Derrotar a Morena, no al presidente

Para nadie es ajeno que la suerte de un país depende tanto de la capacidad, visión y disciplina del grupo gobernante, como de quienes están en la oposición. En México, sin embargo, todavía no tomaba protesta el Presidente de la República cuando el rol de la oposición ya era uno de los principales temas de discusión en la agenda pública.

Esto ocurrió en buena medida porque el resultado de la elección fue tan avasallante que obligaba a la reflexión. También, sin duda, porque varias plumas pertenecientes a la opinión publicada trataban de ganarse el favor del régimen por esta vía. Hablar de una oposición débil y extraviada, más allá de que los análisis puedan tener algo de razón, ha sido siempre una buena vía para congraciarse con el régimen.

Pero nadie puede negar que a los críticos de la oposición les sobra razón (no necesariamente tino ni argumentos): el Presidente ha sido capaz de traducir errores administrativos en victorias políticas (la mal llamada “guerra” contra el huachicol es el mejor ejemplo) y, a pesar de no tener un partido fuerte y unido, ha ganado las dos gubernaturas en disputa (recurriendo a las viejas prácticas, pero también contando con el abandono inexplicable de la partidocracia a buenos candidatos, como Enrique Cárdenas en Puebla).

Son varias encuestas de opinión las que dan muestra de un doble descenso: en la aprobación del presidente (un descenso moderado) y en la intención de voto de Morena (no tan moderado). Sin embargo, ninguna encuesta seria coloca a un partido distinto con una preferencia superior al 20% de los electores.

Y, a diferencia de lo que opina la mayor parte de la comentocracia, yo no atribuiría ese hecho a la repetida sentencia de que el actual gobierno “no tiene oposición”.

Por el contrario, todos los días veo el esfuerzo de ciudadanas y ciudadanos de distintas fuerzas políticas dispuestos a evidenciar errores, ya sea la continuidad en una fallida estrategia de seguridad (llevamos 4 meses seguidos con más de 3 mil homicidios), una austeridad mal entendida (que ha llevado a su mayor crisis reciente al sistema de salud) o la incapacidad para generar confianza en los agentes económicos (con la cancelación del Nuevo Aeropuerto como su punto de inflexión).

¿En dónde está el vacío, entonces? Me parece que en la estrategia.

Es prácticamente imposible que la gente responsabilice al actual gobierno del estado de la economía, la seguridad y los servicios educativos y de salud. La razón es simple: el presidente tomó las riendas del Ejecutivo hace apenas 10 meses.

En el corto y mediano plazo, la disonancia será evidente con gobernantes, funcionarios y dirigentes que, además de ser poco efectivos, tienen características contrarias a las del presidente
Su popularidad, por otra parte, no está asentada en su efectividad como gobernante (como sí estuvo, por ejemplo, la de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México). El presidente es popular porque logra comunicar a públicos muy amplios que es un funcionario trabajador (todos los días atiende los asuntos de la vida pública desde primera hora y sigue recorriendo el país incansablemente). Es popular porque es honrado (viaja en avión comercial y come en fondas a pie de carretera). Y es popular porque combate la corrupción (no porque combata la impunidad, sino porque ya no hay derroche).

Sin embargo, todas esas cualidades tienen un denominador común: son atributos personales. No conforman un patrón de gobierno ni son el terreno en el que jueguen los miembros de su partido. Y ahí está la clave.

Ningún otro personaje de Morena puede resolver la falta de resultados a través del carisma. Ni los gobernantes (Sheinbaum, Cuitláhuac o Barbosa), ni sus funcionarios (Olga Sánchez, Alfonso Durazo, Rocío Nahle, Esteban Moctezuma o Manuel Bartlett), ni los dirigentes partidistas (Yeidckol, Mario Delgado).

Por eso, hablando estrictamente del terreno electoral, el campo de batalla está claro: no debemos aceptar como propios de Morena los símbolos del presidente (honradez, austeridad, perseverancia), sino exhibir la disonancia.

La disonancia puede existir, incluso, frente al propio presidente, pero esa batalla tardará más tiempo en dirimirse (algunos estamos dispuestos a darla). En el corto y mediano plazo, la disonancia será evidente con gobernantes, funcionarios y dirigentes que, además de ser poco efectivos, tienen características contrarias a las del presidente: antipatía, frivolidad y holgazanería.

En el frente de batalla legislativo, creo, lo que hay que hacer es lo que ha hecho Movimiento Ciudadano y, particularmente, Dante Delgado: en reformas polémicas como la Guardia Nacional y la reforma Educativa, acota el daño y modifica la estrategia de destrucción institucional a una de contención. Eso permite que, en caso de que una fuerza democrática pueda ganar las elecciones en 2024, exista margen de construcción institucional.

Sin embargo, en lo electoral no debe haber tregua: hay que probar que Morena es una farsa. Son tan deshonestos y despilfarradores como los que les precedieron y, además, son ineptos e inexpertos.

En la sociedad nacional hay mejores perfiles para transformar a México. Hay que alentarlos a competir y a que sigan el ejemplo de Enrique Cárdenas Sánchez, que derrotó con un margen de 2 a 1 en las zonas urbanas a Morena en su momento de mayor fortaleza.

Hay que derrotar a Morena, no al presidente.

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