ENTREVISTA: Alma Delia Murillo sobre ‘El Niño que fuimos’

Entrevista por Javier Moro, publicada con autorización de La Jornada Aguascalientes. La fuente original puede leerse aquí.


Óscar, María y Román son los protagonistas de la novela El niño que fuimos, se conocieron cuando vivieron en un internado de la Ciudad de México durante los años ochenta. Un lugar que para ellos representó un campo de juegos, espacio sagrado, un nido comunitario. Tres niños que aprenderán sobre la solidaridad, la amistad, sobre la pérdida, rodeados de las historias de otros muchos niños como ellos, que viven en este espacio, que es a la vez hogar, refugio, pero también puerta para aprender y conocer lo aspectos más dolorosos de la vida.

El niño que fuimos (Editorial Alfaguara) es la tercera novela de la escritora y periodista mexicana Alma Delia Murillo (Ciudad de México), después de haber publicado las novelas Las noches habitadas (2015) y Damas de caza (2010). Una novela en la que la también colaboradora del sitio de noticias Sin embargo.com, rastrea en su pasado, en su infancia, para contarnos la historia de estos tres niños, que después se volverán a encontrar durante su madurez, para cerrar ciclos, para luchar contras sus fantasmas, contra sus dolores, contra su soledad. Sentimientos que los vienen persiguiendo desde su más tierna infancia. Román ha perdido a sus padres en un accidente y su familia más cercana prefiere deshacerse de él en el orfanato, mientras que Óscar, quien es un chico sensible, pero fuerte físicamente, tiene que separarse de su madre, a la cual perderá después de una dolorosa enfermedad. Por su parte María, es una niña aguerrida, fuerte, intrépida, vive con su familia, a pesar de la estrechez económica.

Tres amigos que se conocerán en la más tierna infancia, que crecerán y compartirán sueños, alegrías, miedos y desasosiegos durante los primeros años de la adolescencia, pero que después tendrán que separarse y crecer, para volverse a encontrar de manera fortuita, cuando los tres son adultos con conflictos que tendrán que resolver. Y que podrán hacerlo en compañía de estos amigos que se conocen como nadie. Así la novela de Alma Delia Murillo nos permite ver cómo el pasado nos construye, nos hace ser lo que somos, por supuesto, pero también nos deja ver cómo es posible cambiar nuestros destinos, nuestras vidas, al decidir cambiarlas, al tomar conciencia de lo que somos y de lo que queremos. Platicamos con la autora sobre esta novela, construida a partir de sus recuerdos infantiles, ya que ella vivió y creció en el mismo orfanato en donde transcurre la novela.

Javier Moro Hernández (JMH): ¿Cómo fue para ti retratar el tema de la infancia? ¿Cómo te apropiaste de la personalidad de Óscar, Román y María?

Alma Delia Murillo (ADM): Asomarse al niño que fuimos se va a encontrar con claroscuros, porque creo que crecer es un acto violento, que implica todo, desde el cuerpo, tus primeros vínculos afectivos, la relación con la familia, hay sobrevivencia en el crecer, entonces para mí asomarme a temas sórdidos, dolorosos, pero también me permitió descubrir que fui una niña como las que describe Pessoa, una niña que jugaba, fui una niña muy afortunada, entonces hice un mapa para contar la historia de estos tres amigos, de estos tres niños, y agarré retazos de los rostros de mis compañeros en el internado, y de esos rostros tome cosas, porque de niño más que empatía resuenas, te resuenan las emociones de los otros, y crecer con esos otros cientos te deja muchas historias que contar, pero sí, fue un proceso difícil, pero también muy luminoso, y aprendí que una es privilegiada porque tiene el recurso de escribir porque puedes contar la historia como se te antoje.

JMH: ¿Cómo fue ese proceso de recuperar el lenguaje infantil, de volverte otra vez niña, y contarnos esta historia desde esa visión?

ADM: La verdad me esforcé en recuperar el lenguaje de la década de los ochentas, que es cuando transcurre la historia y ellos están en el internado, es una época con un lenguaje particular, distinto a cuando venimos al presente y son adultos, y construyen otras metáforas, la primera que recuerdo es a Óscar diciendo que la angustia es como si se hubiera comido un animal muy grande, o el terror y la vergüenza de que te cacharan porque te hacías pipí en la cama, que eso es algo que ahora resultaría muy difícil de reconectar con la emoción, pero está ahí, porque el lenguaje es fundante, de las muchas experiencias que nos fundan, que nos son iniciáticas, yo creo que el lenguaje es una de esas experiencias totales, entonces cuando empecé la novela me di cuenta de que la mirada del mundo de estos niños era otra, mágica y terrible, cuando eres niño tienes una dimensión del mundo distinta, entonces yo creo que si logras mantener eso ahí te puedes volver a asomar a ese niño.

JMH: Podemos ver la vida infantil, pero también podemos acceder a lo que ellos ya son como adultos, y en el caso de Óscar podemos ver que es un niño que quedó aterrado por la muerte de su madre y que no logra separarse de ese hecho.

AMD: Es una muerte terrible, pero eso nos permite conocerlo más, saber porque es hostil, pero lo que él quiere es volver a sentir que pertenece, y son tres adultos además normales, porque no todos nos convertimos en un extraordinario ser humano, y sin embargo, hay belleza en eso, todos somos merecedores de esa mirada de belleza en nuestros ser ordinario, claro la pérdida de Óscar, la muerte de su madre lo deja tocado, y él mismo dice, “estoy hasta la madre de ser un niño huérfano y de sentir que me van a descubrir los otros”, pero eso tiene que ver con la capacidad de resonancia, en el orfanato había muchas niñas y niños huérfanos, mi padre estaba ausente, pero había muchos niños sin papás, y notabas este permanente enojo, esta hostilidad, entonces la fortuna es que me tocó vivir esto teniendo siete, ocho años, y poder quedarme con eso desde el corazón, resonando, y no desde la razón.

JMH: ¿Pensaste durante muchos años esta novela?

AMD: Quizás más que pensarla, siempre supe que tenía una deuda de contar esta historia, porque la gente piensa que los internados son horribles, de que es un castigo, porque así se ha construido el imaginario colectivo, y no es así, en realidad es un nido colectivo que tiene lados luminosos y terribles, como todo en la vida, entonces lo que sí tuve durante muchos años fue la deuda de contar la historia y un poco de contar la historia de lo que ellos haces, que es escaparse, ir y volver, yo quería hacer eso.

JMH: Dentro del imaginario colectivo, como dices, el internado es la escenografía perfecta para la película de terror, pero nunca hemos visto que fueron instituciones educativas muy importantes. Tu novela rescata esa parte, no es un lugar hostil.

AMD: Este lugar existe, porque el internado está en la colonia del Valle, hay una placa del INBA, porque fue un convento, y luego fue expropiado por Cárdenas para las niñas huérfanas de la Revolución, y este país ahora, en 2018, tiene huérfanos de la guerra del narco, hay un municipio en Michoacán que tiene 3 mil 800 huérfanos, entonces sí creo que cuando estás en una situación vulnerable al que peor le va a Román, por ejemplo, y cuando le va peor es en la calle y no en el internado, en donde sufre abuso, en donde al final decide prostituirse para sobrevivir, entonces sí creo que hay que poner una mirada sobre estos lugares, que no son terribles, y socialmente hay una responsabilidad con nuestros niños, el internado sigue vivo, pero tiene muy poca matrícula ya, el presupuesto que le dan ahora es raquítico, porque a la SEP le cuesta más mantener una escuela así.

JMH: Román es un personaje sumamente interesante, porque a pesar de lo triste que es su historia de niño, lo sórdida que es su historia de adolescente, logra reinventarse de adulto y convertirse en un diseñador, en un empresario exitoso, y que además tiene su personal deseo de venganza.

AMD: Además va a lograr su venganza, creo que como dice Leonard Cohen todos tenemos una grieta, pero es ahí por donde entra la luz, y hay algunas personas que viniendo de estas historias logran construir una vida luminosa, y Román está roto pero está entero, y para mí, que soy una apasionada de la condición humana, y que me cuesta mucho mirar desde el género, por ejemplo, pero aquí hay tres seres humanos con claroscuros, pero él es el que termina mejor parado cuando son adultos, porque eso también es sorprendente, porque uno los ve cuando eran niños y podría pensar que Óscar sería el que iba a salir mejor librado, pero al final te lo encuentras atrapado, incómodo, Román tiene eso, que creo que tiene que ver con el reconocimiento de su sexualidad también, cuando dice estoy roto para siempre, pero asumió que estaba roto.

JMH: Cuando se da el encuentro entre Óscar y Román al principio de la novela te das cuenta quién está roto, pero lo ha asumido y quién no.

AMD: En algún momento dice Román que no sabe si fue una decisión lúcida o si fue el hambre el que lo llevó a prostituirse, el hambre es un motor, y él es al que más se le nota.

JMH: Este transcurrir de niño a adulto los transforma a los tres, en el caso de María la pobreza es algo que la aterra, pero hay elementos dramáticos en la novela, forma parte de ellos, los conforma, pero no es todo de ellos.

AMD: En las escenas infantiles intente mostrar que fueran iniciáticas, pero después cuando los ves de adultos regresan a estos mismos temas, y cuando son niños lo que les ocurre es que tienen experiencias que son al mismo tiempo duras y luminosas, o sea juegan, se ponen a imitar a los artistas, planean venganzas, se enamoran de un perrito callejero, pero después hay escenas horribles, hay abandono, pero todos estamos hechos de esas dos sustancias, y por eso la novela va en esos claroscuros, incluso la propia Ciudad de México, que de pronto es una cosa maravillosa, pero luego es una cosa sórdida y terrible, como un reflejo de la vida.

JMH: La historia de María también es muy interesante, es una niña rebelde y optimista, pero también es la que comete los errores por esta ansiedad de vida, hay una parte en donde ella dice que solo quería salir del orfanato para saber que podía salir. Son tres personajes que se complementan mucho

AMD: Se le desborda, le ganan las ganas, y de adulta es una persona con mucho miedo por el embarazo, por la separación, porque la pobreza puede estar ahí, a la vuelta de la esquina, entonces ya no es una heroína épica sino una mujer muy real, luego toma su decisión, pero en algún momento dice que extraña a esa niña que fue, la que desobedecía y ahí está la pregunta de qué hacer con ese niño que fuimos, porque en realidad todos solo somos lo que pudimos sacar de nuestros paraísos infantiles, al final estás hechos de esos paraísos y de esos infiernos infantiles, ojalá no lo traicionáramos.

JMH: La familia, este entorno en el que todos crecemos y que es necesario pero que al mismo tiempo puede ser muy dañino. ¿Cómo equilibrarlo?

AMD: Yo creo que la familia es un espacio que te puede formar pero también deformar, te deforma de muchas maneras, por ahí en algún texto que escribí y que se titula “La familia, esa traición necesaria”, porque yo creo que para crecer hay que traicionar a la familia, por supuesto hablando desde el interior de la persona, es necesaria traicionarla para después volver a ellos con otra mirada, porque hay un punto en que debes mandarlos a volar, para crecer, para formarte, para enterarte de que estás hecho, para eso nos enamoramos siendo adolescentes, para enloquecer y decir me voy, y luego tal vez no estás listo y te rompes la cara y no te sale tan bien, pero ese impulso de romper con la familia es vital, sino no creces, entonces vuelvo a donde empecé, el violento acto de crecer, si tienes la fortuna de crecer.


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