Carlos González Muñiz (Ciudad de México, 1980) pertenece a una nueva generación de narradores que han tomado el riesgo de expandir su literatura a otros formatos. En esta expansión, el autor de La jaula de Malik, Todo era oscuro bajo el cielo iluminado y El asombro, ha creado un universo inquietante lleno de personajes entrañables que viven en el umbral de lo cotidiano y lo fantástico.

En su más reciente novela Las almas de la mayoría (La Cifra Editorial, 2018), González Muñiz —quien también co-dirige el proyecto editorial La Cifra— ha decidido poner una especie de punto final a este universo, como una forma de cerrar la exploración de distintas obsesiones temáticas. En esta novela, el autor reflexiona en torno a un dilema de la existencia de los seres humanos: ¿de qué están hechas las almas de la mayoría? Con una prosa diáfana construida en torno al desarrollo de metáforas simples, el escritor explora la pérdida como un tema que atraviesa una circunstancia existencial particular: abandonar los deseos propios para insertarse en el sistema social actual.

El autor realiza una crítica sin condescendencia al medio cultural

Influenciando por la literatura japonesa y la novela gráfica, González Muñiz cruza la frontera de lo cotidiano para acercarnos a un mundo fantástico en donde trabaja una corporación de enanos que tratan de arreglar el alma humana. En este tránsito fantástico, el autor realiza una crítica sin condescendencia al medio cultural en el que vive la clase media intelectual de nuestro país.

Para conocer más a fondo las motivaciones que lo llevaron a escribir este universo, conversamos con el autor para que nos diera su punto de vista como escritor, como editor independiente y como un ciudadano que trata de sobrevivir en la precaria industria editorial mexicana.         

 

¿Cuáles fueron las motivaciones principales para escribir Las almas de la mayoría?

La novela es parte de un proyecto que presenté al FONCA hace algunos años. La idea inicial era retratar en una novela algunas cosas de mi infancia. Crecí en Satélite, en los suburbios de la Ciudad; tenía algunos recuerdos muy específicos de cuando jugaba con una amiguita con rasgos orientales, y algunas otras historias de mi primera infancia, por ejemplo, cuando mi hermano quería pasar la noche en un parque que estaba cerca de nuestra casa. Son fragmentos de mi historia personal que reviví porque tenían que ver con un momento de mi vida: en esa época estaba empezando una familia —cerca de los treinta años— y comenzaba a enfrentarme a la realidad más dura del trabajo. Entonces quería contar cómo se había configurado mi infancia en un suburbio, cómo me había formado para ser escritor —en la adolescencia— y luego cómo esta suma de vivencias llegaban a un momento particular en el que estaba tomando la decisión de formar una familia y de comenzar un proyecto editorial.

Eso quería pero me di cuenta que era muy difícil, porque las ideas que me había formado sobre lo que es ser un escritor o un artista se confrontaron mucho con la cruda realidad, la vida diaria, la rutina doméstica. Todas esas cosas que se empezaron a juntar para hacer una novela autobiográfica se fueron transformando en el proceso de redacción, en las reuniones con los otros compañeros de novela en el FONCA. De tal manera Las almas de la mayoría acabó teniendo algunos rasgos autobiográficos pero no muchos. Y más bien me decidí por un camino hacia lo fantástico, construir una realidad en la que ponía en juego estos problemas: la vocación, la vida de la clase media intelectual en México, y —digamos— el punto al que llega uno siempre en algún momento de la vida: tener la sensación de que traicionaste a tu yo más joven, que te fuiste por un camino que no querías. Esa sensación está en toda la novela.

¿Qué tan difícil es escribir novela en México?

Escribirla no es difícil, el problema es publicarla.  O el problema es, quizá, que sea buena. Porque la formación de los escritores siempre es precaria. Hay escritores que te dicen que nunca hay que ir a un taller; y hay otros que se formaron en talleres, que es la forma más tradicional de hacerse escritor en México.  Una vez que empiezas a escribir, a formarte tus propias opiniones como escritor, y a encontrar tu voz y lo que quieres decir como escritor, ahí es cuando las cosas se ponen complicadas…

Somos escritores que tenemos que buscar trabajo —casi siempre dar clases— mientras buscamos dónde publicar
Aunque tenemos una tradición muy fuerte de escritores en México no siempre nos parecen muy cercanas sus historias de formación: cómo consiguió Fuentes, o cómo consiguió Paz, quién sea, convertirse en un escritor. Y en esa medida, también es muy difícil pensar en que uno puede replicar esa historia. Los grandes escritores mexicanos siempre son excepciones, no sólo en su escritura, también en su ambiente familiar. Estamos hablando de gente que muy pronto pudo viajar, pudo salir del país, y pudo participar en coyunturas políticas y sociales muy tremendas. De pronto a los escritores nos hace falta tener esas historias de vida extraordinarias, excepcionales. Somos escritores que tenemos que buscar trabajo —casi siempre dar clases— mientras buscamos dónde publicar, que nos lean, y que las editoriales a las que vamos no sólo nos publiquen sino que nos promuevan en otros lugares, que vendan los derechos de nuestras obras, etcétera.

Si uno compara el funcionamiento del sistema editorial en otros países, nos damos cuenta que en otros países apuestan siempre por las nuevas voces, muy pronto los publican editoriales importantes y en pocos años están traducidos a diez o quince idiomas. Y eso no es algo de privilegiados, es el funcionamiento natural del sistema editorial. Y nosotros no tenemos algo así, es un medio muy precario que refleja la situación de los países latinoamericanos. Escribir en sí mismo no es lo difícil, lo difícil es que se convierta en algo relevante.


En Las almas de la mayoría hay una crítica sin condescendencia del medio literario y del medio académico. ¿Cuál es tu opinión del funcionamiento de estos medios?

El académico en particular es un medio del que reflexionamos poco, y que me interesa mucho. De los medios académicos y artísticos surgen los discursos. Lo que leemos, lo que escuchamos, lo que consumimos en general, proviene de todos esos productores de contenidos: diseñadores, escritores, cineastas… Poco nos ponemos a pensar cómo viven, qué desean, cuáles son sus angustias, no sólo sus angustias creativas que son muy interesantes, también sus aspiraciones sociales. Porque tener una maestría, un doctorado, publicar una novela, que te inviten a una feria del libro en el extranjero, además de ser logros de carrera, tienen algún impacto en tu clase social, en tu prestigio social, en tu capital cultural, como le llamaba Pierre Bourdieu. Además de lo que tú puedas lograr como investigador o como escritor, también es una carrera por escalar socialmente.

Esta es la única manera que tenemos las clases medias ilustradas para salir
En México, y en muchos otros países con sistemas y sociedades similares, ocurre en el medio académico lo que se llama turismo académico, en realidad los académicos están buscando a qué congreso ir sin importar si repiten la misma ponencia, sin importar si los estudios que están haciendo han sido ya superados en algunas otras latitudes. Lo importante es viajar, lo importante es que la universidad te pague el avión, que puedas decir “fui acá y allá”. Porque no hay otra manera de movilidad social en países como los nuestros, a mí lo que siempre me ha llamado la atención es que muchas veces el contenido pierde relevancia, muchas veces es más importante publicar con una editorial grande sin importar qué, o viajar a un congreso internacional sin importar qué es lo que vas a presentar. Es bastante comprensible, porque vivimos en una sociedad que comprime las posibilidades económicas de los individuos. Esta es la única manera que tenemos las clases medias ilustradas para salir —porque somos pobres económicamente, realmente—. La única manera de tener algún cambio social es a través de becas, estímulos, y el prestigio que uno pueda acumular.

¿Para un escritor actual el prestigio sigue siendo importante?

Sí, cada vez más. Debe de ser una de las principales razones por las que la gente decide ser artista. El prestigio es de lo que vive en gran medida el mercado editorial. Tú puedes publicar un gran libro y si no está publicado en una editorial con prestigio es difícil que un lector lo encuentre. Es difícil convencer a un librero, a un editor, a un lector o a un distribuidor de que vale la pena por sí mismo.

Quizá sea un lugar común decir que el prestigio es lo que más buscan los escritores, yo te diría que los escritores de nuestro tiempo dedican una parte proporcional muy grande de su tiempo a la construcción de una personalidad, de una imagen pública, y la otra mitad a escribir. No quiere decir que sean malos escritores, sólo quiere decir que hay una relevancia en esto y hay que hacer un proyecto de imagen además de un proyecto literario. No creo que esté mal, en el sentido de que los escritores también son portadores de mensajes, tienen algo qué decir, idealmente. Si no hay una proyección de este discurso con fuerza, con personalidad, con carisma, es difícil que el mensaje llegue, lo que yo veo que ocurre muchas veces es que el medio privilegia la personalidad sobre la obra.

Algunos escritores de nuestra era dedican una parte importante de su tiempo para construir su personalidad…y la otra mitad a escribir

Sin duda los escritores buscan prestigio, muchas veces en un medio precario como el nuestro, en países pobres, como el nuestro, la única manera en la que no hay que invertir para poner un negocio, o para estudiar una carrera o para hacer estas grandes inversiones económicas que uno tiene que hacer en su propia vida para poder salir de la pobreza es siendo académicos, escritor o artista. Para escribir un libro sólo necesito escribirlo, no necesito otra cosa. Quizá es una de las más grandes ilusiones de la posmodernidad, pensar que uno puede conseguir fama y prestigio sin invertir casi nada, sólo escribiendo.

¿Y qué se necesita para invertir en construir una editorial?

Primero, una gran ingenuidad. Sí, pensar que es factible convencer al público de que uno tiene una voz particular que sobresale en el mar de la oferta cultural y del entretenimiento. Primero se necesita eso, y luego tener la claridad de que uno está haciendo muchas cosas a contracorriente. De que ser un editor independiente, igual que ser un escritor independiente, implica una labor muy fuerte de convencimiento y de persistencia y de permanencia. La mayoría de los editores, escritores y artistas, se quedan a la mitad del camino porque nunca consiguieron atención, nunca consiguieron un editor, y los editores que nunca consiguieron financiamiento o apoyo institucional.

Regularmente, lo que pasa con esos escritores o esos actores culturales es que perdieron la paciencia, que es muy fácil hacerlo. No persistieron porque es muy difícil persistir en un entorno como éste, en los grandes corporativos tienen a las grandes voces de la literatura mexicana. Pelar con esos monstruos parece francamente imposible, la posibilidad de ofrecer libros distintos, autores distintos, a un público que ya está moldeando de cierta manera y tiene los gustos dirigidos a ciertos espacios ya de antemano, es difícil. Creo que se necesita perseverancia en todos los casos, creo que si uno trabaja todos los días en algo, en un libro, en una editorial, en un proyecto, eventualmente algo va a pasar, bueno o malo. Pero algo va a pasar.

Ahora que hablamos de ir a contracorriente —y regresando a tu novela— me interesa tocar el tema de la literatura fantástica. ¿Escribir desde el género fantástico es ir a contracorriente ante el mercado editorial?

Ahora menos que antes. Desde hace algún tiempo, un par de décadas atrás, hay autores —de talla internacional—  que han logrado convencer a los lectores. Me parece que desde Kafka no habíamos tenido a un autor internacionalmente aceptado que escribiera cosas tan extrañas como Murakami. Y que fuera al mismo tiempo muy leído, desde Kafka no había alguien que escribiera cosas tan enrarecidas. A Kafka no lo leyó nadie, y por eso muchos decidieron no escribir así, pero Murakami sí logro establecerse en el mainstream y en el mundo del bestseller.

Murakami nos mostró que era posible hacer cosas extrañas y aun así vender. Otro caso, en el cine, es David Lynch. Y uno empieza a ver que ellos tuvieron sus maestros, Murakami se puede explicar también por David Lynch, y éste se puede explicar por autores japoneses como Kenzaburō Ōe, que se puede explicar por Borges, y Borges por Kafka, y Kafka por autores del siglo XIX como Potocki. Así uno puede establecer una genealogía gracias a esos autores que alzan la mano y hacen lo que les viene en gana y se arriesgan a crear universos en donde las leyes son las de lo extraño.

En México —no lo he dicho yo, lo han dicho autores como Mario Bellatin o Mario González Suárez— la tradición de lo fantástico ha sido muy menor. Algo que pasa también con la tradición del cómic o la novela gráfica. Son tradiciones a menudo rezagadas, hechas a un lado, porque en México lo que importa, lo que ha importado siempre, es hacer realismo social. Es mucho más fácil vender un libro policiaco muy violento, o vender un libro con trasfondo político como el último premio Alfaguara que vender una historia rara como Salón de Belleza de Mario Bellatin. Sí hay los raros o los extravagantes en la literatura mexicana, siempre los ha habido. Ahora creo que al tener una oferta tan variada de géneros y de subgéneros hay un público mucho más abierto.


¿Por qué decidiste emprender la novela a partir de lo fantástico?

Por una predilección personal, me gusta mucho la literatura que se arriesga no sólo en términos de contenido, para mí los libros que más me han significado han sido los libros que tuercen lo real, que lo deshacen y lo vuelven a armar de una manera distinta. Me hace mucho más sentido que la literatura realista. Desde que me formé como lector, desde que estudié literatura, lo que más me llama la atención son las obras que te retan y quiebran tu percepción del mundo.

Eso es lo que he estado buscando no sólo en este sino en los otros libros que he escrito. Además de que la historia lo pedía, se fue para allá. Traté, en este libro en particular, de darle vida a la simpleza de las metáforas, digamos entender lo que la gente piensa y siente de una manera muy simple, básica —y triste—, cuando está buscando el sentido de su vida. En ese sentido, uno hace comparaciones muy sencillas como “siento que me hundo”, “me está lloviendo muchísimo”, y esas cosas me interesaba sacarlas del idioma coloquial, convertirlas en escenas en las que llueve pero esa lluvia abre una puerta de comunicación a lo sobrenatural. No es una novela de fantasmas pero traté de armar un mecanismo fantástico distinto al realismo mágico, distinto de lo real maravilloso, que pudiera generar una atmósfera extraña, inquietante, sin sacarnos de los problemas mundanos, domésticos de la vida.

En este sentido de riesgo, me llama la atención que la novela tenga un epílogo en formato de cómic. ¿Cómo dialogan estos dos formatos? ¿Y por qué decidiste hacerlo así?   

Desde la primera novela que publiqué —en realidad eran tres novelas cortas que publiqué en Tierra Adentro— me ocurre que cuando escribo las historias empiezan a crecer mucho. Supongo que es lo normal, cualquier novelista si no tiene historias que crecen no puede ser novelista, puede ser escritor de otras cosas pero no novelista. Mis historias se multiplican, hay que hacer una labor de edición con esas historias, y muchas veces algunas se quedan fuera. Desde la primera novela he tratado de dejar lo menos posible, entendiendo sin embargo, que no todo puede ser parte de la misma historia. Entonces en esa primera experiencia narrativa hice tres historias de las cuales se desprendían tres subhistorias. Una de ellas la convertí en el guión de una novela gráfica pequeña, y otra de ellas está en el propio volumen en la forma de un cuento.

No le pido al lector que lea la totalidad del universo que he creado para ciertos personajes, pero sí lo ofrezco como una posibilidad, porque es verdad que cuando uno crea una novela se generan ciertas leyes, y esas leyes aplicándolas a distintas cosas generan otras historias. Nunca he querido perderme la oportunidad de ver qué pasa con eso que ha ocurrido en un libro, me interesa llevarlo a otras partes. En mi novela Todo era oscuro bajo el cielo iluminado había otras historias paralelas que ocurrían después de lo que pasa en el libro, y había un mapa en el que se podía saber que pasaba luego de que conocemos el final de la historia de los personajes protagonistas, eso lo puse en una página y el lector podía continuar la experiencia.

Esta idea de la experiencia continuada también la quise hacer en Las almas de la mayoría en forma de cómic, porque ahora me interesa mucho ese género no sólo como escritor sino como editor. Estoy aprendiendo a escribir guiones de novela gráfica. No se parece en nada a escribir una historia para una novela, la narrativa es fragmentada, uno no tiene el control de todo, además de que el ilustrador es un coautor en toda la extensión de la palabra…

Quería llevar más allá la experiencia de escribir un cómic, la propia novela me trajo la necesidad de contar una historia extra. Me pareció que la mejor manera de contar esa historia era a través del cómic. Sí, es una exploración de lo fantástico menos condescendiente.

¿Qué opinas del desarrollo de la novela gráfica en México?

Actualmente la novela gráfica está en un muy buen momento, no sólo en México sino en otros países que no eran tradicionalmente productores de novela gráfica. Fuera de los grandes núcleos de la novela gráfica como Estados Unidos, Francia y Japón, los otros países no tenían en sus panoramas editoriales una apuesta clara por la novela gráfica. Pero eso ha cambiado, ahora hay un interés creciente de los lectores, de los creadores —escritores, dibujantes— y de los editores.

En México con los cómics pasó como con el cine, hubo un momento en que eso que se había conseguido como industria se perdió
Por supuesto en México, a diferencia de otros países, la novela gráfica no sólo se tiene que abrir paso con los lectores, se tiene que abrir paso con los editores. Y ahí es donde la cosa va mucho más lenta que en otros lados. México no es nuevo con los cómics, tenemos una tradición bastante robusta; aunque al igual que lo que pasó con el cine mexicano, hubo un momento en que eso que se había conseguido como industria se perdió, después de la quiebra de editoriales como Novaro y la desaparición de cómics como Memín Pinguín, La familia Burrón, Fantomas, todas esas historietas que realmente generaban lectores.

Pero estamos empezando algo nuevo —desde los noventas con El gallito inglés—. Esa gente que todavía hoy promueve la novela gráfica se está juntando con iniciativas como La Cifra Editorial, Sexto Piso, o Resistencia que viene de esa generación de los noventas. Nos estamos enfrentando al reto de convencer a los lectores de que la novela gráfica es un medio relevante, y convenciendo a los libreros de que abran más espacios para su distribución. Soy optimista con el panorama futuro de la novela gráfica en México.

Respecto a tu escritura, ¿cuáles han sido los autores que más te han influenciado?

Desde el primer libro La Jaula de Malik hasta Las almas de la mayoría tengo una inclinación muy fuerte por la literatura japonesa, o lo que entiendo por literatura japonesa: lo que uno puede leer en traducciones o lo que uno puede saber estudiando un poco el idioma. Los autores japoneses que he podido leer han tenido mucha influencia en mí: Kenzaburō Ōe, Murakami, Kawabata, Mishima… Digamos, los poquísimos que se han traducido al español, todos los he incorporado a mi trabajo porque me gusta la sutileza y la manera en que tienen de introducir en un mismo flujo lo real y lo fantástico. Sin estos conflictos con que la literatura occidental aborda lo fantástico. Y no me refiero a un conflicto negativo, sino al choque entre lo real y lo fantástico que define a la literatura fantástica: el enfrentamiento con el fantasma, con el umbral extraño que te va a llevar a quién sabe dónde. Todo esto para la literatura japonesa no es así, es parte todo de lo mismo. Los japoneses pasan con tranquilidad de un universo a otro, de un piso a otro de la experiencia humana.

Pero mi experiencia con lo japonés no se limita a escritores. También me ha influenciado el anime. Y el cine de Miyazaki, desde que lo conocí cuando se estrenó en México El viaje de Chihiro en 2001 fue algo que me cambió la perspectiva de las cosas, es una de mis referencias más importantes.


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