Por un 2019 en el que todas las mujeres regresen vivas a casa

Por Débora Hadaza

El 17 de diciembre del 2010 mientras desayunaba vi en cadena nacional el momento del asesinato de Marisela Escobedo. Una noche antes a las puertas del palacio de gobierno del Estado de Chihuahua un hombre le dio un balazo en la cabeza. Días antes ella había declarado ante las cámaras de televisión que no se iba a esconder, que si el asesino de su hija quería matarla como ya la había amenazado, lo hiciera ahí enfrente de las oficinas del gobierno que tanto la había ignorado —el del gobernador Javier Duarte—, “ a ver si no les da vergüenza”, dijo.

Después de ver algo así el mundo parece absurdo. Recuerdo salir a la calle y sentirme indignada por la indiferencia de todos, de la gente que yo no conocía pero seguramente vio la noticia, de mis conocidos, de mis familiares. No podía entender en ese momento como la gente que se estremeció ante la muerte de Michael Jackson, tan lejano a ellos, no sentía ni un poco de interés por el asesinato de esta mujer. Me obsesioné con su historia porque, entre otras cosas, se apellidaba Escobedo y Escobedo es el apellido materno de mi madre. Vi muchos videos sobre ella, en uno de ellos me impresionó su autocontrol al narrar cómo y en dónde encontraron el cuerpo de su hija. Sergio Barraza, su pareja sentimental, después de asesinarla la llevó a un tiradero de restos de cerdos, la quemó y la “sepultó” debajo de los restos de esos animales —vísceras, grasa, huesos—; los perros y la fauna salvaje dejaron poco del cuerpo que no logró quemarse de Rubí Marisol Frayre, hija de Marisela.

Mi feminismo no tiene mucho. Creo que nació en ese tiempo. Antes la palabra me sonaba chocante. Pero ese caso me llevó a otro y a otro y a otro. Las cifras de feminicidios en México han crecido abrumadoramente en los últimos tres años. La saña al perpetrar este crimen también. El 22 de enero de este año, por ejemplo, encontraron parte del cuerpo destazado y cocinado de Magdalena, a quién presumiblemente su ex pareja y padre de sus dos hijos, estaba ofreciendo como carne en salsa roja en su botanero de Taxco Guerrero.

En mayo del 2017 las mujeres de México nos unimos en la campaña #Simematan a raíz de la revictimización que hizo la PGJ capitalina sobre el feminicidio de Lesvy Berlín Osorio, culpándola por estar tomada y desestimando el caso porque “ni siquiera era alumna de la UNAM”. Irónicamente Mara Castilla se unió a esa campaña con un tuit que decía “si me matan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza”; Mara fue asesinada en septiembre de ese mismo año, en la ciudad de Puebla, fue encontrado su cuerpo después de varios días de búsqueda y movilización por parte de colectivos universitarios y feministas.

En ese mismo año las mujeres del mundo nos unimos en la campaña #Metoo y #Yotambién para visibilizar los distintos tipos de acoso y violencia sexual que hemos sufrido, en la calle, escuela, trabajo o el hogar. El experimento dejó claro que la mayoría de las mujeres habíamos vivido algún grado de violencia sexual en nuestra vida, y que muchísimas, aun en una edad muy temprana, habían vivido abusos terribles. Esta serie de campañas, las marchas en contra de los feminicidios y en pro del aborto “alertaron” y causaron mucha virulencia, burlas y críticas en la opinión pública.

Alguna de las críticas más inteligentes van de que es necesario que las mujeres no se perpetúen en el rol de víctimas. Otras sobre las posturas radicales de algunos colectivos feministas que parecieran tomar al género masculino como el enemigo natural, algunas se centran en lo violento de algunos discursos feministas, en lo revanchistas que suenan y en la actitud fálica de sus dirigentes. Quizá la más válida en mi pensar es la denuncia que los movimientos feministas no adoptan a las víctimas de violencia sexual que son hombres, de tal forma que sufren ellos de una doble exclusión.

El sábado pasado miles de mujeres en Latinoamérica cambiamos nuestra foto de perfil en las redes sociales para unirnos a la campaña #Miracomonosponemos en apoyo a la actriz argentina Thelma Fardín, quien presentó en televisión una denuncia por violación contra el actor Juan Darthes, cometida hace varios años atrás. Una de las críticas a esta campaña fue justamente lo mediático de la forma en que se presentó la denuncia y que la víctima y el victimario fueran celebridades. Sin embargo, el hecho de que fuera tan mediático alentó a víctimas de abusos sexuales en Argentina a denunciar a sus victimarios, aumentando las denuncias en un %23.

Justamente sobre este caso la socióloga Rita Segato expresó “Lo más importante en esta noticia y lo que los medios deberían destacar y repetir sin reserva y hasta con exceso es que quien rescata a Thelma es un grupo de mujeres, son sus pares, sus colegas, sus amigas, sus hermanas en el proceso político que estamos viviendo en Argentina y en el continente: mujer salva mujer y muestra al mundo lo que tiene que cambiar.”

Cuando pienso en Marisela Escobedo, en todo su peregrinar solitario exigiendo justicia, en el poco interés que le mostró la sociedad mexicana, quiero creer que hemos avanzado  en nuestro nivel de visibilización, involucramiento y empatía. Creo también en la necesidad de mantener una continua crítica a nuestro enfoque personal hacía el feminismo. Creo que no todas las causas pueden ser arropadas desde esa visión, y por lo tanto es necesario que como miembros de esta sociedad interesados en la justicia busquemos la manera de dar voz a todas las víctimas silenciadas por la violencia sexual, sin importar su género.

Por un 2019 en el que todas las mujeres regresen vivas a casa. Por un 2019 en que se rompan más silencios, de mujeres y hombres. Por un 2019 en que los victimari@s sepan que se acabó la impunidad.


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