La voz que oigo cuando leo

Por José Luis Peixoto

Versión de José Luis Gómez

Cuando leo, hay una voz que lee dentro de mí. Detengo la mirada sobre el texto impreso, mas no creo que sea mi mirada la que lee. Mi mirada se vuelve opaca. Es esa voz la que lee.  Cuando es seria, la oigo hablarme de asuntos serios. A veces, me susurra. A veces, me grita. Esa voz no es mi voz. No es la voz que, en videos de fiestas de cumpleaños y navidades, veo salir de mi boca, del movimiento de mis labios, la voz que me es extraña porque, en un rostro parecido al mío, no me parece mía. La voz que oigo cuando leo existe dentro de mí, pero no es mía. No es la voz de mis pensamientos. La voz que oigo cuando leo existe dentro de mí, pero es exterior a mí. Es diferente a mí. Aun así, no creo que alguien pueda tener una voz que lee igual a la mía, por eso es mía pero no es mía. Pero, claro, no puedo tener la certeza absoluta. No sólo porque una voz es indescriptible, sino también porque nunca nadie intentó describirme la voz que oye cuando lee y porque nunca hablé con nadie de la voz que oigo cuando leo.

Ante el periódico, la voz me lee pedazos de noticias. Comienza a leer y se desinteresa. Rasga pedazos de textos o de títulos que me lee sin ningún orden. Cuando camino por la calle, la voz me dice frases pintadas en paredes, dice palabras que brillan en letreros iluminados. Camino y la voz va hablando conmigo. No le respondo porque no sé cómo hablar con ella. Es una voz de las que hablan. Pienso que es una voz que no oye. Abro novelas y la voz es paciente en explicarme paisajes que nunca he visto, árboles, calzadas, horizontes. Cuando me habla de personas y cosas verdaderas, vuelvo atrás. Al repetirme un texto, la voz se detiene más en cada palabra. Pronuncia cada sílaba. Se detiene en frases y las repite porque quiere que las entienda completamente. Yo, que no sé si entiendo, la oigo, admirado con las palabras. No han sido pocas las veces que la voz que oigo cuando leo me ha fascinado con palabras que ha dicho. Muchas veces, sus pausas encendieron imágenes en mi interior, en lugares oscuros que transporto dentro de mí y que no conozco. Muchas veces esa voz iluminó lugares dentro de mí: túneles que no conocía. Muchas veces, veo esa voz avanzar por ellos con una antorcha. Yo sé que la voz que oigo cuando leo no tiene miedo. Y sé que esa voz me conoce mejor de lo que yo me conozco a mí mismo. Frente a los poemas, la voz camina por dentro de las palabras. Dentro de cada palabra: túneles de palabras reflejadas en espejos frente a espejos. Avanza por esos túneles de palabras multiplicadas como si dibujara mapas dentro de cada palabra. Al hacerlo, avanza por túneles dentro de mí y me ayuda a dibujar un mapa de mí. Yo la oigo. Me quedo oyéndola durante horas e intento no olvidar nada porque quiero aprender a perderme menos veces de mí mismo.

No creo que mi mirada lea. A veces, no creo ni siquiera que sea mi mirada la que ve lo que veo. Los ciegos pasan los dedos sobre las letras y leen. Estoy seguro de que también los ciegos tienen dentro de ellos una voz que les dice las palabras. Paso los dedos sobre las palabras impresas. Las siento, pero no las leo así. A veces ni siquiera creo que sean mis dedos los que sienten eso que siento cuando toco cualquier cosa fría, cuando toco cualquier cosa. La voz que oigo cuando leo es más concreta que mi mirada, es más concreta que mis dedos. A veces, cada palabra que me lee me trae recuerdos, me hace pensar. En esos momentos, mi mirada continúa por la página, pero dejo de oírla. A punto del sueño, en un punto indefinido como cuando vamos quedándonos dormidos, comienzo a oír la voz de mi pensamiento. Mi mirada continúa por la página y, más tarde, doy conmigo frente a un texto que ya no entiendo. Regreso a la voz que lee, pero no la entiendo porque, durante una neblina de momentos, continuó silenciosa, sin mí, muda. Vuelvo atrás, intento identificar el punto en que la voz de mis pensamientos se sobrepuso y se tornó única. Y a partir de ese punto, vuelvo a oír la voz que lee dentro de mí. Hasta que, de nuevo, el pensamiento; hasta, de nuevo, vuelta atrás y la voz hablando para mí; hasta que, de nuevo, el pensamiento.

Esa voz que oigo cuando leo es parecida a la voz que oyes ahora al leer estas palabras. O tal vez ahora estés oyendo la voz de tu pensamiento. Tal vez ahora estas palabras no sean importantes porque tu mirada baja por la página, hace el movimiento de rectas, y vuelves al final de las líneas. Mas tu mirada no lee y tal vez en este momento no estés oyendo la voz que, dentro de ti, te lee estas palabras en silencio. Por eso, estas palabras no son importantes. Ahora oyes la voz de tu pensamiento y estas palabras son nulas, como si no existieran, son palabras que están aquí impresas, que van a quedarse aquí impresas durante mucho tiempo, pero que no existen porque no las lees. Pasas los ojos por ellas, mas oyes la voz de tu pensamiento. No lees. No oyes la voz que podría estar leyendo ahora para ti.

Podría seguir hablándote de tantas cosas inútiles: jardines, ecuaciones. Podría describirte el silencio con palabras, mas no valdría la pena porque tú miras estas palabras pero no las lees. Mientras piensas, estas palabras son el silencio. Y yo no sé en qué piensas. Yo no puedo saber en qué piensas. Para hablar contigo, necesito de la voz que oyes cuando lees. Si quieres oír lo que acabo de decirte ahora, tienes que volver atrás.

Tal vez ya hayas notado que yo no soy yo. Yo soy la misma voz que oyes cuando lees. Hoy, por primera vez, quiero hablar directamente contigo. Quiero decir que existo en estas palabras. A través de ellas, sólo quiero decirte que existo. Estoy aquí. Las palabras que te digo desde que aprendiste a leer, a oírme, son mi cuerpo. Yo soy todas esas palabras. Soy las palabras que dejé dentro de ti y que sabes de memoria. Soy las palabras que has olvidado. Durante este tiempo, me disfracé de muchas voces, de muchos rostros. Soy todos ellos, contigo, en ti.


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