Carmen Nozal #VocesVioletas

#VocesVioletas es un espacio semanal dedicado a compartir poesía escrita por mujeres de México y Latinoamérica.

Carmen Nozal (Gijón, Asturias, España, 1964) Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y egresada de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Es autora de diversos libros de poesía, entre los que se cuentan: Visiones de piedra, Premio de Poesía UNAM, 1991. Vagaluz, Premio Nacional de Poesía Elías Nandino, 1992. Hacia los flecos del frío, Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos, 1993. El espejo de Luzbel, premiado por la Universidad Veracruzana, 1994. En el reino de la luz y otros poemas publicado por el Ateneo Jovellanos, por ser finalista de dicho galardón internacional.

Está incluida en la Enciclopedia de Escritores Asturianos. Es autora del cortometraje para animación Cuando Mister Cronos perdió el tiempo, premiado por el IMCINE y de la obra de teatro para niños El dinosaurio y la estrella fugaz. En 2018, Zona Cero: 286, fue premiado por DEMAC, como obra testimonial del sismo del 19 de septiembre. Becaria del Instituto de Cultura de la Ciudad de México. Actualmente trabaja como Jefa de Prensa de la Casa del Poeta “Ramón López Velarde”.

A continuación compartimos una breve selección de su obra poética:


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Sed

Tan sólo vaivén,
el mar se rompe en la rutina.

Deja su brazo de aluminio
extendido entre puntos cardinales;
quiere dejar de ser mar,
de ser definitivo.

Tiene cortadas las venas
y un muñón que sangra jade;
es una tinaja de heridas frescas:
nadie lo bebe.

(Del libro Vagaluz, Verdehalago, 1994)


Eternidad

Agua inútil

Agua extraviada de otras aguas

Agua que se está llamando sangre

Que no podrá morir
secándose en la hierba

(Del libro El espejo de Luzbel, Universidad Veracruzana, 1995)


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Palabra interior

El movimiento de las preguntas,
lo funerario de las imágenes,
del nombre: un reflejo amargo.
Lo he buscado en el espejo interior,
en la página del tiempo
y todavía no he visto
ni un vacío
ni un desprendimiento
ni un objeto
ni una sombra.

No he visto la angustia de la palabra cacería
y la he buscado en los sueños,
en los callejones,
en los túneles,
en las cercanías a la inocencia.

Ahora no pienso si he de encontrar algo.
Busco en todo lo que respira
una manera de sobrevivir,
un tesoro que nombra
y se sumerge
y es lluvia
y es invisible.

(Del libro Palabra interior, Uaem, 2000)


Quién si no las moscas pueden mostrarnos el camino

Ahí están, dicen las moscas,
absortas en su danza prehispánica.
Ahí están, insisten murmurando
con un zumbido incesante.

Ahí están, apuntan las moscas como plañideras:
adentro del espanto de esa noche,
adentro del monte arriba
por el que algún día corrieron
cuando eran niños.

Ahí están: los sueños torturados, los pantalones rotos,
un tenis, cuatro plumas, dos carcajadas,
los vestidos desgarrados, una libreta.
Las novias que siguen esperando
se preguntan: ¿dónde están?
Ahí están, responden las moscas
sobrevolando los huesos, el hedor penetrante de los días,
la esperanza mutilada, el silencio que gime como un viento desollado.

Ahí están, todos revueltos, abrazados,
con la juventud brillando bajo los párpados.
Ahí están, ¡vengan por ellos!, dicen las moscas
unidas, haciendo guardia al amanecer.
Ahí están, dicen inquietas, ambiguas, impotentes,
respirando el olor dulzón de la carne amarga.
Ahí están, presentes, los cuerpos
que brillan como pequeñas luciérnagas.

Ahí están, las moscas nacidas de la compasión,
las moscas de la misericordia.
Ahí están, contando lo que pasó
con sus alas turbias y su color azul.

Ahí están, los ojos más tiernos, los más transparentes,
ojos por los que brotan los árboles luminosos.
Ahí están, los rostros llenos de lodo, con el corazón intacto,
las huellas de sus pasos sobre esta oscura piel llamada patria.
Ahí están, sus lenguas besables, sus labios agrietados,
sus cálidas gargantas, su afónica oración.
Ahí están, las frentes inclinadas, bendecidas por sus madres
antes de salir de casa.
Ahí están, los que nunca más volvieron,
calcinados, molidos, dispersados,
aguardando, aguardando.
Ahí están, dispuestos, extenuados,
con relojes de arena y voces invencibles.
Ahí están, con la mirada profunda
y las pestañas llenas de polvo y aves.
Ahí están: los emilianos, los panchos, los chaparritos,
los que sabían leer, los que serían distintos.
Ahí están: las lupes, las citlalis, las juanas y marías,
las artesanas, las costureras, las enamoradas eternas.

Ahí están las moscas que sobrevuelan la verdad.

Y ahí están todos, con el polvo en los huaraches y los puños apretados,
los padres, las madres, los hermanos, los abuelos.
Ahí están los maestros, los albañiles, los campesinos,
las amas de casa con su olla humeante de frijoles heridos.

Ahí están, los mataron, los quemaron, los aventaron
como quien tira un saco de piedras en la orilla del mundo.
Ahí están, dicen las moscas con su rumor de letanía,
recitando los nombres, los apellidos,
la inmensa lista de los que nunca vuelven,
la obstinada legión de los despiertos.

(Del libro Los 43Antología literaria, compilada por Eusebio Ruvalcaba, 2015)


Guerra Civil

“La Tranquila”

murió de mi mano

con la lengua trabada en la garganta.

Lo último que dijo fue el nombre de su hija.

De Etelvina ya no se supo

y en la familia se dio por muerta,

no por desaparecida.

Nadie volvió a hablar de ella.

Una tarde sonó el teléfono.

Dijo: “Sal, estoy en la calle, te quiero conocer”.

Quería su herencia.

Por las escaleras

recordaba a mi abuela,

ahogándose en una palabra.

Segura de encontrar a una perversa,

miré alrededor del parque,

inspeccioné a las señoras.

Me detuvo mi nombre.

La voz retumbaba en mi columna.

Sus ojos verdes eran dos campos

con asturcones cabalgando en la neblina.

“Tía”, le dije,

y la guerra terminó.

Caminamos sobre las hojas marchitas.

La valentía tiene distintas direcciones.

Entonces, pronuncié

el nombre de su madre.

“La agonía es arrepentimiento”,

dijo, consolada, mientras el mar

se asomaba entre cipreses y sauces.

“Si estabas viva, ¿por qué no la buscaste?”

Habían peleado.

“Mi madre me echó de casa”.

(¿La desahució mi abuela?)

Llegaron los aviones ese día.

Caían bombas.

Etelvina, 15 años y el terror

golpeando las aldabas y gritando:

“Ábreme la puerta, madre.”

Mas “La Tranquila”

la dejó en medio de la contienda.

“No tuve tiempo para llorar”.

Mi tía se fue escondiendo en los portales

hasta llegar a las vías.

Sin nada,

se lanzó al vagón de un tren.

Por eso, busca su herencia.

(De República. Parentalia, 2018)


México

 

Al cuñado de Paquita

lo denunció su hermano.

“Esta noche vendrán por ti”,

le dijeron los vecinos

cuando sacaba el ocle de los pedruscos.

Tragó saliva,

se secó el sudor viendo las olas

y encontró un barco a punto de zarpar.

Toda la vida le pasó por su frente.

Con los pantalones arremangados

y el pecho saliendo de su camisa

echó a correr sobre la arena quemada.

A zancadas venían los pensamientos.

Los tres años de su hija

y su esposa por parir.

Entre la muchedumbre,

miró por última vez el cielo.

No había viento, ni nubes, ni aves.

“¿Cómo se quita el sol?”,

dijo, mientras marchaba sin saber a dónde iba.

En la cubierta estaban las mujeres.

Nadie hablaba.

La miseria olía a sal.

Comenzó a oscurecer.

Los disparos salieron de la bruma.

Vio cuerpos lanzarse por estribor

y se escondió en un tonel donde dormían las ratas.

“No pude ir a la guerra”, se dijo

y decidió luchar.

Pensando que las ratas eran fascistas,

sacó valor.

Mientras las estrangulaba

recordó a su hermano.

La traición no tiene cuello.

Es una lengua sin fin.

Ensangrentado y famélico

puso los pies en la tierra.

Arpas y marimbas. El aire cálido.

Las nubes tropezaban por el cielo.

Y él, descalzo,

sin saber a quien decirle:

“Mi hijo acaba de nacer”.

(De República. Parentalia. 2018)

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