¿Qué quiere decir AMLO cuando habla de neoliberalismo?

Por Gustavo Rodrigo Rojas García*

 

Desde que tomó protesta como presidente de la república, AMLO ha diagnosticado la situación del país como consecuencia del neoliberalismo y ha planteado a su gobierno en las antípodas del mismo, al punto de decretar, en días recientes, la formal abolición “del modelo neoliberal y su política económica”.



A partir de ello, ha comenzado un  debate sobre los alcances de dicho diagnóstico. La disputa fundamentalmente se ha desarrollado sobre si el nuevo gobierno en efecto inaugura una época postneoliberal o si es de continuidad neoliberal. Este debate, fundamental para la izquierda, obvia la pregunta de si hablamos o no de lo mismo cuando hablamos de neoliberalismo. Más allá de si las posturas son moderadas o radicales, la polisemia del concepto neoliberalismo se deriva de diferencias teóricas fundamentales sobre el género del cual el neoliberalismo es una especie particular. Esto implica la coexistencia de diferentes modelos de explicación sociohistórica sobre la génesis, la reproducción y la eventual superación del neoliberalismo.

En los discursos de AMLO el neoliberalismo aparece como la ideología imperante en los seis sexenios que le precedieron. A esta interpretación subyace una forma particular de concebir al neoliberalismo que puede caracterizarse como Elitista-Idealista, y consiste en concebir al neoliberalismo como un conjunto formal de ideas que orientan a determinados agentes cuya posición permite que sus acciones sean fundantes del orden social en su conjunto. Es decir, se asume que son las elites las que con su actuar definen el mundo en el que vivimos y, simultáneamente, que su actuar está definido por las ideas y creencias que tienen sobre el mundo, por su ideología.  Esta concepción tiene eco en varias tradiciones teóricas, y puede encontrarse un ejemplo muy acabado en la Breve Historia del Neoliberalismo de Fernando Escalante.

Esta forma de concebir el neoliberalismo permite identificar la matriz ideológico-discursiva en la cual se ha estructurado y legitimado la interacción entre quienes conforman esas élites a las que se les concibe como fundantes del orden social. Es evidente que el cambio de gobierno ha transformado esa matriz, como constatan la aparición pública de cámaras, consejos y otras formas de organización colectiva de los dueños de los medios de producción, antes ocultos tras una matriz partidaria que salvaguardaba sus intereses. Así mismo se constata en la transformación del debate nacional, que ahora incluye temas antes vedados, como soberanía energética, incrementos significativos del salario mínimo e, incluso, separación del poder político y económico. Esto ha obligado a las élites a reposicionarse en la nueva matriz ideológico-discursiva, desplazando a algunos actores y dándole mayor centralidad a otros, en función de su capacidad adaptativa.

Sin embargo, este mismo modelo para entender el neoliberalismo implica por lo menos tres problemas teóricos de fondo:  1) al suponer que las elites se comportan guiadas únicamente por estas ideas abandona la hipótesis de que se esgriman como un elemento discursivo para justificar ciertas acciones; 2) Al suponer que la ideología de las elites es la razón última que explica su comportamiento supone que son autónomos con respecto a la red de relaciones interdependientes que los rodean; y 3) al asumir que la acción de las elites son la causa eficiente de la constitución del orden social sostiene una concepción del poder vertical y una lógica unidireccional del cambio social.

 

En cuanto a la primera de estas deficiencias, suponer que la acción de los gobiernos de los últimos seis sexenios se ha orientado por su compromiso con las ideas neoliberales resulta difícil de sostener. Si bien hay acciones importantes, como las reformas estructurales impulsadas por el Pacto por México, que fueron explícitamente defendidas bajo argumentos típicamente neoliberales, esto no sucedió en otra serie de acciones igualmente relevantes, como el FOBAPROA, la contrarreforma al artículo segundo constitucional o la declaratoria de guerra al narcotráfico de Calderón. Pero incluso en el caso de las reformas estructurales, tampoco resulta evidente que estuvieran movidas por el convencimiento del libre mercado más que por una serie de intereses económicos y geopolíticos.

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Esto nos lleva a la segunda limitación de concebir al neoliberalismo como un conjunto de ideas que orientan a las elites. En el planteamiento de AMLO el contenido de las ideas neoliberales parece distanciarse de los planteamientos académicos que las equiparan con la economía neoclásica y aparecen más bien como una búsqueda egoísta del enriquecimiento personal a toda costa, como una “política de pillaje, antipopular y entreguista”. Pero pese a esta diferencia de contenido, sigue sosteniéndose la idea de que quienes gobernaron este país lo hicieron en función de sus convicciones personales, suponiendo una autonomía absoluta que invisibiliza los constreñimientos estructurales derivados de las relaciones de poder y subordinación, tanto económicas como geopolíticas. Recordar que la figura presidencial se encuentra cercada por una amplia red de cadenas de relaciones interdependientes resulta fundamental para entender la premura del presidente para reconocer la deuda externa, los vaivenes legislativos sobre regular las comisiones bancarias y el hecho de que, pocos meses después de cancelar el NAIM argumentando, entre otras cosas, el derecho al territorio de los ejidatarios de Atenco, impusiera una consulta amañada e ilegal para legitimar la continuación del Proyecto Integral Morelos.

Las concepciones del poder como vertical y del cambio social como unidireccional son igualmente necesarias para esta forma de entender el neoliberalismo. Sólo partiendo de esta premisa puede sostenerse que el cambio de la ideología imperante en el gobierno se traduzca, en poco más de cien días, en el inicio de una realidad postneoliberal. Sin embargo, los mismos constreñimientos ya mencionados implican reconocer la existencia de fluctuaciones en los diferenciales de poder, las contradicciones de intereses y lo caótico del cambio social. Pero esto es igualmente constatable en la vida cotidiana, donde se observan otras formas de poder dispersas en la base de la estructura social. Así lo muestran no solo las múltiples resistencias de quienes defienden sus territorios o buscan a sus familiares desaparecidos, sino que los millones de trabajadores informales, de migrantes o, simplemente, de personas que, guiadas por el hábito y la tradición, también construyen activamente el mundo que les rodea.

El problema, entonces, no es el de si AMLO es o no neoliberal, sino el de determinar cuál es el peso relativo de la ideología del presidente en la constitución del orden social.


*Sociólogo.

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