Gustavo Gordillo: “siempre he estado en contra de los monopolios, incluyendo el monopolio de la verdad”

Audaz, lúcido y autocrítico. Así encontramos a Gustavo Gordillo -una de las figuras centrales del movimiento estudiantil de 1968- quien en esta entrevista rechaza los lugares comunes y se lanza a discutir, sin concesiones, el papel que ha desempeñado en los últimos cincuenta años del país, haciendo un apasionante recorrido, en paralelo, de la historia de la izquierda mexicana.


Quiero comenzar con una pregunta insólita: ¿Cuáles son tus preguntas? Me refiero a las permanentes, las que siempre vuelven…

Siempre me he cuestionado: ¿Cuál es mi espacio? ¿Qué voy a aportar al país? Debo decir que he dado diferentes respuestas. Por ejemplo, cuando era estudiante, resolví que había que combatir al autoritarismo. Después, en París, tras el 68, formulé otra respuesta, que estaba impregnada por el resentimiento contra quienes habían desarticulado el movimiento estudiantil en la masacre de Tlatelolco.

Más adelante, volví a las mismas preguntas, cuando estaba en el movimiento campesino. Ahí la respuesta fue que los cambios tenían que ver con mejorar la situación de los sectores rurales. Luego, cuando me integré al gobierno de Salinas, me las volví a plantear. Respondí, influido por las organizaciones a las que estaba vinculado, que podía, desde el gobierno, mejorar las condiciones de la gente. Hoy creo que en ese caso hice las preguntas equivocadas. Lo que debí de haber inquirido era: “¿Dónde puedo ayudar mejor a lo que quiero que pase en el campo?”. Si hubiera pensado eso, la respuesta hubiera sido que desde las organizaciones. Y es que se olvida que la burocracia no es un monolito, y siempre habrá gente con la sensibilidad y la capacidad para entender lo que sectores campesinos o marginados necesitan. En cambio, gente que estuviera dispuesta a hacerlo en los movimientos sociales, no había mucha…

Después, cuando decidí participar con Patricia Mercado en la campaña de 2006, mi respuesta fue que era necesario contribuir a construir una izquierda fundada en valores. Y es que las distintas narrativas de la derecha habían exhibido a la izquierda como un grupo intolerante, anárquico, que quería el poder por el poder mismo; casi por exclusión, los únicos que tenían valores eran ellos. Me pareció importante dar un giro a esa tradición en donde la izquierda se reduce al problema de la desigualdad: busqué impulsar una opción que asumiera valores como la justicia, la libertad, la tolerancia, el laicismo, la competencia -en el mejor de los sentidos-, y sobre todo, que estuviera dispuesta a combatir los monopolios. Siempre he estado en contra de ellos, incluido el monopolio de la verdad: creo firmemente que es necesario mantener un espacio público en el que se pueda discutir. Eso es lo que me movió y me sigue moviendo.

En esa trayectoria: ¿Qué te falta por hacer?

Me falta mucho, porque todo es parte de un proceso inacabado. Me estoy nutriendo permanentemente: soy la clase de persona que nunca se jubila. No me falta “hacer algo más” porque nunca he aspirado a pasar a la historia. Me he dado cuenta de que muchas personas que lo logran lo hacen de manera inadvertida. Se trata de personajes que parecían derrotados, pero que terminaron dejando una marca: estoy pensando en Churchill, o en Cárdenas, en el caso mexicano…¿Qué habrá pensado cuando impulsó a un candidato mucho más moderado que quien él tenía como favorito? Probablemente creyó que todo lo que había hecho desaparecería. Sin embargo, trascendió. Ocurre igual con muchos escritores. Piensa en Cervantes. En cualquier caso, creo que es bastante arrogante -sabiendo que tienes una vida limitada- que estés pensando que vas a marcar la historia. Eso no lo sabes.

¿Hay algún principio o eje de acción que haya atravesado la diversidad de tus apuestas de vida?

Para responder a esa pregunta me gustaría aclarar que tengo dos almas: una es la del analista político y experto en asuntos rurales, que es bastante moderada y que tiende a buscar el equilibrio; pero también, por otra parte, me habita una faceta más anárquica, que es la que descubrí en el 68 y que después vi expresada en diversos momentos de mi vida, sobre todo ahora con mi novela.

Los grandes pensadores son grandes conversadores.
Sin embargo, el principio que lo atraviesa todo es la tolerancia, que es una forma de desatar conversaciones. Ese es el punto clave. Por eso me gusta vincularme con grandes conversadores: uno de ellos fue Carlos Pereyra, que sería una expresión acabada de la izquierda que todavía perseguimos. Él me consideraba como su igual, aun cuando para entonces era un intelectual consolidado. Otro sería Adolfo Sánchez Rebolledo: un periodista en el estricto sentido, con un pensamiento complejo y muy articulado, poseedor de una modestia impresionante; pienso también en Rolando Cordera, que ha sido mi amigo por muchos años, y que además de ser un buen conversador, es un importante polemista público.

Creo en la conversación porque ayuda a que definas mejor tu posición; te permite precisar tus diferencias y da pie a que construyas bien tus argumentos. Por eso creo que los grandes pensadores son grandes conversadores.

Estamos a medio siglo del 68 y muchas cosas han cambiado: ¿Cuáles eran los monstruos entonces y cuáles son los monstruos ahora?

Antes eran más evidentes: era el gobierno y Díaz Ordaz. Y es que éste último era la condensación de todo el régimen autoritario, y además, una persona físicamente repulsiva. Por eso las caricaturas y los monigotes que se hicieron contra él pudieron afectarle tanto. Los monstruos ahora son más complejos. El monstruo que tenemos enfrente es la inseguridad, los muertos, la violencia…pero sobre todo, la inhumanidad que se ha desarrollado a nuestro alrededor. Y el tema es qué hemos hecho y dejado de hace al respecto: no me refiero a los activistas, sino a el conjunto de la población. Estamos arrinconados, orientados a la vida personal. Eso hay que decirlo.

En este aniversario se han realizado muchos eventos: foros, proyecciones, mesas de debate y entrevistas…¿Hay algo que creas que no se está discutiendo?

Creo que se ha hecho bastante bien. Sólo me gustaría que no se concentre la atención en el 2 de octubre: el nuestro fue un movimiento de luces y sombras. La luz fue lo que pasó del 1 de agosto – con la marcha del Rector- al 13 de septiembre, en la marcha silenciosa. Luego está la parte oscura, que fue la represión contra el movimiento, que culmina el 2 de octubre. Pero hay que ver todo el proceso.

Hace falta, además, una revisión realmente crítica del movimiento, que ponga la atención en las acciones de quienes participamos. Y es que es tan abrumadora la responsabilidad del gobierno en la represión, que no se analizan los errores del movimiento. Es cierto que González de Alba y Guevara Niebla han realizado observaciones importantes a este respecto; pero lo que se necesita es una reflexión colectiva. No es lo mismo que se hagan entrevistas a cada uno de los líderes del CNH a que podamos discutir quienes participamos. Eso nunca se ha hecho.

Pienso que además es importante discutir en esos términos, para transmitir conocimiento desde nuestros errores. Pongo un ejemplo: la falla central de nuestro movimiento es en realidad un dilema al que se enfrenta todo proceso colectivo, a saber: ¿Cuándo das marcha atrás? ¿Cuándo asumo que si doy un paso adelante, pierdo todo? Es un asunto que necesita una reflexión pública, porque otros movimientos tendrán que determinar lo mismo: hasta dónde se puede llegar.

¿Qué puntos de encuentro percibes entre el 68 y los movimientos sociales actuales?

Yo sigo viendo un gran potencial en los jóvenes. No hago una ensoñación de la juventud; más bien, pienso en el estado de ánimo en que se coloca una persona mayor de 16 y menor de 32 que participa políticamente: tiene más ideas, innovación y audacia. La frase de Dantón lo resume: “hace falta audacia, todavía más audacia, siempre audacia”. Ayer y hoy ser joven es un momento para jugar por fuera de las reglas.

Por otro lado, percibo diferencias importantes. Por ejemplo, ahora vivimos en un ambiente trágico; no era así en el 68: las clases medias, que terminaron rebelándose, eran hijas del desarrollo estabilizador. Hoy no tienes eso. En su lugar hay una gran cantidad de personas en la pobreza, con amplios sectores instalados en la insatisfacción y la fragmentación. Hay ganas de cambio de los jóvenes, pero chocan con un entorno inhibidor. Por eso los pequeños grupos que se están organizando -que un día serán mayoría- me parecen muy meritorios. Están rompiendo con el miedo.

¿En qué consiste ese miedo?

Se trata de algo ha recorrido el país desde siempre; es un terror que tienes que considerar, porque de otra manera no puedes entender muchas de las decisiones que se han tomado a lo largo de nuestra historia. Creo que hay antecedentes en la pérdida de la cultura y el universo simbólico de los aztecas, tras ser derrotados por los españoles, así como en la pérdida de la mitad del territorio que sufrieron los mexicanos con EUA. Ese gran miedo es la desintegración del país.

Considera que el argumento central del régimen autoritario para mantener la centralización y sus métodos antidemocráticos era que si sueltas las amarras, nos desintegramos. Y podrían tener razón. Se puede argumentar que, al diluirse el presidencialismo y debilitarse el Estado, se está desanudando el país por todas partes. Sin embargo, esta preocupación, que es válida, puede llevar a una solución autoritaria.

Yo defiendo que hay otra vía para garantizar la unidad, y que es una ruta que no ha sido probada. Se trata de la apuesta democratizadora. Consiste en fomentar la pluralidad -no la fragmentación, que es lo que padecemos- y articular desde abajo, desde el municipio. En cualquier caso, quienes defendemos esta posición vamos contra la corriente y contra las evidencias. Y eso hay que entenderlo.

Antes de que comenzáramos la entrevista te escuché una idea muy sugestiva. Dijiste: “México es una red de caminos interrumpidos…”. ¿El 68 sería uno de ellos?

Creo que lo es. Siempre uno pretende llevar su idea de cambio lo más lejos posible, pero cuando parece que va a lograrlo, aparece el autoritarismo. En ese sentido nos visualizo en medio de muchos procesos abiertos. Habrá movimientos, en otros tiempos, que recuperen y busquen completar, en sus propios términos, lo iniciado por quienes los precedieron…

Previo

'Memorial de Tlatelolco', poema de Rosario Castellanos

Siguiente

Secretaría de Inclusión Sustantiva y de Participación Ciudadana: novedades en gabinete de Jalisco

Sin comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *