El justiciero de mallas plateadas. A 100 años del natalicio de Rodolfo Guzmán Huerta

"El cine del Santo es un absurdo, pero un absurdo que vale la pena, un absurdo que, como todos, tiene un origen, pero no un destino definido, un absurdo que a final de cuentas, como el arte todo, es producto de su tiempo", escribe Gerardo Miranda, para conmemorar el natalicio de una de las figuras más icónicas de la cultura popular mexicana

Por Gerardo Miranda

El México de la posguerra experimentaba cierto auge económico, por consiguiente, la industria cinematográfica apoyada por los vecinos del norte, fue depositaria de los beneficios de una incipiente economía. El Milagro mexicano, artífice de la llamada “Época del cine de oro“cuya temática era tan variada como los presupuestos y la calidad de los filmes, desde retratos sublimados e idealizados de la vida campirana, hasta versiones nacionalizadas de clásicos del terror literario como el Conde Drácula, o el Conde Brácola, versión cutre del vampiro de Transilvania, pasado por el tamiz del lente cinematográfico del cine de luchadores.


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No obstante, a falta de nuevos héroes, no impuestos por el régimen y los libros de historia como propaganda política, fue que la cinematografía mexicana encontró en la lucha libre la mejor opción para rescatar la antiquísima lucha entre el bien y el mal, siendo el triunfo del primero, condición sine qua non para llevar a buen término cualquier filme de enmascarados.

Si bien la el deporte del pancracio  llega de manera oficial a nuestro país en los años treinta, cuando tiene lugar la primera función de lucha libre auspiciada por Don Salvador Lutteroth (fundador de la Empresa Mexicana de Lucha libre, actualmente CMLL), no es sino una década después cuando la imagen de los luchadores puede ser reproducida en el celuloide.

Es en el año de 1942, bajo el título de Santo contra hombres infernales. El máximo ídolo de la lucha libre mexicana hace su aparición en la pantalla grande. si bien, los filmes no han permanecido en el inconsciente colectivo gracias a su calidad, también es innegable que el personaje logró trascender toda crítica o manipulación comercial para convertirse en un mito fílmico tal vez tan grande como Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, Tin Tán o María Félix, aunado a su popularidad en el cuadrilátero y sus no menos importantes apariciones en la ya famosa historieta Santo el enmascarado de plata, de Ediciones José G. Cruz, cuyos tirajes eran de varios millones de ejemplares por semana.

Todo lo que ha sido arte de altos vuelos, según Carlos Monsiváis, fue en su momento arte popular y viceversa. Es decir, El arte no es un concepto univoco, es una definición en construcción constante, delimitada por su espacio / temporalidad.  La concepción o incluso la conciencia de la creación artística, no es la misma en la actualidad, que, en la edad media, el renacimiento, o en la prehistórica Altamira.  Toda obra artística tiene una intencionalidad y es aquí donde me pregunto si los filmes del enmascarado de plata tuvieron una intención creadora o sólo puro divertimento.

El comentarista deportivo conocido como “El mago Septiem” decía durante las funciones transmitidas por televisión: La lucha libre es una locura, pero una locura que vale la pena.

Si bien las películas del Santo, son consideradas por muchos, y creo que el término se utiliza muy a la ligera, surrealistas, los directores, puedo asegurarlo, nunca rodaron con la intención de presentar películas cuyo origen se base en los sueños, el inconsciente y el marxismo. El único surrealismo existente en esas obras es a todas luces involuntario, una manufactura que decanta en el absurdo, la ingenuidad, coronada por una edición de lo más cutre. El comentarista deportivo conocido como “El mago Septiem” decía durante las funciones transmitidas por televisión: La lucha libre es una locura, pero una locura que vale la pena. Pues bien, el cine del Santo es un absurdo, pero un absurdo que vale la pena, un absurdo que, como todos, tiene un origen, pero no un destino definido, un absurdo que a final de cuentas, como el arte todo, es producto de su tiempo, no obstante, en tanto que arte popular, la expresión necesaria de los barrios bajos, el arte hecho sin pretensiones, el arte que no tiene cabida en museos y galerías, porque quizá tampoco le interesa, es el más vivo, el más cambiante, puede tratar de analizarse, de entenderse, pero si pasa cierto tiempo deja de ser un fenómeno y puede irse tan pronto llegó, no por moda sino porque al tratar de limitarlo, de catalogarlo, de reducirlo a conceptos y definiciones, inevitablemente se escurre de las manos como un puñado de agua.

Existen tres personajes icónicos dentro de la cultura popular mexicana. La virgen de Guadalupe que engloba, no sólo la religiosidad católica, sino también, una marcada preferencia por el pensamiento mágico tan presente en nuestros esquemas mentales desde tiempos prehispánicos y que ejemplifica la religiosidad toda del mexicano, la superstición, la fe ciega, no solo del catolicismo, si no de cualquier expresión religiosa.

Pedro infante, que no sólo representa al charro bicolor de pantalla grande, al hijo y nieto defensor a ultranza de un matriarcado de celuloide afianzado por el machismo a todas luces castrante, cuyas respuestas, antes que interrogantes, frente a la autoridad paterna se reflejan en el: si papacito o si mamacita, alejados del coloquialismo adornado con nopales y salpicado de tequila.

Y por supuesto, el personaje que nos compete. Un hombre enmascarado tal como se le describe en una de sus más conocidas películas: Santo contra las mujeres vampiro antes de esfumarse de la pantalla. Cito:

“Un rostro de plata, un enmascarado, un ser de extraordinaria fuerza y bondad dedicado a servir al bien; que está dispuesto a enfrentarse a las fuerzas del mal que aprisionan”

Más allá del bajo presupuesto y de los pobres o nulos efectos especiales, el rechinar de unas llantas sobre el pasto, el alienígena con forma de sábana remendada, o la fuerza de unas piernas para detener una avioneta en pleno despegue; la figura del Enmascarado de Plata, forma ya, parte de la idiosincrasia nacional, la consolidación de la utopía justiciera con capa y lentejuela, la fuerza recubierta con raso satinado y mirada penetrante, el adversario perfecto para la llorona, el héroe que lo mismo dedica y firma máscaras con errores de sintaxis,  que tunde a villanos de ultratumba de allende la estratosfera, o de calzón y botas sobre un ring, sin dejar de lado la amabilidad y el sentido del deber.

Una sociedad melodramática barroca y surrealista: la mexicana, es el receptáculo por antonomasia, el caldo de cultivo para un espectáculo de tal envergadura. Donde un enmascarado, un hombre sin rostro es el elegido para confrontar el mal, sin temor ni consecuencias, es decir, un ente sin rostro que libra al hombre común de enfrentarse con las consecuencias de sus propios actos. Una fórmula mágica con músculos y botas para enmendar lo sin remedio y apuntalar lo desvencijado. Una manera más, aparte del humor, como bien lo señaló Octavio Paz, para darle la vuelta a nuestra realidad. No obstante, y ahí radica lo maravilloso del personaje, es que Santo, el enmascarado de plata, super héroe palpable, también fue encarnado por un hombre de hueso, carne y mallas ajustadas: Rodolfo Guzmán Huerta.

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