Ferrocarriles

Por Patricia Arredondo

Nunca tuve miedo de la vibración de la tierra. En la pequeña colonia ferrocarrilera en la que crecí, en Tlalnepantla, Estado de México, las máquinas llegan a ser reparadas durante la noche y parten antes del amanecer: a las cinco de la mañana los cristales tiemblan y nuestro gallo es un tren abandonando la estación. Tanto el arribo como la partida tienen su propia estridencia y ambos, a su manera, hacen que se mueva el piso. Por lo que, de no ser por el sonido, sería difícil distinguir bien un temblor de los sacudimientos producidos por el paso del ferrocarril, los cuales también con el tiempo han causado grietas, ventanas rotas y deterioros en las estructuras de los alrededores.

Así, los vecinos de la colonia, por un anclamiento o una memoria sentimental, se han habituado al bullicio, al movimiento (a sus estragos) y al polvo. De hecho, las películas de éste sobre los autos estacionados en las calles y las carreteras recién barridas hacen que se conserve en ella un aire provinciano, como aquel del que habla sin sombra y sin disturbio López Velarde en su poema No me condenes: “cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho,/cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes”.

La mayoría de quienes viven en dicha zona son hijos, nietos, bisnietos y familiares de ex trabajadores ferrocarrileros, de la época previa a la privatización de Ferrocarriles Nacionales de México. Los terrenos donde se construyeron esta serie de casas fueron en algún momento parte de las prestaciones a los empleados de la empresa y vendidos con facilidades a aquellos cuya vida giraba en torno a los rieles y a los durmientes; y a quienes antes vieron nacer los primeros trazos de las rutas ferroviarias tras montar campamentos para construir lo que se prometía como el progreso. Rutas que favorecerían la movilidad en la República con los trenes de pasajeros y, además, la vida comercial del país, cuyo fin o límite sería la gran ciudad. Ésa es la historia sobre cómo es que mis abuelos paternos y maternos decidieron, a su tiempo, comenzar en la periferia su “nueva” vida sedentaria.  

Es así que esta predisposición a que la tierra se sacuda y sólo descanse a ciertas horas del día me había despreocupado de los temblores: “en algún momento habrá de detenerse”, como cuando parte o llega el ferrocarril y ocasiona aquella vibración redoblada por el pitido de las máquinas. De modo que al desaparecer la cola de aquella serpiente de acero, el silencio es mucho más perceptible o profundo tras su ausencia, cuando ya sólo es el viento el que se queda agitando las copas de los árboles como “pañuelos que se pierden en el horizonte”.

Como suele pasar con esas historias que comienzan con factores extraordinarios, es decir, donde el protagonista decide hacer algo diferente a lo que suele hacer y eso va formando un hilo de acciones que decantan en el nudo de la narración, la noche del terremoto del 7 de septiembre de 2017, mi amigo Miguel y yo logramos lo que nunca, de manera improvisada y en jueves, ponernos de acuerdo para ir a tomar algo, donde más tarde se sumaría otra amiga mutua, Stefani.

Ya que ambos estábamos trabajando en Polanco, me encontré con Miguel a la salida de la que era mi oficina; hicimos una caminata larga y un camino a vuelta de rueda por Reforma para llegar al Centro. Cenamos unos tacos, bebimos una cerveza y después fuimos a echar un vistazo a un bar gay del que no recuerdo el nombre. Luego, a mi búnker, el Bósforo, una mezcalería sobre Luis Moya, una calle detrás del Sanborns de la Alameda. Llegamos cerca de las 10 de la noche ahí; y Stefani lo hizo veinte minutos después.

Ella y Miguel acababan de regresar de viaje, así que nos pusimos los tres al día, y entre las bebidas y las anécdotas de ligue fuimos perdiendo la noción del tiempo, que comenzamos a medir luego con el número de bebidas que llevábamos. Al segundo madrecuixe, y cuando recién había llegado la quesadilla de chapulines para Stefani, que se moría de hambre, uno de los meseros atravesó aquel telón teatral que caracteriza la entrada para avisar que estaba sonando la alarma sísmica, pero pocos lo escucharon. Repliqué el mensaje en voz alta; y lo hizo también el mesero, que caminó Bósforo adentro y se lo dijo esta vez directamente a las baristas, quienes interrumpieron la selecta playlist de Arturo, el dueño del lugar, y con la atención del silencio posterior a la música nos dieron la instrucción de salir.

Un día antes la alerta se había activado falsamente, por lo cual nadie encontró razón para alterarse; aunque con un dejo de duda cada cual eligió un objeto fijo, fueran las velas, las lámparas, los floreros, los fruteros de guaje o los propios tragos en las barras para comprobar si es que la tierra estaba moviéndose. Lo último que yo vi fueron las flores del jarrón de la esquina en la que estaba sentada sacudiéndose, tomé mi gabardina de la silla en automático y tan pronto como estuvimos afuera un movimiento diferente al de un tren que avanza comenzó a sentirse. Aunque habían pasado apenas un par de minutos, ya había montones de gente en la calle: vecinos de los alrededores y fiesteros adelantados que fueron escupidos por los demás bares y restaurantes, y que recibían el viernes entrados en calor. Aquel movimiento que hasta entonces no había presenciado nunca de esa manera, en parte porque nunca antes había vivido un temblor en esa zona del centro, mecía los semáforos, los árboles, los cables y el nombre del teatro viejo y abandonado que está frente al Bósforo: el Orfeón; era como si debajo de la tierra una ola chocara con fuerza contra una roca y se quedara el rezago del movimiento del agua, la tierra parecía de agua.

Para mí todo aquello pasaba en cámara lenta, porque ahí detenida al lado de mis amigos estaba en cámara lenta en comparación con todo lo que estaba moviéndose alrededor

Pero, a diferencia de otras veces, en vez de disminuir, la intensidad del temblor aumentaba, haciendo que todo lo que se sacudía creara un miedo mayor al derrumbe. Para mí todo aquello pasaba en cámara lenta, porque ahí detenida al lado de mis amigos estaba en cámara lenta en comparación con todo lo que estaba moviéndose alrededor: llamadas telefónicas, gente colapsando, estructuras crujiendo, perros ladrando en las azoteas, turistas asustados que no sabían qué pasaba; algunos con espíritu de reporteros grababan con su celular lo que ocurría para poder subirlo después a sus redes sociales.

La gente se comunicaba a gritos y entre otras cosas gritaba que observaran cómo se ladeaban los edificios, que los que estaban parados bajo las marquesinas tenían que moverse de sitio; otros preferían evadir lo que pasaba mirando al cielo, donde una serie de luces, parecidas a las previas a una tormenta, comenzó a mirarse. Y así, aquel temblor, que se me hizo eterno, dio de pronto un apagón a la vida nocturna para dar paso a un terror visto sólo en películas que hablan del fin del mundo: en las caras de los que estábamos en el cruce de Luis Moya con Independencia podía leerse un gesto de pánico, como el que Caravaggio pintó en su Cabeza de Medusa, y que retrata el pavor previo a la muerte, pero más allá de eso, éste se debía al terror causado por la sola idea de ver a la ciudad derrumbarse. Ese temblor revivía en nosotros una memoria que conocíamos sólo de oídas, aquella ocasión en que ese miedo fue un hecho y abrió en dos la historia de la Ciudad de México en el siglo XX. Del otro lado de la brecha, nuestra vida nació con la reconstrucción. De modo que con esa certeza también existía la de una ciudad reforzada, a prueba de desastres; una seguridad dada por la catástrofe.  

A la par de ese miedo central, había otros miedos y reacciones; el de las meseras, por ejemplo, que con todo, en medio del caos se esforzaban por mantener en la mira a los clientes para que no se fueran sin pagar, porque sucedió también que al terminar el terremoto, la gente no regresó a los bares. Mis amigos llamaron a su familia apenas pudieron y yo sólo atiné a enviar un mensaje que dijera “estoy bien”. Una vez que cesó por completo el vértigo, una de las baristas nos pidió volver a entrar (muchos lo hicieron sólo para pagar e irse); quitaron la pausa a la canción e invitaron una ronda de mezcales para el susto, pero la calma a la que volvimos para mí era una simulación: tanto a los que nos quedamos para esperar que se restableciera la circulación de la ciudad, como a los que se fueron en bandada asustados por posibles réplicas, esa noche nos grabó un recuerdo traumático que estaría más que fresco doce días más adelante.

Aún después, sentada en mi silla a la barra, tenía la sensación de que el piso seguía moviéndose. No quise hablar mucho, me quedé al margen de la plática y permanecí escuchando a la gente, que compartía noticias en voz alta y que seguía tratando de localizar a sus familiares, miraba el teléfono yo misma para saber qué había pasado y a la vez tratando de asimilar mi propio miedo y mi petrificación en el pánico colectivo. Algo que me dio seguridad fue que si estando en el centro nada se había caído, la ciudad también seguiría en pie.

Los tres nos quedamos un buen rato más juntos, ya que nos esperaba una cama vacía. Cuando cerraron el bar, nos fuimos. Stefani y Miguel pidieron un uber hacia el sur y yo uno al norte. De vuelta a casa fui platicando con el conductor acerca de su experiencia, mientras miraba la ciudad con asombro, porque parecía un milagro que aquellos edificios viejos hubieran resistido la sacudida. Yo no sabía muy bien nada de otros estados ni de qué había pasado en ellos. Al llegar, dormí sedada por la adrenalina. En la oficina el día siguiente no se hablaba sino de lo ocurrido por la noche: la red estaba llena de videos, noticias y actualizándose el contador de muertos; y aun con los reportes audiovisuales me era difícil dimensionar lo que había pasado en Oaxaca y Chiapas. El ritmo del sistema apenas permitía ocuparse de algo que no fuera él mismo.

El proyecto en el que estaba trabajando duraría un periodo corto de tiempo, aunque intenso, por lo que lo que pedí a alguna fuerza extraordinaria de ese momento en adelante era que no me tocara vivir un temblor en aquel edificio de Polanco. Me sentí casi victoriosa el 19 de septiembre, pues ése era el último día que iría a la oficina hasta la hora de la comida. Desde temprano nos avisaron que se haría el simulacro, cuyos antecedentes eran conocidos por todos. A las once sonó la alarma y sabiendo que se trataba de un gesto ficticio comenzamos con el protocolo, algo reacios a la interrupción de la neurosis de nuestras actividades. La zona de seguridad, me dijeron, estaba a quince minutos caminando; en orden comenzaron a desfilar en las escaleras de servicio los departamentos de la empresa y de otras que también están instaladas en el mismo edificio. La gente caminaba con tedio, como en una larga fila de espera de un banco; muchos hacíamos bromas para aligerar la caminata en multitud. El simulacro duró más de media hora, en la que yo estuve obsesionada con dar punto final a aquel trabajo y seguía ideando mientras tanto lo que faltaba en mi redacción. Regresamos a la oficina de nuevo en grupo y al llegar a mi lugar me puse los audífonos para acelerar el cierre de lo que habría de entregar e irme.

En ese momento, ya en los párrafos finales, cuando me preparaba para enumerar los niveles del Mictlán como una referencia, para recuperar aliento (o motivación afuera) en la prisa miré a la ventana de mi lado derecho y vi que mi compañero de trabajo tenía la cabeza recargada en su brazo izquierdo mientras anotaba algo, entonces una fuerza invisible le dio un tirón. Al intuir la causa, él se levantó de la silla y gritó “está temblando”. Me boté inmediatamente los audífonos, que se quedaron colgando del escritorio (así los encontraría más tarde), y me quedé, nuevamente, pasmada al ver la potencia con la que se sacudían las lámparas y al escuchar cómo crujían las ventanas, cómo eran tensados los vidrios por la vibración.

Había algo distinto al del 7 de septiembre: el movimiento no era marítimo, era más parecido al hervor de una olla a punto de explotar debajo de la tierra

En esos pocos segundos hubo una duda entre salir o quedarnos, y no fue sino hasta que otro compañero más grito cuando comenzó a sonar la alarma “rápido, hay que salir” encaminando el desfile, que comenzamos a avanzar unos detrás de otros hacia las escaleras de servicio por el pasillo, donde el movimiento se hacía más fuerte y nos desbalanceaba junto con el ruido de la estructura y el mobiliario golpeando las paredes. En éste había algo distinto al del 7 de septiembre: el movimiento no era marítimo, era más parecido al hervor de una olla a punto de explotar debajo de la tierra.

En las escaleras había una multitud que intentaba bajar en orden, pero éstas se columpiaban y era difícil avanzar rápido. Al escuchar desde ellas metales caerse y vidrios quebrándose en algún sitio, pensé que el edificio se derrumbaría antes de que lográramos llegar abajo. Ante lo poco que podía verse desde ahí, es decir, sólo una horda de cabezas, el sentido que me guiaba en los acontecimientos era, de nuevo, el oído. Con el pánico del rechinido de la escalera y el traqueteo de los pasos de todos sentía que las piernas se me acalambraban en cada escalón, mi compañero me dio la mano y fue apoyándome para que pudiera bajar. Algunos otros salieron corriendo sorteando a la gente y escabulléndose por la desesperación que causaban todas aquellas mujeres cuyos tacones parecían hacerse de una aguja cada vez más frágil; quise tener por un momento ese impulso para poder hacer lo mismo que ellos y correr para estar a salvo.

En esas situaciones uno puede conocer mejor a la gente con la que convive, ver sus reacciones al estrés: puede darse cuenta de quiénes no dudarían en dejar atrás a los demás con tal de salvarse, y quiénes no se salvarían si no se salvan los que se han quedado atrás. De algún modo nuevamente milagroso el movimiento cesó cuando estábamos en el último nivel de la escalera, y enseguida la gente comenzó a disminuir el ritmo: “¡Sigan avanzando, no se detengan, sigan avanzando!”

En las avenidas los autos estaban detenidos y una turba de oficinistas abarrotaban la vista hacia cualquiera de las direcciones. Caminamos el tramo que nos habíamos saltado en el simulacro y nos establecimos donde dictaba el protocolo; para cuando dejé de ver nucas y pude comenzar a ver gestos, el común esta vez no era ya de pánico sino de incertidumbre. La desesperación de todos por comunicarse con su familia volvió a surgir; nos quedamos en ese lugar de pie sin tener mucha noticia de lo que había pasado en otras colonias.

Estando en tierra firme, me calmé. El dueño de uno de los autos estacionados cerca puso la radio, pero apenas lograba distinguirse el tono angustiado del locutor. Seguí callada observando a la gente, tratando de comprender toda esa desesperación que los llevaba al llanto por no poder localizar a sus seres queridos. Pensé que por primera vez la periferia era un lugar mucho más seguro; el Estado de México en casos así es un lugar mucho más seguro. Por lo que asumí que mi familia estaría bien. No sé cuánto tiempo estuvimos en el punto de encuentro, pero ahí alguien me mostró el video de una barda que había caído sobre un transeúnte y cómo es que la gente comenzaba inmediatamente a remover los escombros para ayudarlo a salir de entre ellos. En mi silencio trataba de dimensionar cuál de los dos terremotos había sido mayor y sus diferencias; la gente decía distintas cosas respecto a la escala Richter, e información escueta sobre “colonias dañadas”.

Estuvimos parados ahí por más de una hora. Cuando se nos dio la instrucción de volver a la oficina y estando ya todos de vuelta, los directores nos dijeron que lo mejor era que nos fuéramos para podernos reunir con nuestras familias. Yo seguía aferrada al deadline, así que pensé en quedarme, pero era preferible que lo hiciera desde casa. Me despedí de mis dos compañeros de equipo con un abrazo. Acordé enviar esa tarde el trabajo que restaba por correo. A partir de ese día, no regresaría más a esa oficina.

A partir de ese día, no regresaría más a esa oficina.
Salí del edificio aliviada y vi que la circulación seguía detenida, me quedé sentada pensando qué hacer. Llamé a Miguel con la poca batería que pude cargar al volver por mis cosas, mi teléfono se había apagado durante el caos. Me dijo que ya estaba de salida hacia su departamento y que había una fuga de gas cerca de ahí, que iría por sus papeles y después a casa de su mamá en Atizapán. Pensé que tratar de localizar a otros amigos sería más problemático que volver a casa, así que decidí irme; alcancé a ver publicaciones en Facebook donde algunos decían que si no teníamos nada que hacer en la Condesa o en la Roma era mejor no acercarse. En los restaurantes de los alrededores algunos a los que les urgía volver a la normalidad ya se habían reunido para comer y para beberse algo, mientras en las pantallas comenzaban a transmitirse a manera de espectáculo imágenes de los derrumbes. Recuerdo un cintillo que vi de paso: “Se escuchan gritos entre escombros”; entonces pude hacerme apenas una idea de lo que estaba ocurriendo en otros sitios.

No había transporte público, así que comencé a caminar nuevamente con la multitud, ahora hacia el metro. Como pocas veces la ciudad estaba en silencio, sólo se oían aullar las patrullas y las ambulancias. Había una larga fila de autos tratando de salir de la zona, pero los que estaban atrapados en el tráfico no pitaban. El desorden habitual esta vez era distinto; el México que vi esa tarde era otro, también parecían otros los de siempre: el automovilista se mostraba con paciencia, cedía el paso al peatón, el peatón caminaba al lado del otro, acompañándose y no como si el otro le estorbara,  los más apáticos se sonreían entre sí y el más inexpresivo abrazaba al de al lado preguntándole si estaba bien o necesitaba algo.

En el trayecto también vi a la gente de la zona con sus niños y mascotas en el parque. Muchos ofrecían sus teléfonos para los que no podían hacer llamadas y me di cuenta entonces de que había una premura que notaba en algunos que me era desde hace tiempo ajena: la de comunicarse o reunirse con alguien en específico, esa preocupación amorosa y desesperada por la seguridad de otro, quien a su vez estaría angustiado por la suya, así que, con la lentitud de alguien que no siente la urgencia de llegar a ningún sitio, seguí caminado por la avenida, donde el paso de los camiones de carga me hizo recordar que cuando cesa el movimiento causado por el arribo o la partida de los trenes frente a la casa de mis padres, es al final ya sólo el viento el que mece las copas de los árboles como “pañuelos que se pierden en el horizonte”.   

SOBRE LA AUTORA

Patricia Arredondo (Estado de México, 1988). Escritora y editora. Es autora del cuento infantil Acércate (Tramuntana, 2014). Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2013-2015). Ha presentado su trabajo en ferias del libro de México, España y Alemania. Actualmente administra Oscuro entre nosotros, un blog que recopila narrativa sobre el Estado de México, y colabora en la plataforma Liberoamérica.

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