Estirar la economía familiar, los primeros “Mercados sobre ruedas”

Por Jose Bastide

A finales de los años sesenta, surgieron los llamados Mercados sobre ruedas. La venta directa del productor al consumidor fue el objetivo primordial de éstos, los cuales ofrecían precios más económicos que las tiendas de autoservicio —aunque algunos consumidores en la actualidad dicen que en los mercados sobre ruedas dan kilos incompletos.

“Ir a comprar fruta o verdura a los mercados sobre ruedas podía ser más barato”. Esa fue la idea con la que el Gobierno los creó aquel domingo 21 de noviembre de 1969. Ese día, desde muy temprano productores y cosecheros, procedentes de diversas regiones del país, llegaron a vender “a precios realmente bajos” sus productos.

Los campesinos llevaban las frutas, verduras, legumbres y otros artículos alimenticios en sus camionetas o camiones para venderlos directamente al consumidor, sin intermediarios, en plazas públicas o jardines, un día a la semana. También se les reconocía por las mantas, toldos, lonas o trapos de color rosa con los que cubrían sus puestos semifijos.

El primer mercado sobre ruedas, se colocó en la calle de Electricistas, junto al tradicional tianguis de la colonia 20 de Noviembre. Miles de amas de casa y jefes del hogar, acudieron desde muy temprano a este mercado, así como los propios productores, quienes trataban de no ser explotados por los comisionistas, bodegueros y acaparadores.

Este tipo de comercio fue visto por las autoridades como una verdadera revolución en cuanto a la baja en el costo de la vida, de los artículos alimenticios y al mismo tiempo, sería un estímulo para que los campesinos redoblaran sus esfuerzos y mejoraran su productividad. Las familias también se vieron beneficiadas en su economía, ya que las amas de casa pagaban mucho dinero por los productos de primera necesidad.

Mi madre, que siempre buscó la manera de ahorrar algo para la economía y mejorar el sustento familiar, pronto se hizo asidua de estos mercados. En la colonia donde vivíamos no había uno propio, el más cercano quedaba a cuarenta y cinco minutos de distancia en camión. Pero hasta en eso ella pensaba, ya que si se atravesaba por unos campos de fútbol y algunos terrenos baldíos, llegaba más rápido y además se ahorraba lo del pasaje, que aunque no era mucho, si le servía para complementar sus compras.

Cuando estábamos de vacaciones, alrededor de las 8 de la mañana nos alistaba y empezábamos el camino. Mi madre tomaba la delantera, después mi hermana, mi hermano menor en medio y yo, como el más grande, atrás. De ida todo era un juego, en los campos aventábamos piedras, tratábamos de cazar algún pajarito o simplemente corríamos, ella aparentemente no se detenía, pero sabíamos que aunque directamente no nos estuviera viendo, estaba al pendiente de cada uno de nosotros.

Cuando arribábamos al mercado, se dirigía a sus marchantes, como ella les decía y ellos la llamaban “jefecita”. Iba escogiendo lo que sabía iba a necesitar durante la semana y lo iba depositando en las bolsas que para tal fin, había llevado. Empezaba a llenar las dos más grandes, de las cuales yo me ocupaba, cuando consideraba que ya estaban lo suficientemente llenas, ocupaba otras dos pequeñas que también le acompañaban. Seleccionaba lo más resistente para que fuera la base de las bolsas y lo que pudiera lastimarse lo ponía encima.

Siempre existía el regateo y al final, todos quedaban contentos, incluso aquellos que ya sabían que eran los predilectos de sus clientas, terminaban por regalar algo y decían: “para que vea como soy bueno y agradecido con usted, hay le va el pilón” y le regalaban algo de más de lo que había comprado o nos regalaban alguna fruta a nosotros.

Al final y antes de emprender el regreso, sopesaba las bolsas. A mí me daba una de las grandes, la otra junto con una de las pequeñas las cargaba ella, la otra pequeña se la daba a mi hermana y para el menor, le dejaba alguna bolsa de plástico con naranjas, limones o algo que no pesara mucho, pero que lo hiciera sentirse importante por haber ayudado.

La caminata ahora si era lenta, por lo regular todos veníamos callados y solo esperábamos ver la cúpula de la iglesia de nuestra colonia para saber que ya casi llegábamos. El premio para nuestro esfuerzo era que podíamos escoger una fruta de las que quisiéramos, mientras ella se encargaba de depositar todo en su lugar.

Esa era una de las maneras como mi madre cuidaba el gasto familiar y estiraba el gasto que mi padre le daba cada fin de semana.


Vídeo Recomendado

Previo

Ciencia contra los que niegan la brecha de género

Siguiente

Esto es lo que podemos aprender de los éxitos y fracasos de la CDMX en movilidad

Sin comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *