¡Ay, mis muertos!

"Cuánto me hacen falta sus consejos, sus mimos, sus alegrías, su ejemplo de vida, su lucha diaria, su generosidad, su cara sonriente ante la adversidad. Me faltó mucho de ustedes. No puedo decir que soy un digno representante de lo que fueron, eso tal vez algún día lo dirán mis hijos y tengo miedo a su calificación, pues no hay comparación con lo que mis muertos me legaron", escribe para #VíaAlternativa Jose Bastide

Por Jose Bastide

 

¡Psh!, ¡Ay, mis muertos! Quién no quisiera tenerlos nuevamente a su lado, y convivir con ellos, exprimiendo sus conocimientos antes no valorados.

¡Ay, mis muertos! Ese hombre fuerte, que a golpes de hambre y soledad, lo llevaron a ser responsable, trabajador y ejemplo para los demás, haciéndolo madurar a temprana edad. Puniciones hacía mí, casi no las hubo; por el contrario, si algo quería inculcar, lo hacía con el ejemplo y la enseñanza. No digo que no me castigó, aunque ahora me doy cuenta, él al final sufría más que yo. Su corazón era tan generoso, que a todo aquel que se le acercara, con una sonrisa su ayuda le brindaba. Este gesto, a mi me faltó asimilarlo para en mi vida prodigarlo.

¡Ay, mis muertos! Cuando los tienes no sabes cuánto te harán falta y no te llenas de sus conocimientos. Me faltó tanto aprender, que otra vida no me bastaría para comprender todo lo que cada día con su ejemplo me brindaban.

¡Ay, mis muertos! Mujer cuya nobleza y sencillez la hizo caminar por la vida dignamente, a pesar de todos los obstáculos que enfrentó; rechazos, traiciones, abandonos, eso no importó. La escasez la suplió Dios con sabiduría y formó a su alrededor una estela de amor que a todo mundo brindó.

¡Ay, mis muertos! Mi sobrino, que muy joven partió, librándolo de ese terrible dolor de la enfermedad heredada, nunca su cara alguna mueca de disgusto demostró; por el contrario, era la persona con una sonrisa tan franca, que a todos contagiaba y que al final, nos dejó un gran legado de resistencia y fortaleza ante lo  imposible. Su descanso, se lo ganó a pulso y lo tuvo bien merecido, aunque a nosotros nos hubiera dejado el corazón partido.

¡Ay, mis muertos! Cuánto me hacen falta sus consejos, sus mimos, sus alegrías, su ejemplo de vida, su lucha diaria, su generosidad, su cara sonriente ante la adversidad. Me faltó mucho de ustedes. No puedo decir que soy un digno representante de lo que fueron, eso tal vez algún día lo dirán mis hijos y tengo miedo a su calificación, pues no hay comparación con lo que mis muertos me legaron.

¿Qué les haga un altar? ¡Cómo para que! ¿Qué les prepare sus alimentos  y bebidas preferidos? ¿Para qué? Ya que si de honrar se trata, solo con recordar lo preparado por ellos me saboreo y siento en mi paladar lo maravilloso de los momentos compartidos.

¿Qué ponga veladoras para que alumbren su camino? Si ellos son la luz que dejaron a mi destino.

¿Qué exponga sus fotos? Si Nunca olvidaré su hermoso rostro.

_____

_____

Ay, mis muertos !Qué feliz me hicieron!

 

 

 

Previo

<i>Nuestro hijo</i>, cuento de Débora Hadaza

Siguiente

El cigarrillo electrónico también contiene sustancias tóxicas

1 comentario

  1. Avatar
    Rebeca Pazos Rodríguez
    29/10/2018 at 06:07 — Responder

    Me encantó este escrito lleno de añoranza, y aunque desde la muerte de mi madre hace dos años, se ha iniciado en mi la costumbre de hacer una ofrenda, el recordarla en su jardín, fotos, pensamiento, sueños; resulta más profundo para mi existir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *