Otra historia que nunca fue

Por Rubén Machaen

“Nada hay más arduo que reflejar la banalidad de la realidad”,

Pierre Bourdieu


Hace años, en Venezuela, los estudiantes de la facultad de periodismo fuimos invitados a un tour por las instalaciones del canal más prestigioso del país.

Conocimos el equipo reporteril del noticiero, el estudio mínimo -que en pantalla se veía inmenso-, la ubicación del famoso y enorme teleprónter –ese dispositivo odioso que le quita romanticismo y mérito a la memoria- y el estudio contiguo donde, en teoría, se grababa un programa de entrevistas, cuyo invitado especial era un famoso actor mexicano que después supimos era uno de los protagonistas de una telenovela que se llamaba Clase 406.

Éramos catorce estudiantes: once mujeres y tres varones. Ellas cuchicheaban, emocionadas y enamoradas como solo se ama a un imposible, mientras nosotros, los varones, secreteábamos posturas vernáculas en las que dejábamos muy en claro que no teníamos idea quién era el fulano actor ni la telenovela.

Actuábamos con la bohemia de los 19 años, casi poetas malditos, ajenos y desinteresados frente a cualquier ápice de banalidad, porque lo nuestro eran los libros, el periodismo y sus géneros, el deseo oculto y punzante de ser escritores, las ganas de acostarnos con cualquiera de nuestras compañeras y rabiosos de verlas así, derretidas frente al protagonista de una novela.

Catorce varones emasculados por el primer destello de farándula del que fuimos testigos en primera fila.

– Farándula mata noticia.- murmuró Felipe.

Jacobo, un estudiante bajito, muy rubio, de lentes, abiertamente homosexual y fanático de Truman Capote, se definía a sí mismo como escritor, y dijo que la farándula también era noticia. Recuerdo haber estado extrañamente de acuerdo con él, porque lo había visto leer a Kapuściński, Camus, Kerouac, Talese, Wolf… La manada clásica de escritores y periodistas que viene a sacudirle los sesos a cualquier entusiasta de las letras. Y si él decía que la farándula podía ser noticia, por algo era.

Nunca hice migas con él y sabía que no nos parecíamos en nada, pero lo respetaba. Era un tipo serio y aplicado y que, al parecer, le gustaba la farándula.

– ¿Dónde está el archivo del canal? – preguntó Ángel, mi mejor amigo de la universidad, quien además había resultado, de la nada, un prodigio en la fotografía.

El guía del canal señaló a la derecha y estaba por pronunciar su respuesta, cuando el suelo empezó a moverse de un lado para el otro. El complejísimo aparataje de audio e iluminación que colgaba del techo se jaloneaba, violentamente, de arriba para abajo; la entrevistadora y el actor mexicano se abrazaban, aterrados, buscando refugio que los protegiera de todo lo que podía caerse del techo; mientras el equipo de producción los socorría sin socorrerlos (razonamiento que se me hizo extrañísimo, pero entendí pocos minutos después); nuestras compañeras se habían abrazado, cada una, a un varón, entre los que por suerte, estaba yo, con Mariale en brazos.

Todos correteaban, las luces se prendían y apagaban como veloces y vertiginosos parpadeos en cuyos chispazos pude ver rostros riendo a carcajadas; siluetas haciéndose señas entre sí y la evidencia de que todo aquello había sido una payasada.

– ¡Esto es una broma de cámara escondida! Perdónanos- le dijo la entrevistadora al actor mexicano, aterrado, enseguida sorprendido y consecuentemente molesto.

Ella, muerta de risa y aupada por el equipo de producción que la escoltaba y aplaudía, se acercó al actor y le dio un abrazo. – ¡Bienvenido al país, esto es una broma!-

El actor sonreía con una mueca molesta, saludaba a la cámara a petición de los productores, quienes no dejaban de aplaudir y reírse entre ellos para apaciguar el desagrado y nosotros, los estudiantes y víctimas colaterales de la cámara escondida del canal, en la parte de atrás del estudio, parados como idiotas.

El guía dijo no estar enterado de que en ese estudio se iba a grabar una broma; que él también se había asustado mucho y que iba a armar un escándalo por no haber sido notificado de aquello.

El hombre estaba seriamente molesto y fue ahí cuando nos empezamos a reír para adentro. El asunto daba rabia, sí, pero también risa.

Sensación equivocada.

Mariale me soltó, caminó furibunda hacia el guía, se paró frente a él y con el índice alzado le gritó en voz alta lo que todos pensábamos:

– ¡Con eso no se juega!

Fuera del canal todos habíamos prendido nuestros cigarros. Mariale caminaba brusca y como erizada, mentando madres sobre la broma que nos habían hecho pasar.

– ¿O sea que para esto fue nuestro tour? ¿Asustarnos como pendejos?- soltaba Mariale entre caladas, encorvada de rabia y mirándonos a todos con sus ojos azulísimos y la boca abierta, estupefacta.

– Tienes razón, Mariale- contestó Jacobo asintiendo, con las manos juntas sobre la hebilla de su cinturón, evadiendo con gestos toscos el humo de los cigarros.

En clase habíamos hablado y escrito tanto sobre el incidente, que la coordinadora de la facultad nos había prohibido volver a entregar noticia, reportaje, crónica o reseña alguna porque, ultimadamente, no hubo sismo alguno. “Más bien ocúpense de reportear sobre temas de verdad”.

Para la coordinadora, nuestra experiencia había sido una bromilla insignificante. Nos dijo que nos quedáramos tranquilos porque en Caracas casi nunca temblaba.

Habló de México, el país de América Latina que, según ella, más se le antojaba a la naturaleza Chamaquear. Sin cronología alguna nos contó del sismo del Ángel en 1957; cómo en 2012 el país azteca tuvo el sismo con más réplicas en la historia; el de Acambay en 1912; el Mayor Cucupah del 4 de abril de 2010; el 15 y 30 de septiembre de 1999 y una larga hilera de nombres, ciudades y tragedias que la maestra Magaly no se cansó de narrar y que, en resumidas cuentas “esa gente de verdad la había pasado mal. Ustedes no”.  

– El periodismo se hace en la calle. No conspirando en salones dándole mil vueltas a una historia.- soltó.

Pero siguió hablando.

En 1985, en México hubo un sismo de 8.1 grados, del que los medios se habían inventado el rescate de un niño que nunca existió, poniendo al país en vilo hasta la hora del desengaño.

– Entonces, Mariale, deja el drama, que no es para tanto.

– Igual, profe. ¡Con eso no se juega!- replicó.

Pasa que la historia es curiosa e inadvertida, y el recuerdo de esos años universitarios me atajó en Ciudad de México, cuando se conmemoraba el 32° aniversario del Terremoto de 1985, ese del que hace tantos años nos habló la maestra Magaly.

Para semejante efeméride, diversos medios de comunicación difundieron, desde principios de septiembre, la organización de un “mega simulacro” en varios estados de la República para instruir y preparar a la ciudadanía ante un sismo.

En el simulacro, recordarían las horas aciagas del 85 y rendirían homenaje a los veteranos héroes anónimos de Protección Civil, quienes hace exactamente 32 años, vivieron muchas muertes mientras salvaban otras vidas en una ciudad que, para aquellas fechas, no contaba con instancia gubernamental alguna dedicada a la prevención, auxilio y asistencia para fenómenos naturales de esa categoría.

Volteé de lado a lado, plantado en el simulacro en la entrada del Colegio de Ingenieros Civiles, en la delegación Tlalpan, y entendí que sin importar clase social o tendencia política, los mexicanos estaban de acuerdo en que con la naturaleza no se juega.

Nadie está preparado para un temblor y menos durante el simulacro de uno. La tierra comenzó a moverse y todos los trabajadores del Colegio de Ingenieros Civiles estaban en la calle.

Los adoquines de Camino a Santa Teresa crujían, resquebrajados; los vidrios de la fachada del Colegio se desprendieron hasta dar contra el suelo y hacerse añicos; unos gritaban, otros rezaban; decían que aquello tenía que ser mentira; un chiste cruel; una broma pesada.

Pero no.

La Historia quiso repetirse el mismo día y en el mismo país.

En el sur de la Ciudad de México, sorteé en moto las calles atascadas, los pilotos nerviosos; los desaforados cláxones de fondo; los peatones inquietos y pavorosos. Mi miedo iba en el mismo zigzag de la moto, sintiendo que en cualquier curva podía moverse el piso.

Poco después de las 15:00 horas me uní, con dos amigos más, al voluntariado de civiles que se congregaba en las zonas afectadas más cercanas. El punto de encuentro fue la escuela Enrique Rébsamen, a la que llegamos a pie, después de haber estacionado las motos a varios kilómetros.

En nuestras mochilas llevábamos agua, sal y azúcar, para hacer suero casero; alcohol, curitas, gasas, cinta aislante, tijeras, linternas y baterías.

Todo insuficiente, pero necesario.

Carritos de supermercado con botellones de agua iban y venían; pasábamos las botellas de mano en mano; lo mismo las cajas de medicinas; las linternas de todas las formas habidas y por haber…

Una larga fila de hombres y mujeres hecha nación, empatía automática. Sobrevivientes todos, quienes juntos se sentían fuertes y sobrepuestos a la nueva paliza Naturaleza.

– ¡Familiares de Fátima Navarro! — gritó por un megáfono otro de los voluntarios— ¡Está mandando mensajes por WhatsApp, pero no dice dónde está!- volvió, haciendo énfasis en cada palabra. – ¡Por favor, pregúntenle qué ve a los lados; qué tiene cerca! – voceaba ante el público que experimentaba una de las facetas más paradójicas de la derrota: estar dispuesto a todo, teniendo todo por perder.

Nos miramos de reojo sin pronunciar palabra. La cadena humana se expandía para darle paso a otra ambulancia y los picos y palas seguían pasando arriba de nuestras cabezas.

– ¡Familiares de Daniel Martínez! voceó el mismo tipo del megáfono, ahora desde el techo de un jeep, agitando una hoja con el nombre escrito en tinta roja. Frente a él, una cuerda de la que colgaban otras hojas, con otros nombres, de otros niños atrapados en los escombros del Enrique Rébsamen.

“Cuando cae la noche, todo se hace más difícil”, nos dijo, ya sin megáfono ni euforia, “solo resignación y angustia”.

Para las 20:00 horas, nuestras mochilas estaban vacías y el único peso en la espalda era el de la impotencia ante las ganas de hacer más y no poder.

Las autoridades nos pedían hacer silencio. Mucho silencio. Un silencio casi sepulcral. Prácticamente hacernos los muertos, para escuchar la más mínima señal de vida en los escombros.

Por radio se habla de relevos y jornadas de vigilancia a partir de las 05:00. La calle Rancho Tamboreo sigue sin luz y así, gran parte de la Ciudad de México.

Llegado el relevo oímos por radio que según las autoridades mexicanas, el epicentro del terremoto había sido al sureste de Morelos y según las gringas, Puebla.

– Pero todo lo que sale en redes sociales habla solo sobre Ciudad de México; como si en el resto del país no hubiese pasado nada…- dijo Joaquín, serpenteando, como nosotros, sus pasos entre la gente.

Mucho hubo que escarbar en redes sociales para confirmar que el epicentro del sismo fue la ciudad de Puebla, a 12 kilómetros al sureste de Morelos. Pero medios y redes seguían tercos sobre Frida, el raiting y alguna conclusión.

En el ínterin, en redes se viralizó el video de un estudiante de la Escuela Secundaria Técnica 113, en Iztapalapa, en el que narra, espontáneo, ingenioso y soez, las primeras embestidas del sismo:

– “¡A la verga!

– ¡Su puta madre!

– ¡Mira los pinches árboles, no mames!

– ¡No mames!

(…)

– Está temblando bien culero.

– Es la una quince. No mames.

– Está temblando bien culero

(…)

– ¡No mames!

– ¡Lo tengo todo grabado!

(…)

– Lo voy a subir a YouTube, güey. No mames.

– Me lo pasas, güey. Yo también lo quiero ver.

(…)

Nos desplazamos entre calles en las que pasaban coches, motos en contravía con cuatro y hasta cinco pasajeros; gente sobre los capós y metidos en cajuelas; patrullas y ambulancias de un lado para el otro y las sirenas azules y rojas teñían todo color emergencia.

La noche ya se lo había tragado todo hasta la mañana siguiente.

Era miércoles por la mañana y estábamos en casa de Carlos y por fin pudimos acceder a todas las redes sociales. Twitter reventaba en memes; reportes confirmados y desmentidos, imágenes y videos de destrozos y el rumor de una niña atrapada en la escuela Enrique Rébsamen.

– ¿Dónde leíste eso?- pregunté.

– Twitter. ¿Dónde si no?- contestó Joaquín, sonriendo como si hubiese preguntado una obviedad.

– ¿Y será verdad? — volví. – ¿Está confirmado?

– Y yo qué voy a saber.- replicó Joaquín.

– ¿Te acuerdas de Monchito? El del 85. – interrumpió Carlos.

– Sí. Pero yo estaba bien chiquito cuando eso.- contestó Joaquín.

Con los ojos clavados en la pantalla, ambos hablaban sin importarles si yo entendía o no lo que estaban diciendo.

Y sí que lo entendía.

La querida maestra Magaly, cómo no, también nos había contado de la cobertura del rescate de un niño que nunca existió.

Era 20 de septiembre y el rescate de Frida o Frida Sofía, era el tema más álgido después del temblor. A lo largo del día surgieron contradicciones y versiones disimiles en torno a la niña. Su edad no estaba confirmada; decían que había hecho contacto, pero sin declaraciones oficiales o difusión de alguna fotografía.

– ¿Le dieron agua por una manguera?; ¿“asoma su manita”? ¡Mamadas!- soltó Carlos, hosco. – Además, ¿dónde están los papás?, ¿por qué no hay una foto de la niña?- siguió, como si Joaquín y yo fuésemos cómplices de la parafernalia alrededor de Frida Sofía.

Ellos siguieron hablando del falso Monchito que ocupó las primeras planas en el 85, mientras seguíamos la cobertura del rescate. Pasaban las horas y las actualizaciones se hacían más y más confusas.

Por la noche, la Secretaría de Marina dijo, oficialmente, que no existía ninguna Frida Sofía.

El déjà vu comunicacional de Frida Sofía terminó el 21 de septiembre, cuando el subsecretario de Marina volvió, otra vez, a decir que la niña nunca había existido.

Una historia que le habría encantado a la maestra Magaly.

Carlos, desparramado en un sillón de cuero café, se levantó de un tirón, puso ambas manos en su cintura y, erguido, miró la pantalla del televisor:

– ¿Qué les dije?- espetó, cruzándose ambas manos contra la nuca.

Hasta ese momento, la narración más fiel del sismo había sido la del niño de Iztapalapa, que aquella mañana ya tenía nombre: Kevin Saíd Resinos Miranda, quien a pesar del vasto glosario de vulgaridades, documentó el momento exacto, lugar y hora en que inició el sismo.

Los tres vimos las declaraciones televisadas sobre la inexistencia de Frida; la seguidilla de memes y las declaraciones ofendidos e indignados ante el fin de una historia que nunca fue.

Pensé en contarles sobre el falso terremoto del programa de cámara escondida; decirle a Carlos que su enojo se parecía al de Mariale y citar a Bordieu cuando dijo que la verdad solo cobra significado después de la controversia.

Pero no dije nada.

Cada uno tomó su moto y volvió a casa.

Hay cosas con las que, de plano, no se juega.

SOBRE EL AUTOR

Rubén Machaen (Venezuela, 1987). Es periodista y docente. Cursó estudios de maestría en Lenguas Extranjeras y Literaturas Comparadas en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Trabajó en diversos periódicos en Venezuela y fue coordinador editorial de la revista Exceso. Ha colaborado en medios internacionales como El Espectador (Colombia), NewsWeek (Venezuela), ViceVersa (Estados Unidos) y Sin Embargo (México). Fue docente de la cátedra de Géneros Periodísticos en la Universidad Monteávila en Venezuela, y de Innovación y Estructura Periodística en la Universidad Anáhuac- Cancún. Actualmente reside en la Ciudad de México.

Instagram: @rmachaen

Twitter: @remachaen

 

 

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