Monte Albán y la “tierra del sol”

"Todo brilla, los templos, el juego de pelota, la plaza de los danzantes, todo, todo parecía estar bañado en oro, sería el sueño húmedo de cualquier Nerón, allí hice mis paces con el sol porque no me explico Monte Albán sin la luz" escribe para Vía Libre Roberto Acuña

Por Roberto Javier Acuña Gutiérrez

El sol no respeta horarios en Oaxaca, por algo a ésta le dicen “tierra del sol”, el muy bribón se mete mínimo a las ocho de la noche y eso con remilgos. Escogí mi habitación porque tenía una terraza, pero es imposible tomar una siesta cuando estás entre las cejas del astro rey, no hace más que pellizcarme los párpados, de patearme el sueño, a Oaxaca se viene a vivir, a dorarse; ―A que me adores, ―parece decir el muy soberbio Patrono de los oaxaqueños. ¿Si Villaurrutia hubiera vivido por allá, hubiera escrito sobre la noche, o cuál sería el destino de sus Nocturnos?

Con esos pensamientos me dormí y me levanté a las cuatro de la madrugada, y después a las cinco, a las seis, a las siete y ya mejor me levanté de la cama porque el gallo que tan amablemente me demostró la potencia de sus pulmones no dejó en paz el kikiriki toda la noche, quizá el sol no se resignaba a dormir y de vez en vez salía un poquito y…, pobre gallo, eso de que nada más estén tanteando a uno no es muy agradable.

Por fin, era el día fijado para ir a Monte Albán, como turista que soy tuve que pedir un taxi porque no sabía de qué otra forma llegar, llegué temprano “para que no me tocara el sol”, y bueno, la broma se cuenta sola, porque el domicilio particular de ese señor es la antigua ciudad de los Zapotecas.

Todo brilla, los templos, el juego de pelota, la plaza de los danzantes, todo, todo parecía estar bañado en oro, sería el sueño húmedo de cualquier Nerón, allí hice mis paces con el sol porque no me explico Monte Albán sin la luz, la claridad quema y a veces es necesario arder para contemplarla, jamás para tomarla, las flamas nunca bailan sobre nuestras manos, sólo las sombras, su recuerdo, lo lúbrico de su angustia.

La sangre de los mutilados era el eco de mi voz al aire, moneda que cae de canto y baila sus dos rostros, memoria de los guerreros derrotados a quienes se les arrancó el sexo para demostrar el poderío zapoteca.

El tiempo en este verano y en esta mañana es otoño, filigrana, polvo dorado que queda de la victoriosa y triste guerra, historia que he perdido y me acompaña en el peso del semen, en la divinidad de mi miembro o es el sol que trepa por mis muslos y calda, que busca otro sacrificio, otro danzante sobre el cual bailar; el sol es el hormiguero de símbolos, de signos que me suben a la garganta y sólo los descifro al sentirlos. Monte Albán, tan lejos de nuestros dioses que en ella tienen todos su morada. Monte Albán, oro que mis ojos por más que traten nunca podrán saquear.

Un águila vuela y me retorna a mi centro, camino, subo escalinatas, intento comprender pero la grandeza está en la imposibilidad del lenguaje, el sol sube sobre un azul de para siempre y yo me retiro a mis sombras, bajo, al fin bajo de tan alto y cada escalón es una despedida, un puñal en el pecho, una nube que pronto olvidaré; dejo en la ciudad la ofrenda de mi corazón, allí quedo, termina el día.

Continuará…


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