El reto de asistir a todas las posadas

Por Jose Bastide

Qué grandes recuerdos afloran en mi mente sobre todo de mi niñez y juventud, cuando se acercan las fiestas decembrinas. Lo primero que relaciona esta época con mis recuerdo, son las “posadas navideñas”.

Me veo pendiente de la piñata en la casa del hermano de mi mamá, rodeado de todos mis primos esperando que él de la indicación para comenzar a pedir posada cantando villancicos, los cuales se nos hacen interminables, pues nos apura que llegue el tiempo de que por estaturas o por edades, nos seleccionen para pasar con los ojos vendados a pegarle a la piñata. La mayoría de las veces estás habían sido confeccionadas por los mismos primos, más diestros en ese arte y estaban rellenas con lo clásico de la época: fruta (mandarinas, cacahuates, cañas, jícamas, tejocotes, etc.),

Sufrías cuando veías que no te llegaba el turno y alguno lograba asestarle un buen palo, ya que pensabas que la diversión se iba a acabar y tú no habías participado de ella, al llegar tu turno, lo que más ansiabas era romperla y ser el héroe del momento. En esa aventura, hubo muchos descalabrados o quienes se lastimaron las manos, ya que por las ganas con las que la golpeabas, a veces errabas los golpes y le pegabas con las manos o puños, o alguno que se metía en medio sufría un buen garrotazo.

En cuanto oías que tronaba, de inmediato te lanzabas al piso para ganar lo que más pudieras. Luchabas con aquellos que trataban de arrebatarte tu botín y en esa refriega, por lo regular las mandarinas acababan apachurradas y tu ropa un asco, pero lo importante era levantarte con el cargamento más grande, lo que significaba una victoria.

De ahí, se pasaba a la cena la cual con el tiempo fue cambiando en su variedad de platillos y exquisitez de los mismos. No había manera de que pudieras consumir de todo, aunque la mayoría tratábamos de lograrlo.

Ya siendo un joven, las cosas cambiaron, lo divertido ahora era con la familia de mi padre, mis primos más grandes que yo en su gran mayoría, ya tenían mucha experiencia en estas lides. Al fin me habían aceptado en su grupo y ya no me molestaban y de esta manera me enteraba de sus conversaciones. Llegado el momento, por lo regular un día antes del 16 de diciembre, uno a otro se preguntaban a cuantas posadas ya estaban invitados y oías como alardeaban. Había quien decía, yo a tres, yo a dos, yo apenas la primera, pero se solidarizaban para que al final, todos pudieran ir en conjunto a las 9 posadas. Si llegaba a haber días en que hubiera más de una, escogían la que consideraban sería la más divertida y al principio hacía ahí se dirigían, los nuevos integrantes como yo, solo los seguíamos y obedecíamos todas sus decisiones.

Hubo ocasiones que la elección no fue la más acertada, por lo que si había tiempo y la distancia no era mucha, se podía llegar a la otra opción. Ahí si se formaba un gran equipo en el que entre todos nos cuidábamos.

Ya a esta edad, si importaba la piñata y la cena, sin embargo, lo esperado era el momento en que comenzaba el baile. Muchos de mis primos ya tenían experiencia en este género de diversión y los que no sólo nos quedábamos en un rincón viendo como disfrutaban estos momentos, eso sí, al momento que alguno de ellos, sobre todo los más grandes decidían que la fiesta había terminado, todos unidos nos retirábamos y no había pretexto para que alguno se quedara. Muchos perdieron la oportunidad de seguir bailando con la chica que en esa ocasión habían conocido y sólo podían tratar de sacar una cita para una fecha posterior.

Con el paso del tiempo, los que no sabíamos bailar, aprendimos y entonces sí que disfrutábamos al máximo de las fiestas, además alguno pudo tener un carro, el cual ponía a disposición de los demás y con esto se remediaba la intranquilidad de abandonar el baile temprano, pues con mucho cuidado aquel que no le gustaba tomar, era el encargado de manejar de regreso a la casa.

Por el lado de la familia de mi papá, no se acostumbraba hacer ninguna posada, solo el mero día 24, era requisito que todos estuviéramos alrededor de la media noche para cenar juntos. Así que si habíamos estado en otro lugar, teníamos que apurarnos para llegar a tiempo y no ser sometidos a un castigo individual o colectivo.

En fin, grandes tradiciones que se han ido perdiendo, ya que ahora si acaso solo se festeja la posada del día 24 y es más familiar, incluso en ocasiones la diversión de la piñata, ya no es parte de los festejos.

Ni modo otro más de los valores de unión familiar que se han llegado a perder y que solo en los recuerdos de algunos perduran.

 


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