, aquí mismo! ¡No hagan que mi familia sufra buscándome!”. Desconcertados por tu determinación, en vez de cumplir con la orden de fulminarte, te quitaron los zapatos y te dejaron en un descampado, desde donde caminaste descalzo por horas, hasta llegar a un pueblo en el que pediste un teléfono para llamar y avisar que llegarías tarde a un compromiso. O la ocasión en que dos desconocidos te quisieron acallar aplicándote una llave china en un callejón del centro de la ciudad, y fuiste salvado milagrosamente por la intervención de un grupo de señoras que lo vieron todo desde una dulcería contigua. O cuando sufriste atentados en Oaxaca, siendo el encargado de crear el Sistema de Radio y Televisión del estado; me estremecía al pensar cuánto valor hace falta para aguantar las mentadas de madre cotidianas que los periodistas pagados por los caciques locales te dedicaban. Me moría de gusto sabiendo que tu, armado con esa sonrisa calma y confiada que siempre te caracterizó, respondías a los infundios y vituperios haciendo lo que más les molestaba: incluías en la barra de programación a presentadores televisivos y locutores indígenas, que transmitían en sus propias lenguas. Te reías y me decías: “¡Se volvían locos con eso!”; tu expresión era la de un niño sagrado que le roba confituras a un Dios de sangre. A través de ella entendí que la justicia en México se parece mucho a una travesura.

Para mí tu vida fue un ejemplo, sobre todo, de la astucia del bien: tenías la inteligencia de un zorro al servicio del corazón de un ciervo. Y cuando había que elegir, ponías el corazón por delante. Por eso amabas tanto la figura de El Quijote: representaba el terco idealismo que fue el encaje de tu existencia.

Todo tu recuerdo me duele, Virgilio. Pero me provoca una nostalgia punzante saber que nunca más festejaremos tus cumpleaños en el departamento de la calle Linares. De manera egoísta lo declaro: extrañaré la forma en que lo hacíamos antes de que fueras electo diputado, porque desde que tomaste esa responsabilidad se volvió imposible disfrutarte entre la mucha gente que peleaba por acaparar tu atención. Pero en los años en que eras un periodista legendario y no un político en pleno, nos reuníamos sólo tus amigos más cercanos en aquella dirección; bromeábamos con tranquilidad, interrumpiendo la charla para atacar las cazuelas de guisado que preparaba tu más entrañable vecina; iba y venía el whisky, el mezcal y el tequila: nos animábamos a cantar boleros que no se habían interpretado en cincuenta años. De aquellas esplendentes fiestas porfirianas ya no queda nada: ni el departamento, que se perdió en el sismo, ni tu, que ya eres el silencio sellado de una cima silenciosa.

Todo lo que amamos se esfuma; ser humano es saberlo y no aceptarlo. Así que ya sabes, Virgilio, que desde el lunes me niego a que te hayas ido: de algún modo sigues aquí, con nosotros, como censor de nuestros inseguros pasos. Por lo menos hasta que nos toque alcanzarte: entonces serás, como siempre, un generoso anfitrión, y sobre todo, el mejor guía, haciendo honor a tu nombre: Virgilio.

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