Noticias extrañas de nuestra estrella

Hermann Hesse pasó una gran parte de su vida convencido de que la guerra había destruido su existencia y la de miles de personas a su alrededor, nos narró la historia de un Emil que sirvió de escudo a su propia existencia mientras veía su mundo caer y otro surgir de un huevo invisible. Recuerdo un cuento, perdido como título de un libro barato y perdido en las librerías de las primeras experiencias universitarias, antes de la propia caída y del ocaso de la esperanza por un mundo mejor. Son noticias, son extrañas porque vienen de una lejana estrella. Un terremoto asoló un mundo lejano lleno de ilusión, donde la mayor preocupación es que no hay flores suficientes para enterrar a los muertos, para adornar las criptas de la cruda realidad del olvido, para llenar de olor el deseo de la resignación. Un mensajero se lanza por los cielos, desesperado porque carga con el peso de la comunidad que le exige respuestas y soluciones, no puede haber reparo en lo inminente que no sea calmado por el aroma de la primavera, la tierra reclama lo que es suyo, para resurgir de nuevo, radiante, llena de vida, plena. Somos el polvo de la misma estrella que nos ilumina y nos irradia hasta la muerte.

El mensajero cae en un delirio, un espejismo de un mundo ajeno a sí mismo, donde un rey, en su infinita sabiduría le reclama por la locuaz órbita de su mirada, nada le hace comprender la desesperación de un reino en que la gente muere y busca, desesperadamente, la resignación en las flores, no hay ofrenda para la fatalidad, no hay colores para la retina apagada, no hay esencia más que el asco de saberse invadido en el alba, violentado en el hogar, donde las tazas y el caos reclaman el orden de un día interrumpido, pausado, estúpidamente congelado en la incertidumbre del dónde estarás, del dónde te han llevado, de dónde habré de llorarte. Te llorarán donde nunca te imaginaste, te extrañarán en voces lejanas, ajenas, amargadas por las lágrimas, fermentadas por tu recuerdo. Marcadas por las ojeras. Ausente en los demás.

Los muertos reclaman la tierra para poder descansar. Para poder dejarnos y perdurar en la memoria. Nada es propio, siempre somos de otro, de alguien, de todos. Ningún hombre es una isla por sí mismo, todos somos parte de un mismo continente nos recuerda un poeta místico que se debatió entre el amor de Dios y el destino del hombre; las campanas suenan por ti porque alguien las dobla como un reclamo al silencio, a la memoria que también habrá de desaparecer en el olvido, que es el destino de todas las cosas. La mano del hombre asesina, corta la vida, la aleja de tajo del mundo, la extirpa de toda prevalencia y la lanza a una fosa de indiferencia, es el camino de los desafortunados que no supieron honrar a la fortuna. El monstruo que creamos para darnos seguridad y derechos nos consume, nos traga, nos vomita, tibios, proyectados a la tierra, fracasado e indolente, nadie puede dominar un mal, que es necesario, del que todos somos responsables. La ley, la armonía y el derecho ceden ante la repugnante vileza que nos hace humanos. Somos las bestias que nos consumimos, un lobo para otro lobo. La muerte, esa inevitable carga que hemos provocado, nos perseguirá, alimentada del combustible de nuestra propia imbecilidad. *

La muerte nos sigue, ataja nuestros pasos, uno a uno nos acecha, nos alcanza sin conquistarnos a todos, se quedan en el camino los que ceden al destino, los que no saben sobreponerse a lo inevitable, los que se nos adelantan, pero se quedan atrás en nuestros recuerdos, nadie los reclama, nadie los quiere, nadie los busca para su propio dolor. Están destinados a vagar por el mundo, en un cajón helado, itinerantes como el deseo de justicia, hediondos y pútridos, como nosotros mismos, carentes de la vida, de la motivación, del nombre y el mañana, despojados del alma, del brillo en los ojos que nos dan las esperanzas de seguir buscando la vida por alguien. Quedamos encerrados, ocultos de los demás, de aquellos que nos buscan y se buscan a si mismos, de las respuestas que yacen en el otro porque en nosotros son renuncia, de la muerte ambulante, que busca la tierra, que reclama el descanso de las almas arrebatadas que sólo encontrarán la paz mientras les sigamos rezando. No hay salvación en el olvido, no hay perdón en la indiferencia. No hay justicia en el cinismo. El panteón pasa frente a todos, en las calles que devoran más muerte, en la puta cotidianidad de la tragedia, en la impotencia de la destrucción. Ciento cincuenta y siete veces la pena multiplicada al infinitivo, vagando por un mundo que ni siquiera es digno para recibir a quienes no estarán más con nosotros, acabados, incompletos, arrebatados.

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El cuento de Hesse reclama un final. No lo tengo. En la ficción, el mundo renace cuando todos pueden al fin sepultar a sus muertos, cuando la resignación se convierte en el canto que, de nuevo, hace arar la tierra y nutrirla con nuestra propia existencia, la sangre derramada es veneno, la carne redimida, su alimento. Flores. Al mundo le hacen falta flores para adornarlo, para hacerlo florecer de nuevo, para darle el aroma y la vida que nos ha sido arrebatada, no hay noticias extrañas, pues nuestra estrella ha sido siempre la misma, aquella que nos deslumbra y nos aterra, la que nos guía, la que nos hace brillar y soñar con un mundo nuevo, limpio, lavado de toda tristeza, donde nadie te llore porque nunca imaginó esta tragedia, donde nadie te extraña porque no hay voces lejanas ni ajenas, ni amargadas ni fermentadas por un recuerdo, porque todos son dulces como el recuerdo de tu memoria, porque nada marca tus ojeras, ni el dolor, ni el llanto ni las penas, sólo el brillo de tus ojos, que reclaman y le dan sentido a la vida entera.

Te llorarán donde nunca te imaginaste, te extrañarán en voces lejanas, ajenas, amargadas por las lágrimas, fermentadas por tu recuerdo. Marcadas por las ojeras. Ausente en los demás.


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