Mery Yolanda Sánchez #VocesVioletas

#VocesVioletas es un espacio semanal dedicado a compartir poesía escrita por mujeres de México y Latinoamérica.

Mery Yolanda Sánchez (Guamo –Tolima, Colombia: 1956) Poeta y novelista colombiana.

Ha publicado los libros de poesía La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios Sobra, estorba (2006), la antología Un día maíz (2010), Gradaciones (2011) y la selección de poemas Rostro de tierra. En 2012 su novela El Atajo recibió mención de Honor en el II concurso de Novela Breve de la Universidad Javeriana y fue publicada en 2014. Obtuvo mención de honor en el concurso El cuentista Inédito del Centro de Estudios Alejo Carpentier en 1987 y en 1994.

Condujo el programa Leer para conversar de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Fue asesora de Literatura en la Secretaría de Cultura, Recreación y Deportes de Bogotá y en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y en 2010, asesora operativa de la Subdirección de Prácticas Artísticas y del Patrimonio de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deportes de Bogotá. Del 2012 al 2014 trabajó en el programa Distrital Jornada Única en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y el Instituto Distrital de las Artes –IDARTES. En 2016 seleccionó, compiló y editó el Libro Bogotá Cuenta, Universos de Tierra y tiempo con una muestra de la Red de Talleres Locales y distritales del Instituto Distrital de las Artes –IDARTES

A continuación presentamos una breve selección de su obra poética:


 

De perfil

Te acercas al espejo y ves la cicatriz abierta como un ojo de perro sobre tu mejilla derecha, por ahí respiran los que te acompañaron, los que salieron en desbandada y te dejaron con la mitad de un adiós en la boca que ya no se quiso abrir. Te dejaron pedazos del vestido que llevaba una niña cuando la violaron tres hombres en la esquina de la alegría, allí donde alguien te dio tu primer beso. Das la vuelta y el espejo te enseña el lapo que quedó en la espalda cuando te colgaron de los pies para que vomitaras tu nacimiento. En adelante, tendrás que usar media máscara para salir a la calle. Tendrás que caminar despacio porque tu pierna derecha cojea  y la respiración atropellada en tu cuello será una preocupación más. Ya no te volverán a hablar de la muerte, sabrás de ella por la luz en los ojos quietos de tus amigos. No volverás a contar los silencios porque el dolor te partirá una vez más. Se reirán de ti los que ven medio cuerpo en tu puerta y la justicia te volverá a expulsar porque tu bandera es la camisa manchada que cuelgas en tu ventana. No regresarás al espejo, porque te indica la ruina de tus dieciséis años con el mal y en tu frente las predicciones del hombre que cruza firme en un caballo.


Si pasas

Perseguirás por los siglos de los siglos el pedazo de tu mano izquierda. En la punta de tu lengua hallarás el sabor de otra traición, la que aparece en la última página de tu silencio.

Te dolerá otra vez el olor de madre a tu lado. Te dolerá todo lo que quisiste hacer y ahora ni siquiera puedes ver.

Te acostumbrarás a rodar para alcanzar esa luz que jamás volverás a tener, porque tuyo será el reino de la oscuridad y sola tuya la esperanza de volver a tientas sobre el calor.

Sin embargo, harás tu propia casa de la oscuridad y armarás uno a uno los cuerpos que un día tocaste y tendrás otra vez el destello de sentir en tu alma la respiración de alguien a tu lado.

Ya no suplicarás porque serás tan grande como tú quieras. Tendrás que inventar el día y la noche y no importará estar solo, porque tropezarás contigo mismo mientras cuentas las horas de más que estás viviendo.


Canción de cuna

Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho. Lunas nuevas diseñarán la medida de la  ropa, el no me contará historias y tendré llenos mis              bolsillos de dudas. Aprenderé con mis juguetes qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

Mi padre me enseña a cernir la arena, a mostrarme el principio de una casa y el camino donde los sueños se sientan a beber          agua.

En la tarde, mi padre abre troncos de madera con un hacha y recuerda las tantas veces en que fue llevado hasta el río, –tu madre me salvó– dice, mientras su mano fría cae sobre mi cuerpo.


Encuentros

El teléfono timbra, pienso que es Dios y siento miedo. Una sombra azul cierra la puerta y evita la salida. Otra vez, el bramar de la muerte. Observo la grieta interior: es mi padre que se revuelca en mis entrañas y me hace pedirle perdón. Una sábana verde oscurece la esquina, donde los suicidas retuercen sus sogas de luto. Un hombre pasa y me mira en desconcierto, cree que son vacas y no ánimas las que tengo de rodillas. En un escupitajo vuelco sus palabras, mientras aprieto su cuello hasta sacarle la lengua. Vuelvo a la afonía de las respuestas. Una porción del cuerpo que me palpo es subastada en el purgatorio de causas inconclusas.


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