Se puede todavía

Por Carlos Atzin  

N.:

¿Recuerdas la vez que tiramos juntos un muro? Era un sábado. La alarma nos despertó. Pensé, por un momento, que estábamos en guerra y me volví a tapar. “Vamos, amor. Tenemos que salirnos”, dijiste, y empujándome a la orilla de la cama, corrimos al arco de la puerta. Los cerros navegaban en la niebla, el sol se escondía como un fruto. La noche anterior habíamos preparado unas provisiones de apoyo para llevarlas a Chimalpa. Un poblado antes de la muralla verde de La Marquesa. Un lugar donde se habían caído casas, donde la campana de la iglesia estaba tan rota como los reinos de lo subterráneo. La tierra se hirió desde adentro con surcos que el terremoto descubría. Cuando vimos los escombros me daba la impresión de que podías imaginarlos aglomerarse de nuevo en pared, en una muralla que pudiera contra el ariete interno del planeta. Justo porque te importa ayudar a la gente, tenía un poco de pena en aportar por mi complexión. No sé mucho de fuerza. Me da miedo un balonazo en la cara. Alguien como yo no carga muchos pesos, se encorva ante una lluvia en martes, una desafinada o la tumba de su abuelo.

Para poder reconstruir hay que  tirarlo todo.

La verdad es que amanecer con una réplica me aterró. El camino a Chimalpa es ondulado y está lleno de montes. Cuando subimos la calle más empinada del pueblo, pudimos ver varias casas en ruinas. A nosotros nos tocó terminar de tirar los muros de una casa y regresarlos a ser tierra. Para poder reconstruir hay que  tirarlo todo. Quise decirte esa vez que tal situación me parecía curiosa: ayudar tirando paredes, extendiendo el trabajo del sismo, repitiéndolo con nuestras dos manos. Tu risa podía distraerme cuando los ladrillos caían al suelo y se rompían como huesos en la oscuridad. ¿Sabes? Los muros que tiramos tuvieron sábados mejores. La familia que los habitó por generaciones miraba cómo en unos minutos, tú y yo tumbamos el rastro de su propio hogar. Después de acabar con ellos, quebramos el piso. Buscábamos a picotazos otro suelo. El pico que me dieron me recordó al hacha de guerra que usa Darius. Esa tarde me acompañaste a jugar League of Legends: “¿Por qué usas a Darius?”. Respondo ahora a casi un año de ese sábado y un mes de la separación.

Dentro del universo del juego, Darius es “la mano de Noxus”. Con temperamento de Aquiles y el deseo de Julio César, Darius dirige sus tropas rumbo a la expansión total. Un hombre musculoso, ajeno a la inocencia. Armado con un hacha, decapita a todos sus rivales. Guillotina esqueletos, arrasa aldeas, ordena construir murallas que rozan las nubes en los territorios conquistados como símbolo de su fidelidad ante el imperio. Tiene como mascota un lobo púrpura. Partir en dos el trono de sus enemigos es su trabajo. Dicen que Noxus es bellísimo a partir de su obsesión por la sangre y la batalla: casas, cuarteles y mercados hechos de mármol y hueso; castillos del tamaño de montañas con galerías donde no hay libros, sino armas. En el centro hay un obelisco que se pierde en el cielo y todo está protegido por círculos y círculos de murallas.

Ese sábado, después de derribar paredes, buscamos en Chimalpa un suelo nuevo. Nuestras armas eran dos picos. En lugar de armaduras de plata teníamos unos chalecos fosforescentes. Tardamos horas en poder acabar. La fatiga después de la guerra. “Debí de haber cocinado las lentejas mejor. ¿Apoco crees que puedo ser fuerte? No creo, amor. El pico es para los que saben destruir imperios sin quejarse. Mis manos se criaron en la cocina por mucho tiempo. Lavo con suavidad el pollo o las calabazas. Casi nunca uso un pico o un hacha. Una vez, en navidad, mi papá me enseñó a cortar leña. Me costaba mucho trabajo, no lograba estallar la madera de un solo golpe como Darius los cráneos enemigos. No soy muy noxiano que digamos. No he tenido muchos sábados de glorias ni de hazañas, ni en el juego ni en la vida. Nunca he escuchado el aullido de un lobo. Mi mascota es Baruc, un schnauzer negro que caza osos de peluche. Todos los días espera a alguien en la ventana principal. ¿Nos esperábamos tú y yo desde hace mucho? Y eso: creo que en algún momento desee ser temido o, al menos, no tan miedoso. ¿Verdad? A mí también me parece raro que se les nombre campeones a los 141 personajes que uno utiliza en el juego aunque se pierda la batalla”.

¿Tiramos un imperio cuando derribamos el muro en Chimalpa? Julio César y Darius bien podrían ser el mismo, aunque el cielo de uno sea de pixeles. Un cielo que tiene como fondo una pantalla: mis ojos. Los que te gustaba ver cuando ganaba una partida o a través del espejito en la regadera. En Alesia (situada en una colina como Chimalpa, fortificada como Noxus), el antiguo dictador romano asedió a los galos bárbaros construyendo torres alrededor y levantando muros. Una circunvalación hacia el vacío. Incrementó el hambre del enemigo con murallas alrededor y así los derrotó, un poco a la inversa de un terremoto. La zona entre la muralla enemiga y la propia es donde tiembla la muerte, pero también el amor. En esa zona nosotros tiramos el muro. En esa zona nos besamos encima del desastre. En esa zona podemos reconstruir el hogar que no fue nuestro. En esa zona, pudimos reinventarnos. Ahí tuvimos un reino protegido por dos cuerpos y dos manos que tiraron un muro ajeno y no pudieron reconstruir uno propio.

Durante una partida en la que mi equipo iba muy mal, todo quisimos rendirnos. Un Darius nos estaba masacrando. Se abría camino al tirar nuestras torres con una fuerza abrumadora. Nuestro nexo estaba inerme y podía ser agrietado por el hacha. Alguien escribió: “se puede todavía”. Aunque sé que lo nuestro no acepta tal motivación, esa vez ganamos el juego. A partir de ese sábado mi mantra es: “se puede todavía”.


P.D.

En la despedida de solteros de Andrea y Alejandro mandaron a hacer vasos de plástico con nuestros nombres. Me traje el tuyo. Ya nunca beberás de él aunque esté diseñado para ti. En el vaso tu nombre es irrompible. En mí, es un terreno infranqueable.

19/09/2018


Carlos Atzin (Toluca, 1991). Escribe crónica y poesía. Ha colaborado en Tierra Adentro, Este País, Pliego 16 y La Hoja de Arena. Fue becario en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).


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