La pérdida de la cartera y la experiencia de la honradez

Por Jose Bastide

 

Mi hija gracias a sus buenas calificaciones, al terminar su carrera le dieron una beca para irse a estudiar al extranjero. Ella escogió Montreal, Canadá. Buscamos la mejor manera para que no tuviera problemas con su estadía en un lugar tan lejano, además que sería la primera vez que se enfrentaría a la vida y sus problemas sola. Afortunadamente, el hijo de un amigo estudiaba en la misma ciudad y a través de él, conseguimos la ayuda necesaria.

La recibió en el aeropuerto, la hospedó unos días en los que encontraban un lugar donde pudiera rentar una habitación para vivir. En fin, le hizo fácil sus primeros días de estadía. Ya instalada, tuvo que enfrentarse por su cuenta a los problemas cotidianos de toda persona. Hacer sus rutas para llegar a la escuela, buscar donde comprar sus cosas para la alimentación, el lugar donde llevar a lavar su ropa, todo aquello de primera necesidad que es indispensable.

Nos habían recomendado, que la mejor manera de sufragar sus gastos era abriéndole una cuenta donde le expidieran una tarjeta, así de esta manera podíamos desde México depositarle y ella retirar en algún cajero lo que necesitara para pagar sus gastos: renta, transporte, manutención, todo lo relacionado con sus necesidades. La escuela no era ningún problema, pues como becaría ya todo estaba cubierto. Todo trascurría a las mil maravillas, le depositábamos cada 15 días y ella lo retiraba, así pasaron los primeros dos meses.

Un día alrededor de las nueve de la noche, hora en la que habíamos acordado nos comunicaríamos para saber cómo se encontraba, nos comento: “oigan, tengo algo que hacerles saber, hoy en el metro perdí mi cartera”, nuestra primera reacción fue, “¿y ahora como le vamos a hacer para depositarle y así pueda seguir subsistiendo?”, nos comentó, “dice la dueña de la casa donde vivo, que hay una estación del metro donde depositan todo lo que la gente pierde, que vaya y que seguro ahí voy a encontrar mi cartera con todas mis pertenencias”. Nuestra incredulidad afloró y de inmediato nos imaginamos que esto no sucedería. Sin embargo, respaldamos la sugerencia y le pedimos que nos avisara del resultado.

Al colgar, de inmediato la preocupación nos embargó, nos preocupaba sobre todo la forma en cómo le haríamos para el dinero que ella necesitaba. Aún y teniendo una nueva tarjeta, ¿cómo se la haríamos llegar? Al otro día, mientras estábamos en el banco, viendo las posibilidades para solucionar el problema, nos habló por teléfono y muy alegre nos comentó que efectivamente, había llegado a la estación del Metro que le indicaron y en una caja que le proporcionaron había encontrado su cartera con todos sus documentos, sus identificaciones, su tarjeta del banco, todo, solo le faltaban cinco dólares que portaba.

Para nosotros fue una cosa increíble, ya que nunca imaginamos que este acto se diera y que pudiera encontrar su cartera y además con todas sus pertenencias.

Tiempo después, cuando ya estaba por terminar sus estudios, fuimos a visitarla y debido a que por su cuenta decidió quedarse por un tiempo más a tomar una especialización, acordamos quedarnos a acompañarla. Rentamos un departamento y nos instalamos.

Un día íbamos en un autobús mi esposa y yo, y ella al bajar la vista se dio cuenta de que en el suelo había una cartera. La tomó y abriéndola nos percatamos que traía varias tarjetas de crédito, identificaciones y unos cuantos dólares. De inmediato nos preguntamos qué hacer, pero recordando el susto que habíamos pasado con mi hija, decidimos que en cuanto bajáramos del transporte, hablaríamos con su dueño. Así lo hicimos. y cuando nos contestó, sin inmutarse, nos dijo: “gracias, no me había percatado de que la había perdido, desgraciadamente hoy no la podré recoger, así que por favor me pueden llamar mañana para ponernos de acuerdo y vernos en algún lugar”. Nos quedamos sorprendidos de su reacción, pero accedimos. Al otro día le llamamos y fijamos una estación del Metro para encontrarnos; a la hora prevista llegó, tomó la cartera y sin revisar su contenido, la guardó en su bolsa, nos dio las gracias y dando la media vuelta se alejó.

Con esto nos dimos cuenta, que la honradez se paga siendo honrados y que cuando haces un acto de corazón, nadie te juzga. Una gran experiencia que marcó nuestras vidas.


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