El devenir femenino de la defensa

Escribir es tejer palabras, ofrendarlas a la historia y permitir que se manifiesten aquellas que aún están por definirse. ¿Cómo nos decimos aquellas que somos vistas como amenaza? Ubicadas entre el silencio y la incomprensión, nos refugiamos en las figuras arquetípicas que representan controversia, para reencontrarnos como una necesidad vital: dónde está nuestro lenguaje, qué territorio nos arropa y nos permite reconstruir nuestro devenir. Se trata de invocar el papel que juega en nuestra vida para restaurar nuestra continuidad: una reconciliación de nuestros fragmentos.

Esta en auge la necesidad de que aprendamos a defendernos de cualquier clase de violencia, porque nos asumimos de manera pasiva, victimas perpetuas sujetadas al riesgo. Pero en nosotras esta la responsabilidad de vivir es un poco tramposa.

Las pancartas de las marchas y los post en redes sociales repiten #NiUnaMenos, #MiraComoNosPonemos, o #NiUnaMás. Esto parece muy complicado cuando en la vida cotidiana no hay garantías para nosotras. Es decir, debe atravesar nuestra experiencia y nuestro cuerpo el proceso de recuperar la confianza en nosotras mismas: le huimos a los golpes, al conflicto, a la violencia, porque nuestro acceso a ella ha sido desde las dinámicas de disciplinamiento. La educación nos corrige con violencia: “hago esto porque te quiero”, “soy incapaz de lastimarte”, pero bueno, lo hacen y una no sabe exactamente qué hacer, como identificar lo que está sucediendo, y cuando nos dicen autofensa, más bien parece que tomamos clases de coreografia, porque no nos gusta entrarle a los madrazos.



Ahora bien, la violencia que es ejercida sobre nosotras, es aprendida de manera cultural, social, y nuestra respuesta no puede ser nada más perderle el miedo a responder con golpes, sino que debe construirse de manera integral, y esto ya no es cualquier cosa, porque si hemos sido construidas como sumisas, sacrificadas y con necesidad de protección, siendo la media naranja, estando a la sombra, pues ya está medio difícil. Es mucho trabajo para que nomás recaiga sobre nosotras, porque estos discursos de miedo no quieren protegernos, quieren mantenernos en temor y nuestra respuesta es mantenernos en defensa.

La autodefensa no puede ser individual, necesita ser colectiva, con principios de apoyo mutuo. Podemos utilizar nuestra rabia, nuestra ira, ya que somos capaces y muy inteligentes para hacerlo y dejar de estar instaladas en el papel de víctima.

Es necesario conocernos, hablar, crear vínculos. De una o de otra manera hemos sido sobrevivientes de violencia y eso nos obliga a generar muchas herramientas, incluso prepararnos de comer puede ser de ellas, pues nos permite incrementar nuestra autoestima, por mencionar un ejemplo, conocer nuestro propio cuerpo y ubicar nuestras potencias, amar lo que somos y de lo que somos capaces de hacer, para defenderlo con más garra, conocer y amar a las demás, para defendernos entre todas y que deje de ser autodefensa, que deje de pensarse en ese carácter individual, ya que la violencia es simbólica, estructural y directa, pero la opresión es compartida. Triste es saber que lo primero que compartimos es opresión.

Por último, si algo queda claro es que ya no podemos delegar nuestro cuidado a otras instancias, necesitamos dar una respuesta y no solo es la de hacer frente y responder a los golpes, que es un paso muy necesario que hay que dar, claro, pero también organizarnos y conocernos a y entre nosotras -y aun así parece no ser suficiente-. Quien tiene el poder tiene el uso legítimo de la violencia, y este tiene un efecto en el sufrimiento psíquico, es necesario abrazarnos con furia hasta convencernos de un nosotras, que la libertad es la energía vital de las personas. Nuestros esfuerzos irán encaminados a recuperar el cuerpo y trabajar por la dignidad, devenir malas víctimas, negarnos a encarnar el despojo.

Esta es una declaración: hay una terrible dificultad para desarrollar nuestros procesos de vida, es urgente defendernos, hacer una vez más, las veces que sean necesarias, un llamamiento a pensar las políticas del cuerpo. ¿Dónde nos desenvolvemos, frente a este giro al régimen militar?

Que entrenar no sea una herramienta paliativa, consecuencia de la sensación de persecución.

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