Rigoberto López Pérez, el poeta magnicida

La poesía de Rigoberto López Pérez estaba cargada de futuro y muerte. Este joven poeta fue el asesino del dictador Anastasio Somoza.

“Una bala me ha alcanzado/ he caído al suelo con una oración”, así comienza el poema “Confesión de un soldado” escrito por Rigoberto López Pérez, quien fuera el asesino del dictador Anastasio Somoza García. En este caso, la poesía estaba cargada de futuro y muerte.

El complot para asesinar al presidente de la República de Nicaragua tuvo su momento culminante la noche del 21 de septiembre de 1956. Anastasio Somoza celebraba otra nueva designación como candidato a la presidencia de su país durante un lujoso baile en la Ciudad de León. En esa fiesta, Rigoberto López Pérez descargó cinco tiros sobre el político que mantenía 20 años de reelecciones en el cargo.

Cuatro balas recibió a mansalva Anastasio Somoza. Una de ellas llegó hasta la base de la columna, provocándole una parálisis inmediata. Otra le fracturó el brazo para alojarse en el hombro. Otra más pasó a la altura del hombro sin causar mayores estragos. Y la cuarta le perforó el tórax, causándole un daño irreversible. La quinta bala se perdió en el aire.


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Aunque sobrevivió al ataque, el dictador sólo vivió ocho días más.  El 29 de septiembre terminó su agonía en un hospital militar de la base naval de la armada estadunidense, en el Canal de Panamá. Ahí encontró la muerte el padre de la dinastía más sangrienta de la historia de Nicaragua.

28 años de edad tenía Pascual Rigoberto López Pérez, el joven leónes que disparó contra el general de la Guardia Nacional y presidente de la República, de 60 años de edad.  López había logrado burlar la escolta del dictador, la cual se encontraba relajada por los efectos del alcohol y el bullicio de la fiesta. Bajo esta circunstancia, el joven poeta logró colocarse a unos metros de su víctima sin que nadie sospechara nada. El revólver calibre 38 lo llevaba escondido entre la cintura y el pantalón azul oscuro que vestía aquella noche.

Después de los cinco disparos que sonaron alrededor de las 9 de la noche, el obseso dictador cayó hacia un costado de la mesa donde leía un periódico local que un periodista leonés le mostraba. No fueron los únicos disparos que sonaron esa noche, el magnicida recibió más de 30 de los guardaespaldas, quienes buscaban reparar con tal saña su descuido.

Este fue el fin del joven magnicida, quien dejó algunos poemas mal logrados en los que mezclaba su fervor patrio y sus deseos de justicia. En su poesía, rescatada décadas después por los sandinistas, expresaba su odio por el tirano y la sed de venganza que lo regían, con una marcada obsesión por el tema de la muerte.

Los sandinistas, una vez que llegaron al poder, se encargaron de honrar la memoria del poeta magnicida mediante diferentes acciones, entre las cuales fue haber bautizado el estadio principal de Managua, así como varias calles, mercados y escuelas del país con su nombre. Bajo este discurso, ahora oficial, Rigoberto López fue erigido como una especie de martir. Sin embargo, a la postre, muchos historiadores sólo le conceden el haber sido un vengador solitario.

No obstante, el poeta no actuó de manera solitaria. Fue miembro de una agrupación política que tenía como fin asesinar al dictador. En el grupo, Rigoberto López no era el único con tendencias poéticas. También se encontraba otro joven poeta, Ewdin Castro Rodríguez, quien era un poeta más logrado que su compañero.  

Hijo mayor de cuatro hermanos, Rigoberto López Pérez, es fruto de las relaciones de su madre Soledad López Calero, vecina del barrio de El Calvario de la ciudad de León, mujer sencilla y hacendosa, con el médico Julio Barreto, profesional muy conocido en la ciudad.

Para los amigos de vecindario y para la mayoría de los que lo conocían en León, Rigoberto era un muchacho moreno, de buena estatura, sano, fuerte, amigo cariñoso, contador comercial y taquimecanógrafo, compositor de canciones románticas, músico violinista del conjunto “Buenos Aires” , un poco sastre, tipógrafo y colaborador frecuente de los diarios “El Cronista” y “El Centroamericano”. Después del magnicidio, este joven afable fue conocido como “el sicario”, mote que recibió de la prensa.

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