Volver al pasado: Un acercamiento a la reconstrucción de los dinosaurios

En un estudio, publicado en la revista Paleontology y financiada por el Natural Environment Research Council de Reino Unido, un grupo de científicos británicos ha realizado una serie de experimentos con cadáveres de animales actuales para tratar de entender cuánto falta de un fósil y qué ha cambiado por la descomposición y la mineralización.

Para estos paleontólogos, la imagen que se crea de los animales y sus ecosistemas es más precisa, más completa y, sobre todo, menos parcial. “Algunas de las características que están presentes no se parecen en nada a las que tenían cuando el animal estaba vivo y muchos rasgos faltan por completo. El truco es reconocer las características parcialmente descompuestas, donde las partes del cuerpo se pudrieron por completo”, recalca Mark Purnell, autor principal e investigador en la Universidad de Leicester (Reino Unido).

Según estos científicos, la descomposición de animales muertos, desde el pez payaso y lampreas (criaturas primitivas similares a anguilas) hasta insectos y varios gusanos, muestra que los experimentos “cuidadosamente diseñados” proporcionan información única sobre los procesos de descomposición y fosilización.

Sin embargo, ¿hasta qué punto influyen los tejidos blandos para conocer la historia de la biodiversidad y la evolución? “Sin los tejidos esqueléticos no conoceríamos ni a los dinosaurios, ni a los trilobites, ni a los ammonites, ni el origen de la vida hace 3.500 millones de años, ni a la mayoría de nuestros antepasados porque la mayoría del registro fósil consiste en eso solo: esqueletos, conchas, huesos, caparazones, pistas, huellas e icnitas”, explica Gloria Cuenca Bescós, de la Universidad de Zaragoza.

<p>Reconstrucción artística de un zombi de <em>Tyrannosaurus rex</em>. Las partes que faltan son el resultado de la degradación de su cuerpo después de la muerte del animal. / Herschel Hoffmeyer</p>
“Tan pronto como un organismo muere, comienza a descomponerse y este proceso de descomposición inevitablemente implica cambios en la apariencia de las características o partes del cuerpo: pueden colapsar, alterar su forma o posición; muy pronto se licúan y son devorados por bacterias hasta que no queda nada”, explica la profesora Sarah Gabbott de la Escuela de Geografía, Geología y Medio Ambiente de la Universidad de Leicester (Reino Unido) | Ilustración de Herschel Hoffmeyer

La ciencia de restos y rastros

Ya a finales del siglo XIX nació la tafonomía, la ciencia que se ocupa de las “leyes de enterramiento” y que permitiría a los paleontólogos entender cómo dejaron su rastro los animales y así analizar la acumulación, modificación y preservación de los restos fósiles.

“La falta de conocimientos anatómicos hace que se reconstruyan animales muy alejados de la realidad”, explica la investigadora. Según ella, son necesarios nuevos métodos y tecnologías de excavación paleontológica para corregir los errores.

Por eso, antes de aventurarse a reconstruir nada, la primera pregunta que deben hacerse los científicos es: ¿cómo era el ser vivo cuyo fósil estudian? “Incluso así se cometen errores –recalca Cuenca-Bescós–, seguramente muchos más de los que nos gustaría admitir a los paleontólogos”.

Además, no todo lo que aparecía en los yacimientos eran restos óseos, también aparecían icnitas (huellas de dinosaurios), madrigueras fosilizadas, cáscaras de huevos, conchas de moluscos o de microorganismos unicelulares, polen, semillas, insectos y plantas en ámbar, entre muchos otros.

Ante la ausencia de partes blandas, los paleontólogos en general aplican técnicas y metodologías de anatomía comparada y tafonomía aplicada en el mismo momento de las excavaciones.

“Cuando conocemos cuáles son las zonas de inserción muscular podemos saber cómo era el músculo, qué fuerza debía de ejercer y qué palancas movía. Así no es difícil reconstruir un animal, aunque ya se haya extinguido”, señala.

Yacimiento
Excavación en el yacimiento de Las Zabacheras en Galve (Teruel), donde se encontró el Aragosaurus ischiaticus. / Aragosaurus

El presente también les ayuda a reconstruir el pasado: la biología de las especies actuales son su modelo. ¿Cómo sabríamos sino a qué velocidad crecían los dinosaurios? La respuesta es gracias a observaciones con pollos y cocodrilos, sus parientes actuales más cercanos. 

A estas técnicas se unen los análisis de ADN antiguo, de biomoméculas en sedimentos y en huesos. Solo así se ha logrado saber por ejemplo que los neandertales podrían tener el pelo rojo, conocer el color de las plumas de los dinosaurios o el tipo de bacterias que poblaron la tierra primigenia hace tres mil millones de años.

Los carnívoros y el desorden de los huesos

Pero la reconstrucción de un fósil no se completa hasta entender cómo y dónde vivieron los animales. Y en este sentido, uno de los aspectos que más han preocupado a los paleontólogos, dentro de la tafonomía, son las acumulaciones de los fósiles. “Explicar la vida en el pasado requiere también saber cómo dejaron sus huellas los organismos que antaño formaban la biosfera”, asevera la científica de la Universidad de Zaragoza.

Cuando en los yacimientos aparecen grandes cantidades de restos de mamíferos amontonados solo existe una explicación: la acción de los homínidos o de los carnívoros. Y así lo ratifican varios estudios. Solo teniendo en cuenta todos estos aspectos los científicos consiguen al final reconstruir no solo al animal o la planta, sino también todo su entorno, el ecosistema en el que habitó, cómo se reproducía y hasta cómo caminaba.

Con información de Agencia SINC. | Selección y edición del Colectivo Alterius


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