‘La luz de la luna’, cuento de María Fernanda Vargas Sánchez

Esos que extrañas son seres salvajes, no comprenden la armonía del mundo, están hambrientos de la felicidad de otros y en cuanto ven a alguien brillante lo absorben; lo han hecho conmigo y lo harán contigo pequeña niña", compartimos una cuento de María Fernanda Vargas Sánchez.

Por María Fernanda Vargas Sánchez

Hacía ya dos noches que la luna no brillaba. Todos en ese lugar comenzaron a notarlo. En sus caras no había luz, el hombre triste ya no cantaba y la mujer melancólica ya no bailaba. Los niños llorosos no dormían y Vieta cada vez tenía más miedo. Mientras intentaban plantar árboles, uno más grande que el anterior para llegar a la luna, ésta parecía hacerse más chiquita y más lejana. Las plantas se secaron y los animales empezaban a morir. El agua no corría, el mar ya no se movía y por tanta hambre lo peor de los humanos surgió.

Vieta se dio cuenta de que la oscuridad de la noche llegaba por todos lados y escondidos en esa oscuridad sus más grandes miedos, pero ya no estaban en su imaginación, ahora eran de carne y hueso. Aquellos llamados amigos ahora eran terribles monstruos al asecho. Comprendió que la luna era la gran protectora y por alguna razón ya no estaba más. Así fue como tomó pan de la alacena, agua del pozo, lo puso todo en su bolso y subió al monte.

Gritó y gritó durante nueve días y noches, pero nadie contestaba, siguió así por otros cuatro días hasta que miró arriba y lo notó, había un brillo muy débil sobre su cabeza. Subió más de donde estaba y susurró con mucho miedo: —¿Luna, eres tú? ¿Estarás enferma?— Convencida de que nadie contestaría se dio la vuelta y mientras ponía un pie en la hierba, la escuchó: —Niña, ¿qué buscas?, ¿por qué no me dejas morir?—  Vieta llena de piedad la miró y le dijo todo lo que andaba mal en su mundo y que todo era por su ausencia.

La luna la miró con mucha atención. Vieta era una niña pequeña y le temblaban las rodillas todas llenas de raspones. Era obvio que nunca había estado sola en la naturaleza. ¿Por qué se arriesgaba así? La luna le dijo: —Pequeña niña, yo estoy enferma. No tengo luces ni nadie que las encienda, no hay nadie que me cuide— Vieta le gritó que ella la cuidaría, que podría ir a visitarla cada semana para curarla y limpiarla. La luna soltó una risita burlona y le dijo: —No, querida, las cosas no funcionan así. Podrías pasar aquí cada noche, venir sin falta diario pero para mí no será suficiente. Entiende que así como no puedo faltarles a ustedes, tú no podrías faltarme a mí jamás.

Vieta no entendía lo que escuchaba y volvió la mirada al pueblo. La luna lo notó enseguida así que le explicó la situación: —Vieta, tú has venido aquí buscando luz, te has enterado de que no tengo nada que darles. Te has arriesgado mucho, por ello lo que te voy a decir no puede ser más claro, para que yo pueda funcionar, tú debes quedarte para siempre. No podrás irte nunca, jamás sabrás lo que es tener amigos, y nunca sentirás el abrazo de tus padres. No sabrás jamás las implicaciones de enamorarse o lo que las mujeres sienten con sus hijos. No podrás pensar en ti misma, vivirás para mí, sólo para mí.

Esos que extrañas son seres salvajes, no comprenden la armonía del mundo, están hambrientos de la felicidad de otros y en cuanto ven a alguien brillante lo absorben; lo han hecho conmigo y lo harán contigo pequeña niña. Ellos no valen tu sacrificio y yo ya estoy cansada. Te ofrezco llevarte al otro lado del mundo, allá donde mi hermano el Sol sale. No te faltará comida ni agua, vivirás feliz y no temerás nunca, mi única condición es que te olvides de ellos para siempre. No vuelvas más la mirada. La única alma noble será la tuya.

Vieta se quedó helada, no sabía qué decir; pensó en cada cosa que siempre quiso; en su deseo por una vida normal en el lugar que la vio nacer. Pero su hogar ahora estaba lleno de maldad y no podía confiar en nadie. Recordó cuando le cantaban a la hora de dormir, las tardes en el pasto y las mañanas frías; entonces comenzó a llorar. Renunciaría a una vida de felicidad por los demás, pero nadie había hecho nada por ella. Desde que se fue la luna, sólo podía esperar lo peor de todos.

La luna la miró, vio su tristeza y con una voz dulce le dijo: —Chiquilla, no debes estar así, mi ofrecimiento es simple: Déjalos a todos o déjame morir. Serás una gran mujer, tendrás tanto y todo lo que quieras. Mi ofrecimiento es generoso.

Vieta sólo cerró los ojos, se acostó en el pasto que estaba húmedo y lloró. No podía vivir en oscuridad. Lloró durante horas y en su cara corrían las lágrimas mientras cerraba sus ojos. Era cierto todo, ella ya no tenía un hogar. Sus ojos se cerraban. Y sus piernas ya estaban cansadas, llenas de raspones y había perdido sus zapatos. Sus ojos se cerraban y la luna comprendió la decisión de la niña. Decidió permanecer con ella. Vieta cerró los ojos.


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