El amor en los tiempos de OkCupid

“He hecho de ti, a falta de algo mejor, la piedra angular de mi universo.”

Marguerite Yourcenar. Fuegos.

 

La atracción y el amor están condicionados por una serie de elementos y circunstancias que la mayoría de ocasiones no elegimos. Conocemos gente por los lugares en donde nos desenvolvemos: la escuela, el trabajo, el barrio en el que vivimos, los sitos que frecuentamos, entre otros. Y esto a su vez está determinado por condiciones sociales y económicas.

Los avances tecnológicos han permitido crear canales de comunicación específicos para ciertos fines, como conocer personas que  podrían ser una potencial pareja. Pero esto también está sujeto a otras particularidades.

Pensar que podemos sentir atracción y eventualmente enamorarnos casi de cualquier persona es falso. Las cualidades y el atractivo físico no siempre son determinantes. Desde la niñez comenzamos a construir conceptos propios de lo que es el amor y del cómo debe ser una pareja. Nos guiamos de manera consciente e inconsciente por los ejemplos de nuestra familia. Aprendemos a ser hombres y mujeres por los modelos masculinos y femeninos de nuestro entorno; por los ideales que creamos a partir de las invenciones de la televisión, la literatura y el entretenimiento.

Sobre el amor romántico, escuchamos, leemos y sabemos cuánto se sufre por él; la delicia que hay en sentir el corazón roto. Como también la enorme dicha que se experimenta al conocer a ese ser especial y todas las bondades que hay en las experiencias de pareja. Nos rodea una enorme cantidad de estereotipos, mitos, historias, publicidad y demás, que nos repiten hasta el cansancio que estamos incompletos, que es necesario estar con alguien más para vivir en plenitud.

Otras cartas que forman parte del juego de las emociones son la carencia y la abundancia individuales. Lo que hemos aprendido y vivido. El amor propio, la autoestima, lo que creemos merecer, el concepto que tenemos de nosotros mismos; son factores que afectan en el tipo de relaciones que creamos y buscamos. Estamos dispuestos a ceder o exigir según dichos parámetros. Inclusive es admisible para muchos una tendencia al sufrimiento; la intensidad, el arrobamiento y la vehemencia de una relación. Aquel que está acostumbrado a la brusquedad, tal vez sienta desconfianza cuando no la halle, no está cómodo sin ella, así que sale en su búsqueda.

Es habitual experimentar la repetición de algunas conductas o situaciones en nuestras distintas relaciones, se consoliden o no. Establecemos vínculos semejantes con diferentes personas e incluso dichas personas guardan ciertas similitudes con otras, ya que aprendemos a hacer las cosas de una forma específica. En ese sentido, por más enfermiza que pueda ser una relación, hay una tendencia a reincidir una y otra vez, pues somos incapaces de hallar maneras diferentes de comportarnos, y la atracción que sentimos es por individuos que comparten características definidas, aunque estas no sean fáciles de notar de manera superficial.

El amor es, probablemente, uno de los sentimientos que más se confunden con otros. Incluso es posible mimetizarlo con algunas sensaciones. Atracción, apego, dependencia, admiración, deseo, empatía, compasión, intimidad, etc. Son parte de la experiencia humana. Es factible que ante las múltiples vivencias que tenemos a diario y todo lo que conlleva la conformación de nuestra persona, se trastoquen sentimientos, emociones y sensaciones vinculadas a nuestra idea del amor. A final de cuentas, es una palabra que posee muchos significados.

La moralidad, el sistema de consumo, la cultura y el contexto en general, ejercen una influencia notable en las relaciones amorosas. El presente es menos estable, más inmediato y efímero. Todo se vuelve obsoleto en menos tiempo. Estamos expuestos a lo novedoso y expectantes por lo desconocido; vivimos insatisfechos como barcos a la deriva que buscan la luz de un faro. Las ideas son transitorias, las convicciones se vuelven frágiles ante lo acelerado de los cambios. La multiplicidad de opciones es una ilusión que nos permite aceptar que sujetar algo con fuerza, es perder una decena de oportunidades más, por lo tanto, no es sencillo comprometerse. El horizonte está lleno de oportunidades o por lo menos existe tal espejismo.

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No es fácil establecer uniones sólidas entre las personas de una realidad líquida. Buscamos el placer inmediato, pero también el amor. El primero se logra con relativa facilidad, tal vez porque estamos más dispuestos en el plano de los sentidos y porque creemos estar libres de prejuicios. Respecto al segundo, es mucho más complejo; intervienen más factores de los ya mencionados y también implica la construcción de algo, construcción que conlleva la difícil coordinación de emociones, sentimientos, sensaciones, palabras y acciones.

Nietzsche menciona que la promesa del amor eterno es absurda, pues no es posible garantizar lo que vamos a sentir en el futuro. El amor por alguien no solo es un sentimiento, se puede traducir en acciones, así pues no podemos prometer a alguien que siempre lo vamos a amar, más sí prometerle que siempre nos vamos comportar como si le amáramos.

Hacer un juicio moral sobre si lo endebles de las relaciones del presente es bueno o malo no tiene sentido. De igual manera, idealizar la estabilidad del pasado tampoco sirve de mucho. Cada tiempo posee sus propias complicaciones, así como sus ventajas y desventajas.

El compromiso más importante para cada individuo debería ser consigo mismo. Ser una persona completa, sana y con amor propio, no es una tarea sencilla. Se requiere de mucho autoanálisis. Llevar al ámbito de la consciencia las razones del por qué y para qué nos comportamos de cierta manera, exige mucho de nosotros. Despojarnos de lo que hemos aprendido y llenar los vacíos que hay en el proceso de la edificación de nuestro ser, puede llevarnos a conocernos mejor, en consecuencia, saber qué queremos, qué nos hace felices y qué nos conviene.

Hay una notable diferencia entre lo que nos gusta y lo que es conveniente para nosotros. El cocainómano se complace en el consumo de drogas, más es poco probable que sea bueno para él. El conocernos mejor nos permite diferenciar de entre todo lo que hacemos, lo que es conveniente y placentero a la vez. El terreno de las relaciones afectivas no se opone a tal principio.

El individuo completo no es narcisista. No trata con desprecio a los demás ni asume que su valor está por encima del resto de las personas. El conocimiento de sí mismo y la consciencia de su valor, le permiten distinguir con mayor claridad. Le es más fácil comunicarse de manera asertiva y generar vínculos sanos. Acuerdos nítidos que sirven como cimientos. Sabe que su felicidad no depende de otras personas y que en estos tiempos, se enfrenta a la posibilidad de estar solo sin que esto sea agobiante.   

Y aquí es claro que dicha soledad solo hace referencia al tema de pareja, pues es imposible que estemos solos realmente. Nuestra naturaleza solo se manifiesta cuando convivimos y vivimos con otros seres humanos.  

Pero el individuo completo también comete errores. No es inmune a la violencia, la tristeza, las pérdidas y a las consecuencias de sus desaciertos, no obstante, es más probable que posea herramientas que le permitan sobrellevar tales situaciones, pueda salir adelante y aprenda de ello.

Hoy como en muchos siglos atrás el amor es uno de los ejes más importantes de nuestra existencia. Lo vemos y experimentamos todos los días. Es el tópico más trillado en las ficciones y uno de los motivos más comunes de aflicciones y júbilos. No está mal tomar como principio que antes de amar y conocer a alguien más, nos demos tiempo para escudriñar y cincelar al ser que llamamos yo. Ya lo dijo Oscar Wilde: Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida.

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