Comentario sobre ‘El móvil del Crimen’

Hay que hacer una advertencia al lector antes de involucrarse con estas páginas. En El móvil del crimen no existen los finales felices. El eje conductor de cada relato es la violencia, la bestialidad humana. Sin embargo, a pesar de los sin sabores también hay mucho de ternura, de melancolía, de nostalgia en las vidas aquí retratadas.

El móvil del crimen es un libro de dramaturgia, un rompecabezas conformado por tres piezas. Carraca es la primera. Una pieza, sin lugar a dudas, difícil de tragar. Le siguen una serie de diálogos cortos, los cuales considero el corazón de este compendio dramático. El cierre es un monólogo titulado Mar de ausencias. En él se cuenta el naufragio de un convicto que se bate contra las aguas del encierro involuntario. En este “flujo de conciencia” el personaje nos guía a través de sus laberintos. Si bien es un criminal, también hay en él episodios de mucha humanidad. Es esta última parte la más completa, la que refleja con una totalidad lo que pretende dar a conocer el autor. Un sujeto lleno de contradicciones, un antisocial que ama, que siente como cualquier otro individuo.

Otra escena por el estilo se nos presenta en el título Desierto mar. En él podemos apreciar un motivo clásico de la literatura, tan clásico que incluso podemos encontrarlo en la biblia. Se nos muestra a un Caín resentido, necesitado de reconocimiento paterno. La búsqueda del amor filial por parte del personaje es el arma que terminará arrebatando la vida de su hermano. 

En Mordaza, otro de los diálogos que marcó fuertemente, es posible divisar esa justicia que nace de la injusticia. Contraponiéndose a la cotidianeidad, donde el pobre es siempre la víctima del rico, el presente recuadro invierte los papeles. Aquí es la miseria la que toma el mando y el dinero se transforma sólo en un pretexto.

Las inclemencias de la vida son una constante en cada uno de los cuadros presentados. La pobreza, la adicción a las drogas, la sexualidad desfigurada, la ausencia del calor familiar se muestran como focos de infección que enferman a los personajes, quienes a través de sus diálogos nos permiten adentrarnos a lo más recóndito de sus mentes y sus almas.

Los dotes periodísticos del autor se reflejan con claridad en el libro. Al convertir tantas experiencias en dramaturgia se muestra  cómo el escritor ha escalonado a través de diversos géneros, empezando con el relato corto, pasando por la novela y la crónica, hasta llegar a esta forma cultivada solo por los más experimentados en el arte de escribir. 

Así es como Carlos Sánchez, con la maestría escritural que solo dan las calles, logra convertirse una vez más en la voz de aquellos que han perdido el aliento tras el silencio duro y frío de una reja de acero. Gran parte de sus escritos han sido retomados de titulares de nota roja, de anécdotas de su barrio (Las Pilas), de su trabajo con internos en los diferentes reclusorios en el estado, de sus vivencias. 

Conozco a Sánchez y a su narrativa desde hace varios años, lo suficiente como para decir que en sus textos hay mucho más de realidad que de ficción. 

 

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