Lo que hay que salvar en estas elecciones es el pensamiento crítico

Para saber quién ganó un debate presidencial en esta época no basta con poner atención en el que habló mejor, sino que hace falta preguntarse cuáles eran los objetivos de cada uno de los contendientes. Sirva de ejemplo el caso de Hillary Clinton, quien se impuso en todos los debates a Trump -en términos argumentales y en el respeto a las formas políticas- pero que fracasó en su verdadero objetivo: utilizar el valioso tiempo televisivo para convencer a los jóvenes indecisos de que ella era algo más que un símbolo deslavado del statu quo norteamericano. No lo logró, y perdió. Valga la anécdota para entender, de paso, que no siempre funcionan los chantajes de la catástrofe: difundir que todo se irá al carajo si se vota por tal o cual candidato es una estrategia que encuentra sus límites cuando un sector importante de la población percibe que todo se jodió ya hace tiempo y que resta poco o nada que perder.

Visto así, ¿Quién ganó el debate?

AMLO no presentó ideas nuevas y tampoco quiso discutir las viejas. Como puntero indiscutible, asumió que su trabajo era administrar la ventaja. Por eso no quiso hablarle a los paganos, sino que se ocupó de darle certezas a los conversos. Tomó el debate como un trámite, un rito de paso que básicamente consiste en mantener el autocontrol frente a una andanada de ataques. Aún así, el problema del candidato de Morena fue que, salvo por su arenga final, le costó mucho emocionar y emocionarse. En cualquier caso, si bien no ganó la disputa intelectual, logró su objetivo primordial, que era mantenerse ecuánime.


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Por su parte, Anaya fue el que presentó los mejores argumentos. Es un político hecho para debatir. Pero aunque para ser Presidente ayuda tener habilidades de polemista, se necesita bastante más. Hace falta crear una conexión con la gente, y admitamos que la risita socarrona de Anaya sabotea cualquier posible romance con el pueblo. El problema del panista es que proyecta una soberbia y una frivolidad que hacen que en todo caso lo respeten, pero no que lo sigan. Debería recordar que no esta compitiendo para ser presidente de la clase, sino de un país que está en terapia intensiva; tal vez hay que decirle que en tiempos de antipolítica se cotiza a la alza la confianza y no tanto la admiración. Cómo sea, aunque Anaya no pudo cerrar la pinza, se acercó a su objetivo: una contienda que sea de facto entre dos candidatos.

En cuanto a Meade, me gusta la idea de que sea el sepulturero involuntario del PRI. Es una imagen con mucha justicia poética: un afable tecnócrata cerrándole los ojos al monstruo omnívoro y clientelar que incluso pudo reponerse al golpe mortal de la alternancia. El egresado de Yale demostró en el debate que como candidato presidencial será buen músico de exequias para el viejo partido hegemónico. Su objetivo era recortar distancias con Anaya, pero no sólo no pudo hacerlo, sino que dejó la impresión de que Margarita Zavala será quien se le acerque un par de puntos. La candidata, por lo demás, mostró que puede memorizar discursos, pero que tiene muy malos reflejos: cada vez que se enfrenta a preguntas que van por fuera de su speech preparado, se desmorona.

Resta decir que el Bronco apunta a ser otra anécdota inverosímil de la tragicomedia mexicana: llega a la boleta presentando 58% de firmas falsas; ya en el debate, propone una Ley del Talión que ya sólo aplicarían los Talibanes; clama que el problema en la democracia mexicana son los partidos políticos -no es por teorizar, pero éstos son por definición una de las partes principales de cualquier democracia representativa-; muy seguro de sí, alardea de que su programa todavía no existe, porque se construirá según “lo que la gente le diga” en mensajes de WhatsApp…y termina cancelando la oferta, pues su número de teléfono se satura. La pregunta no es cómo llegó a ser candidato, sino cómo gobernó Nuevo León.

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No puedo dejar en el tintero un asunto de fondo. Corren tiempos en que las imágenes, las impresiones y las percepciones pesan tanto o más que los debates, las acciones y los consensos. La política se ha farandulizado y los políticos ahora deben hacer más de presentadores de televisión que fungir como figuras de autoridad. A este giro, Carl Salomon lo ha llamado “política espectral” y significa que hoy aparecer en los medios es la naturaleza del poder y que los políticos se han convertido en algo que consumir; también que las encuestas son más performativas que predictivas y que para una campaña exitosa parece mejor rodearse de mercadólogos que de politólogos.

Así las cosas, vemos a los candidatos en el transporte público, comiendo en el mercado o ayudando a cruzar la calle a una ancianita. Por este breve periodo, los papeles se invierten: tenemos a gobernantes haciéndose pasar por gobernados y a gobernados con ganas de sentirse gobernantes.

¿Cómo desatar ese nudo contemporáneo? Parece una tarea difícil. Sin embargo, suscribo la tesis de que el bienestar de una sociedad a largo plazo se juega mucho más en cómo sus ciudadanos procesan lo político y no tanto en quién gana los procesos electorales. Es impopular decirlo, pero en este punto importan más refinar los diagnósticos que declamar las soluciones. ¿Por qué?

Aunque no lo dice Salomon, al otro lado del espejo de la política espectral podemos encontrar una “ciudadanía espectral”: cuando el ciudadano deja de matizar juicios y ponderar opciones políticas; cuando renuncia a vivir lo público como el espacio de su propia libertad; cuando abdica a la tarea de enriquecer las discusiones en su zona de influencia.

Pensemos en el día siguiente a las elecciones. México seguirá estando lejos de ser la potencia mundial que promete Meade; también faltará mucho para que sea sostenible el ingreso universal que Anaya ha puesto sobre la mesa, o para ver a un presidente transformando con su honestidad toda la estructura de los alcaldes, los gobernadores, los legisladores y funcionarios del Estado. El crimen organizado seguirá ahí; también la mitad de la población en situación de pobreza y la amenaza de un muro en nuestra frontera con Estados Unidos. Tenemos la paradoja de que enfrentamos grandes problemas, pero que en la complejidad del mundo globalizado, no existen ni grandes soluciones, ni grandes solucionadores. Lo que hay son apuestas colectivas y políticas públicas más o menos efectivas; hay modestas instituciones, que se erigieron paso a paso; hay deslizamientos cognitivos de los sentidos comunes. Y eso es lo que termina haciendo la diferencia.

El verdadero reto es que tenemos que emprender un proceso de cambio, largo y complicado, con avances y retrocesos, con golpes dados y recibidos, para poder llegar a ser un país vivible para las mayorías. Admitamos que es lo menos sexi del mundo enunciar: “tardaremos mucho en cambiar, será difícil y doloroso, y no existen caminos seguros para llegar a donde queremos”. Pero esa es la verdad.

En las elecciones siempre nos llaman a “cerrar filas”, a optar por el “voto útil” o “elegir al menos malo”. Cada proceso electoral invitan -“por nuestro bien”- a que difuminemos nuestras diferencias legítimas. Algunos nos dicen que hay que evitar el cataclismo como sea, incluso si ello implica elegir a un impresentable o sostener un régimen que está podrido de cuajo. Otros susurran que no valen los recelos ni los peros, pues el cambio es un asunto de “voluntad política” y está a la vuelta de la esquina. Ante la complejidad de la realidad, tirios y troyanos nos exhortan a simplificarla.

Por ello, el trabajo principal de un ciudadano durante las elecciones es lograr, situación por situación e incidiendo en cada uno de sus campos de acción, que no muera el pensamiento crítico.

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