Toledo y yo

"Sólo era cuestión de caminar unos días por el primer cuadro para verlo, era mi obsesión, soñé que lo conocía, que casualmente lo saludaba y hablábamos de todo con unos mezcalitos de por medio", escribe para Vía Libre Roberto Acuña

Por Roberto Javier Acuña Gutiérrez

Hace tiempo vi un documental no me acuerdo en qué canal, pero era sobre la gráfica en Oaxaca y muchos de los entrevistados comentaban que cualquiera podría ver a Francisco Toledo caminar por el centro del estado, que era algo muy común. Meses antes de mi viaje estaba convencido de que vería al pintor, sólo era cuestión de caminar unos días por el primer cuadro para verlo, era mi obsesión, soñé que lo conocía, que casualmente lo saludaba y hablábamos de todo con unos mezcalitos de por medio. Debía de verlo, no, lo vería, era seguro, Toledo era parte de Oaxaca y Oaxaca de Toledo.

Primer día

Llegué a Oaxaca de Juárez a las siete de la mañana, dejé las cosas en el cuarto donde me hospedé y salí al encuentro con mi destino. Me comí un tamal de amarillito, un mole gentil, casi niño y unas enfrijoladas caldudas que sacaban burbujas como caldero de brujo de tan calientes y negras. El primer amor es así, quema, te marca y siempre se termina.

Llegué a la catedral de nuestra señora de la Asunción con el sol ya tragándome la cabeza, pero la sola imagen de sus muros de cantera verde me hicieron pensar en mujeres de sudor frío, en resquicios húmedos propios para el tacto y el olfato, no para la vista, porque a ésta le gusta señorear sobre los demás sentidos. La luz avasalla y por sí sola es bella. Ya adentro me persigné –como pude formé una cruz tullida―, encomendé mi destino a la potencia superior del lugar, una señora que vendía chocolate y que entró a refrescarse un momento al templo y limpiarse de tanto turista; después, con la reyerta que se encendió entre el sol y yo a lo largo de mi estadía salí al encuentro de Francisco Toledo.

Pasé por los grupos de turismo que me ofrecían paquetes para ir a Monte Albán o a Santa María del Tule y a Mitla, no dejé de voltear para todos lados, pero sabía que no sería tan fácil verlo, fui al kiosco para tener una vista más elevada y…, nada. Total, ya resignado me dirigí al Mercado Juárez por un agua y me encontré a tres oaxaqueñas, una de San Antonino, famoso por sus bordados; y otras dos, madre e hija, de Ocotlán, cuyos chapulines hacen saltar los ojos y la lengua de sólo verlos. Les pregunté qué ver en el centro, sobre todo qué comer y al final estuvimos conversando de sus pueblos, me dieron unas nutridas recomendaciones para que los visitara. Lo más importante es el día, al primero en domingo y al segundo en viernes –día de mercado. Todo iba a terminar bien hasta que la mujer de San Antonino dijo que ropa no comprara en Ocotlán que ellos sólo copian los diseños o directamente compran en San Antonino y allí no más revenden; la matriarca de Ocotlán respiró, sorbió su agua de horchata con tuna roja de un trago y vi en su rostro lo poco que dura la alegría, se encendieron los infernillos de sus ojos y yo mejor me levanté, me despedí y me dirigí al infiernillo de las carnes ahumadas, no me gusta ver sangre y le temo a las maldiciones, sé de venganzas y también conozco a los oaxaqueños, hay rencores que duran lo que dura un pueblo.

Como soy de estómago delicado y un poco cobarde me encaminé al mercado 20 de Noviembre, entré por el pasillo del “humo”, decidí comer un cuarto de tasajito, un cuarto de chorizo y un cuarto de carnita enchilada. Compren una bandejita con chiles de agua, son una delicia, aunque les han de decir así porque no puedes comértelos sin una buena jarra de agua, ¡ah, cómo pican los infelices! El refresco que predomina son las fantas, no sé por qué les gustan tanto a los oaxaqueños, pero supongo que el tejate alguna vez ha de cansar, no lo sé de cierto. Pedí mis platitos de aguacate, cebollitas, nopales, limones y compré diez tortillas –para espantar el susto de antes. Armé mi primer taco y pensé en los chapulines de Ocotlán, seguí con el segundo  y soñé con el pan de Ocotlán, el tercero y con las guayaberas de  San Antonino, el cuarto y el quinto y con los tamales de chipil, de mole y de frijolitos cubiertos en hoja santa; el sexto y el séptimo con el chocolate y el tejate de Ocotlán, el octavo y el noveno con los mezcales que podría probar y probé a lo largo de mi viaje; y en el décimo ahora sí me concentré en el taco que me sobraba y tuve que pedir un cuartito más de carne combinada para abstraerme en los sabores propios de la asada y terminarme los complementos de aguacate y nopales que me sobraron, desgraciadamente tuve que pedir tres tortillas más porque no dan cubiertos, dato para el viajero.

Ya con el cuerpo bien constituido a los ánimos de los oaxaqueños regresé al centro neuronal de Oaxaca de Juárez, nada, Toledo seguía poniéndose sus moños y el sol, que es asunto serio, me obligó a comprarme un sombrero y con el look 100% turista caminé, no me pregunten a dónde, hay veces que el extravío por una ciudad da demasiada alegría para contarla, además no me gustan las envidias, así que aún con el sol pestañeando –ocho de la noche «parece burla»― y despedido de unas gentiles sombras que me abrigaron con sus destellos regresé a mi cuarto y a mi gata –aún no sabía que era mía― sin encontrarme con ese pintor oaxaqueño que me era esquivo.

Continuará…


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1 comentario

  1. […] El sol no respeta horarios en Oaxaca, por algo a ésta le dicen “tierra del sol”, el muy bribón se mete mínimo a las ocho de la noche y eso con remilgos. Escogí mi habitación porque tenía una terraza, pero es imposible tomar una siesta cuando estás entre las cejas del astro rey, no hace más que pellizcarme los párpados, de patearme el sueño, a Oaxaca se viene a vivir, a dorarse; ―A que me adores, ―parece decir el muy soberbio Patrono de los oaxaqueños. ¿Si Villaurrutia hubiera vivido por allá, hubiera escrito sobre la noche, o cuál sería el destino de sus Nocturnos? […]

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