El Rigo Cohen | Cuento contemporáneo

"Fue un hecho muy curioso, pues apenas unas calles antes de llegar al parque, una mujer en situación de calle me había interceptado: ¡Rigo Tovar, regálame un varo!" Presentamos un cuento del escritor urbano Lauro Cruz Sanchez

Por Lauro Cruz Sánchez

Lo busqué de varias maneras. En las madrigueras de los inadaptados, por las calles atestadas de indolencia. Entre la gente, convertida en bruma. Es asombrosa la cantidad de pordioseros que deambulan por la ciudad como fantasmas atemorizantes, cargando su derrota, que es como una gruesa lámina de plomo en sus espaldas. Algo en mi interior me inducía a realizar una historia sobre pordioseros. Ninguno llamaba mi atención: hasta en ese renglón de la vida hay niveles.  Sin embargo, fue él quien me encontró.

Sentado en una banca, el agua de la fuente danzante me obnubilaba, con la mente atrapada en sus movimientos rítmicos: ora coordinados, ora simétricos, formando figuras caprichosas. Yo tomaba notas en mi cuaderno.

Hacía rato que él me observaba como a un bicho raro, con insistencia y curiosidad, a un costado mío, con el cuerpo doblado. Decidí ignorarlo. Instintivamente me llevé una mano al bolsillo del pantalón y la otra al pecho. Mi celular y la cartera estaban en su lugar. Le ofrecí una moneda. De repente dijo, sin tomar el dinero, señalándome:

−Rigo es amor −reía con cara de idiota−, bueno, fue amor −corrigió; su sonrisa no desapareció.

Fue un hecho muy curioso, pues apenas unas calles antes de llegar al parque, una mujer en situación de calle me había interceptado: ¡Rigo Tovar, regálame un varo!

−¿Otra veeez? Sí, carnal −respondí, extrañado−, Rigo fue amor, pero yo no soy él. ¿Conoces a Leonard Cohen?

−¿Quién es ese güey? Guarda tu moneda, mi hermano, no vengo a pedirte dinero, tampoco a robarte −se sentó en flor de loto frente a mí. Alcancé a percibir un olor a rancia humedad que su persona exhalaba−, ¿qué escribes?

−Hago historias de la ciudad, de personajes urb…

Tuvimos un sirenito, justo al año de casados −me interrumpió y cantando con su inocente sonrisa en la comisura de los labios. Dos ventanas se descubrieron en su boca. Me señaló su dentadura−, Je, je, me los tumbé de un putazo… un borrachazo… un güey se quiso pasar de verga… no sé, ja, ja… ¿Encuentras mujeres, en el agua, cuando el viento la empuja?… Disculpa… Soy Joshua.

Me tendió la mano. Parecía que su existencia se sostenía de un hilo invisible. Las costras de mugre refulgían al sol; la suciedad, en sus uñas. Su trato afable y su expresión infantil eliminaron mi asco al saludarlo. Su manera de hablar, rápida y alegre, me intimidaba. Sus palabras fluían sin tartamudear, no era como otros pordioseros o borrachos que había escuchado antes. Su delgada y desgastada camiseta mostraba ufana un par de tatuajes en ambos brazos. De un lado, la Santa Muerte, rematada en la parte baja con el nombre “Martha”, sobre el dibujo de un listón rojo, curveado. En el otro brazo, en su parte interna, un colorido vikingo-muerte, espada en mano, amenazaba al parque con furia en el rostro. A los pies de éste, otro nombre: Elena, con letra gótica.

Mis temores de ser asaltado desaparecieron ante aquel blanco rostro de niño. Debió haber sido de buena familia, pensé. Sentí su piel suave, a pesar de las manchas en ella. Algunas jóvenes transeúntes, al pasar a nuestro lado, no disimulaban su desconcierto al observar sus largas y maltrechas rastas, su cabeza a rape del lado izquierdo y sus dos aceitunas en los ojos.

Una bolsa plástica grande le servía como maleta; en ella guardaba su pequeña cobija, una chamarra y algo de comida. Intentó convidarme arroz y pollo que guardaba en otra bolsa de plástico. Sus movimientos torpes hicieron que el arroz cayera al suelo. De un manotazo levantó la comida y la ingirió; otro tanto lo aventó hacia un costado. Algunos pájaros se acercaron a consumir el regalo. Una paloma se posó en su pierna y luego sobre su mano. Comió el bolillo que Joshua le ofreció.

−¡Hola, Ofelia! ¿Ya me extrañabas? −mi asombro y admiración hacia ese curioso personaje iban en aumento.

−Saluda al señor ¿qué? ¿Cogen? −estiró el brazo, hacia mí, con la paloma picoteando el pan−, ¡Naahh!! ¡Tú eres Rigo!  Bueno, ni tú ni yo: ¿Rigo Cogen, va? −Su carcajada opacó el ruido de la fuente, su semblante se tornó más amable─. ¡Oh, qué gusto de volverte a ver!, ¡Oh, qué gusto de volverte a ver!

−Leonard Cohen, con “h”…

Ni un solo trazo de su rostro se estremeció. Su semblante ignoraba al mundo. Sin hacer caso a mi aclaración, sacó de entre sus ropas una botella de Tonayán y apuró un gran sorbo. La bebida fue un gancho al hígado. Hizo un gesto de horror.  Instintivamente me la ofreció, mientras agachaba la cabeza y movía la cabellera. Limpió bruscamente su boca con la mano sucia. Dejó a la paloma en el suelo, para que comiera junto a las otras aves.

−No, gracias, carnalito, esa madre me puede provocar aborto −él parecía no escuchar, no dijo nada, más bien cantó, riendo:

Mi Matamoros del alma, nunca te voy a olvid… Siempre me cayó bien ese cabrón… ¡Qué bueno que escribas!… me gusta la gente así… Yo escribía poemas en el reclu, pero ya no… Mi pareja dice que abajo del suelo de la fuente hay muchas vergas escondidas… ¿Ves aquel chorro de en medio?, es la verga más gruesa y potente… mira qué alto llega… Naaahh!, ese güey encuentra vergas por todas partes… Es mi pareja, allá me está esperando… en la parte baja ─me señaló un lugar del parque─. Soy gay… no me da pena decirlo, ¿no, brother? ¿Te saca de onda que sea gay, bro?

Sus ojos grandes y puros penetraban mi asombro. Sólo me limité a escucharlo, a negar o afirmar con la cabeza. Tampoco le importaba lo que yo pensara. Continuaba con su monólogo:

─Yo soy un hijo de puta que me vale verga la vida, ja… Mira, ni zapatos uso, sólo calcetines… ¡Naahh!, ¡Vale verga!

─Otra vez que venga al parque te voy a contar una historia sobre borrachos ─procuré ser amable; era grato escucharlo─ ¡Ah!, y también te traeré unos zapatos que ya no uso, están en buen estado, mi hermano, yo creo que si te quedan.

─Naahh, pinches zapatos… ─Agachó la cabeza, mirándose los pies─. Así estoy más en contacto con la tierra… con mi mundo… con la banda… ─Súbitamente se puso de pie.

─¿Me aguantas? Voy al OXXO… Te encargo mis cosas, ¿no? ─sacó de su bolsillo un billete de doscientos pesos y, sin esperar mi respuesta, se encaminó hacia la tienda, cruzando la avenida. Las aves alzaron el vuelo.

Al quedarme solo me invadió un leve sentimiento de impotencia afectiva, volví a contemplar los chorros de la fuente. Ahora imaginaba muchos falos alineados en círculo, eyaculando rítmicamente, formando olas y perfiles claros de curvas de mujer. Al centro de la fuente, podía ver con toda certeza que un falo invisible, de enormes dimensiones, eyaculaba con gran fuerza, como el novio de Joshua decía.

Los rayos del sol parecían arder en los adoquines del parque. Para contrarrestar sus efectos, dos pordioseros, ebrios o drogados, jugueteaban con el agua, hasta quedar totalmente empapados. Reían cuando el agua caía sobre sus cuerpos.

El chico no tardó mucho. Sin decir una palabra, me entregó una barra de chocolate y un refresco. Tomó asiento como la primera vez. Extrajo de una bolsa de plástico dos hot dogs y me regaló uno. Comimos de buena gana. Él bebía su aguardiente.

Entre brumas, me contó que venía huyendo de la justicia de Sinaloa, por vengar la muerte de su hermano. Hacía cinco años que vagaba por la ciudad.

─¡Naaaahh, todo vale verga!, Dios, mi familia, el mundo… sólo mi Flaquita no me abandona ─me mostró su brazo.

De repente, se puso de pie, despidiéndose.

─Ya me voy… voy con mi novio… se llama Alfredo ─me extendió nuevamente la mano.

─Toma. Mira ─ahora le ofrecí un billete. Me lo recibió─, los hot dogs los invito yo; el chupe se te está acabando. Aproveché para aclarar, en broma─ Oye, que conste que no soy Rigo, ¿eh?

Dio media vuelta y se encaminó con paso inseguro hacia el fondo del parque, gesticulando en medio del atardecer. Volteó sólo para señalarme con el dedo índice y volver a cantar: “Aquel día que tú me dejaste…”, el viento abrigó su risa; el sol, su libertad. A su paso, dejaba caer tras de sí migas de pan. Caminaba en zig-zag, seduciendo a varias aves que lo seguían.

Lo vi alejarse con el sol en la piel y la botella en la mano. Adornaba su andar con movimientos de cadera. Embelesaba a las aves con el candor infantil escondido bajo el esplendor de su blanca piel. Sus brazos presumían los tatuajes a los árboles y nubes.  Sus calcetines, ocultos tras su raído pantalón, hecho jirones, a media nalga, parecían no rozar el suelo. Sentí envidia de aquel personaje. Su sinceridad me produjo una súbita sensación de frescura Su desfachatez ante la vida me conmovió; su descarada independencia, me cautivó. Y yo allí, soportando mi puta conciencia mustia.

Empinó la botella hasta el fondo, colocó la tapa, para después lanzarla hacia lo más alto de un árbol. El objeto quedó atrapado entre las ramas. Dio un giro repentino sólo para gritarme: ¡A huevo! ¡Soy la verga!, y luego seguir su camino. Alzó la mano libre y siguió contoneándose. Nunca supe si bailando con Rigo o saludando a su pareja, que se veía a lo lejos. Me recordó al oso Balú, en El libro de la selva.

Al llegar a casa, me sentía invadido por un gozo infantil, una alegría delirante, como en los días de fiesta. Conté a mi mujer los pormenores de mi encuentro con aquel pordiosero. Se sorprendió al verme caminar sin zapatos sobre las losetas, contrariamente a mis costumbres.

─¿Y ahora, qué te pasa, Rigo Cohen? ─clavó sus ojos en mí, sin poder ocultar su sarcasmo─ ¿Andas buscando un resfriado o qué? ¿Cuántos años dices que tiene Joshua?

─Veintisiete, ¿por qué?

─Su caparazón de acero lo vuelve inmune a muchas cosas; a tu edad, el tuyo es de gelatina. Anda, ponte las pantuflas, chistoso.

Obedecí, pues le asistía la razón. Sin embargo, la próxima vez, sus advertencias no me impedirían sentir aquella libertad bajo el chorro del agua ─¿o era semen?─ de las vergas ocultas, sin importarme un carajo los resultados.

¡Rigo Cohen, vaya ocurrencia! Con tristeza pude comprobar que, en el barrio, el poeta extranjero no gozaba de mucha popularidad. En el fondo de sus tumbas, tanto el tamaulipeco como el canadiense, debían estarse carcajeando de mis ridículos sesenta y dos años, ataviados con sombrero pachuco, lentes oscuros y greña larga.


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