Cada vez: un obituario

No conocí a Manu. Anteayer fue atropellado por un camión mientras iba en bicicleta a su trabajo. Era amigo de conocidos míos. Primero leí sus publicaciones y decidí no responderlas: no ser parte de un flujo, quizá insoportable, de mensajes de condolencias de personas lejanas. Pero vuelvo a toparme con sus mensajes y necesito decir que su dolor llega hasta aquí. Que yo no conocí a Manu pero su muerte también me duele, y le duele a los míos.

Infería, por su amistad con mis conocidos, que Manu estaba involucrado en movidas políticas. Hasta que vi los periódicos no sabía que a sus 28 años era director de Movilidad en el municipio de Puebla. También participaba en Cholula en Bici. Su bici era blanca, como blancas son las bicis que se cuelgan como memorial cuando nos arrebatan a otro ciclista. Otro…

Estos días, además, supe que fue asesinado un muchacho de 21 años. Lo mataron para robarle el dinero que acababa de sacar de un cajero. ¿Cuánto podría haber sido? ¿Cuánto puede valer una vida o una muerte para aquel que la arrebata? ¿Qué objeto blanco colgar y en dónde cada vez que nos arrebatan una? Cada vez, única, el fin del mundo, dijo alguien alguna vez.

Pero leo los comentarios en las notas sobre Manu y veo que para muchos cada vez es solo una vez más, apenas otra del montón. Que incluso justifican los asesinatos o llegan a promoverlos, como a los atropellos, de cualquier tipo. Quizá no se han subido a una bici ni han sentido lo vulnerable que puede ser el cuerpo: su cuerpo. Pero entonces tampoco han sentido las dosis de libertad en ese viento que nos acaricia el rostro, ni las ganas de silbar o de seguir pedaleando, de seguir viviendo. Cada vez, única…

Sigo leyendo en las redes sociales, como buscando algo. No sé qué. Me encuentro con un obituario. Rocco Novelo. Apenas una vez nos cruzamos. Leo su historia y busco en su muro: me encuentro que esta vez, al menos, no fue la violencia la que causó su muerte, sino la desgracia de una enfermedad respiratoria. Vuelvo al obituario, que está en un grupo, y debajo de él hay otro, y otro… Cada vez, única. Ahí no encuentro ya ninguna justificación de nada, salvo de los cariños. Las pequeñas historias que sostienen la necesidad de contar sus historias. De tomar una vez más las palabras que ellos usaban para contarse a sí mismos, para contarse a los otros.

Los obituarios LGBTTTI como el de Rocco, pero también los pañuelos de los bordados por la paz, las fuentes rojas, me hacen pensar la urgencia de nuestro obituario colectivo. Uno también para Manu, para el muchacho de 21 años…un memorial donde todas las vidas y todas las muertes cuenten y se cuenten. Que sus propias historias sean los objetos blancos que portemos. Escribir un archivo –un arkhé: un comienzo– donde consten sus muertes para que consten sus vidas, pero también para que consten las nuestras. Para responder, al desprecio hacia ellas, que aquí no tiene lugar. Así quizá empecemos a construir otra manera, una que no sea ese desprecio ni la indiferencia por aquel cada vez.


Vídeo Recomendado

Previo

<i>La caza de la ballena azul</i>, una novela sobre el suicidio juvenil

Siguiente

Fisura donde hundo el silencio: <i>Tsína rí nàyaxà’ (Cicatriz que te mira)</i> de Hubert Matiúwàa

Sin comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *