De la “deconstrucción” del amor a la erótica del diferir

Imagen: Daehyun Kim

Si hay una crítica que hacer al amor no será una que lo moralice y que pretenda imponer un nuevo modelo amoroso bajo el argumento de que el actual es impuesto, (en el límite ¿no nos son impuestas también las palabras que usamos para hablar o para escribir?). Y no lo digo porque la monogamia no sea cuestionable, sino porque cansa la supuesta superioridad moral e intelectual de algunos, quienes se creen “deconstruidos” o “en deconstrucción”, incluso en un proceso asumido como indefinido.

Como yo mismo he hablado no de “deconstruir” pero sí de desmontar el amor romántico, es un buen momento para empezar a hacerme cargo de algunas cosas que he dicho quizá con demasiada facilidad. Por ejemplo, cuando he hablado de responsabilidad afectiva. Está claro que el cuidado con los otros está en el fundamento de una relación y que hay que hacernos cargo de nuestra parte en lo que nos pasa y lo que les pasa a quienes queremos. También es cierto que una relación, para poder sostenerse, necesita de ciertos mínimos de reciprocidad. Pero la supuesta responsabilidad afectiva puede deslizarse fácilmente a cargar a los otros con la responsabilidad de satisfacer nuestras demandas.

¿A santo de qué? Quizá a santo de nuestras expectativas combinadas con nuestra entrega. Si yo doy tanto, debería obtener de regreso también ese tanto. Yo te doy, tú me das. Suena bien. Pero más allá de los cuidados mínimos, habríamos de cuestionarnos si vale la pena pensar al amor en los términos de un intercambio. Porque hacerlo es someterlo al principio de equivalencia capitalista en donde a todo se le asigna un valor intercambiable por cualquier otra cosa del mismo valor. ¿Cuál es el valor de un gesto, de una caricia? ¿Acaso otro gesto similar, otra caricia? Bien podríamos darnos las caricias y los gestos a nosotros mismos, entonces.

Pero lo que se juega en el amor es radicalmente otra cosa. Precisamente: otra, algo que no podríamos darnos nosotros mismos. Entonces lo que esperamos de los otros no es nunca exactamente lo que nosotros les damos, incluso si eso es justo lo que les demandamos. De forma que hay algo que no podría ser satisfecho incluso si sucediera un intercambio de equivalentes.

Otra cosa que habríamos de cuestionarnos son esos cuidados mínimos, en los que es fácil deslizar la exigencia de que los tiempos del otro permanezcan en sincronía con los nuestros. Pero, de nuevo, pensar que el tiempo que uno y otro dedican deben “compensarse” o “acompasarse” termina cayendo en el mismo principio de equivalencia. Bastante teníamos ya con el horario laboral…

Quizá ahí las relaciones entre especies puedan servir de aprendizaje para las relaciones entre la especie. Pensé hace poco que para alguien impaciente con los otros un gato puede ser un maestro. No podemos someter a un gato a nuestros tiempos: quiere estar o no quiere estar. No podemos darle ni demandarle cariño si ya nos dio una señal para que le demos su espacio y su tiempo. Y hay que notar, por cierto, que en situaciones así, dar y demandar van de la mano o incluso son uno mismo.

Por supuesto que no se trata de solapar a metafóricos gatos que exigen cuidado de los otros y no están dispuestos más que a recibir y recibir. Pero sí, quizá, de pensar que todos podemos ser gatos, y que exigir tiempo y humor a los otros puede acabar en un zarpazo. Que habríamos de aprender, también, cuándo tomar como gatos nuestro propio espacio, incluso si es definitivo. No cuándo exigir, entonces, sino cuándo dejar de deman-dar.

Y, en realidad, si vamos a hablar de abrir el amor, des-acompasar el tiempo no tiene por qué alarmar. Hay amistades que pasan décadas sin contacto, y eso no siempre merma el siguiente encuentro, ni en su posibilidad. Hay formas de no-estar. Hay otros tiempos que el de una supuesta continuidad. La carta es un buen ejemplo: es un gesto cariñoso que enviamos y que sólo bajo ciertas condiciones y después de cierto tiempo llega a ser co-respondido. Amor como amistad epistolar: distendido, discontinuo, diferido.

Quizá una metáfora así nos permitiría pensar en un hacernos cargo que no parta de la responsabilidad, concepto más jurídico que afectivo, con las implicaciones individualizantes que eso puede tener. En algún otro lugar sugerí una erótica del diferir, una que no partiera de la premisa de una presencia constante. Ahora digo que también sin la premisa de un sujeto idéntico a sí mismo, sea que ame o que sea amado. Es decir: una erótica abierta no sólo a las discontinuidades de los otros, sino a las discontinuidades que somos nosotros. Acaso esa erótica del diferir sea más fértil que una supuesta “deconstrucción” del amor.

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