¿Por qué AMLO no tiene oposición?

Para entender el momento político actual de México se necesita, además de entender al nuevo gobierno y al personaje político de López Obrador, discernir lo que ha estado enfrente de ese personaje y está, todavía en el imaginario colectivo, contrapuesto a ese gobierno.

Déjenme ponerlo así: si en algún momento les ha parecido inexplicable por qué la base de apoyo de Andrés Manuel es tan amplia, sólida y leal, quizás valdría la pena preguntarse: ¿Por qué esas millones de personas deberían de apoyar a las otras opciones políticas?

Salvo honrosas excepciones, -que todavía son emergentes en la política nacional- para las opciones existentes en México la cuestión ética, por ejemplo, ni siquiera es una discusión trascendente.

¿Por qué habría de sentirse representada una familia mexicana de clase media por alguno de los coordinadores parlamentarios del PRI? ¿O por el gobernador del PAN en Tamaulipas o el de Querétaro? ¿Por alguno de los dirigentes nacionales de cualquiera de esos dos partidos? ¿Por alguno de los ex candidatos presidenciales a los que enfrentó Andrés Manuel?

La fuerza política actual de López Obrador no se podría explicar sin una clase política que sería incapaz de tomar el transporte público durante una semana para trasladarse a su trabajo, que no camina las calles de las ciudades que habita y que no sufre ninguna de las situaciones que todos los días le quitan el sueño a los mexicanos.

¿Sabe cuántos políticos mexicanos tienen a un pariente en la cárcel por haber consumido mariguana? ¿Cuántos políticos mexicanos tienen a un pariente que perdió un hijo por una negligencia médica en el IMSS? ¿Cuántos políticos mexicanos tienen hijas que sufran acoso sexual en su camino al trabajo? La respuesta es que muy pocos de los que están en las posiciones de mayor exposición e influencia política. ¿Por qué? Porque todos esos problemas están atravesados por la interseccionalidad de fenómenos como la pobreza y el influyentismo.

Si un pariente de un político poderoso es detenido injustamente, el político hace una llamada y el asunto se resuelve.

En México es común que los ricos y los poderosos no tengan que pagar ni siquiera por sus actividades de ocio. Les “regalan” boletos para el futbol, para el teatro y los invitan a conocer los mejores restaurantes porque la lógica del intercambio de favores hace que esa sea una “buena inversión”.

Frente a esa realidad nacional, aunque la inmensa mayoría de los políticos de Morena sean exactamente iguales, el estilo provinciano de López Obrador y su forma sencilla de expresarse, sin grandilocuencia ni grandes pretensiones, gana en magnetismo.

Si a eso le sumamos que el hoy presidente tiene 13 años recorriendo el país y que es un experto en el manejo de símbolos (viaja en vuelos comerciales, come gorditas y juega béisbol a pie de carretera), entonces la brecha que se crea con la clase política se convierte en mayúscula.

Por eso muchos de los que creen que para enfrentar a Andrés Manuel se debe seguir explorando el camino de las coaliciones partidistas, o se debe invitar a la oligarquía empresarial a que ocupe la política, o se debe revivir a políticos a los que López Obrador ha derrotado, van a fracasar en el intento.

Eso fue exactamente lo que sucedió frente al Chavismo en Venezuela. El Chavismo tuvo su deterioro hasta la versión rupestre que hoy conocemos con Nicolás Maduro, en buena medida gracias a una oposición torpe, oligárquica y anti-popular.

Si el mayor temor de muchos frente a López Obrador es la restauración autoritaria, la oposición debe de ser muy diferente a la que hoy ven millones de mexicanos en las redes y los medios de comunicación.

La oposición debe tener legitimidad ética y ser consistente.

La oposición debe de ser empática y decente.

La oposición debe de ser creativa y no predecible.

Y debe ser, también, plural y generosa, para entender que la mejor forma de enfrentar una visión caudillista y vertical es construir un movimiento colectivo y de corte horizontal, como lo están haciendo algunos nuevos actores en Estados Unidos frente a Donald Trump.

Debemos entender que tan responsable será Andrés Manuel del futuro de México, como lo vamos a ser quienes seamos capaces (o no) de construir alternativas a su proyecto político.

Es un honor imaginar otra nación.

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