El centro-centro de la torta

"La torta es el centro del ritual, el corazón del sacrificio que, como la caguama, va de mano en mano –no tantas, en realidad- consolidando las cadenas de la fraternidad -para un alma destortada sería muy difícil entender los matices de este rito de paso chilango", escribe Roberto Acuña para Vía Libre.

Por Roberto J. Acuña

Hoy un amigo, Alejandro Flores, sacrificó la mitad de su torta a mi hambre en aras de la amistad, la prueba del lazo no consistió en el hecho mismo del desprendimiento, podría haber traído calabazas y eso únicamente demostraría su mala leche. Pero una torta, ¡una torta!, son palabras mayores, probablemente no lo entiendan aquellas personas que no nacieron o no vivieron o no vivan en el DF; la torta es el centro del ritual, el corazón del sacrificio que, como la caguama, va de mano en mano –no tantas, en realidad- consolidando las cadenas de la fraternidad -para un alma destortada sería muy difícil entender los matices de este rito de paso chilango.

Todo esto lo pensé a las primeras mordidas, entonces llegué al aguacate y no sé por qué de la amistad fui desbocado hacia esos pensamientos o deseos que de repente se clavan como hormigas o como brasas en las más niñas ideas y entonces fue cuando la iluminación y la pe…rplejidad, su escoriación llegó a mí y pensé en lo delicioso que sabría una vagina si tuviera las bondades del aguacate, me lo imaginé, más o menos, con la densidad de los conos de vainilla de McDonald’s. No importa que se vaya oxidando o que de buenas a primeras esté un poco negrito, al contrario, se asienta más el sabor, se vuelve experiencia de iniciados, casi asunto de sibaritas, como lo es de aquel que goza en la labranza de la oralidad sexual, que sabe sus tiempos, sus ritmos, el palpitar de la pulpa y sus olores y las aguas de sus estaciones.

Una torta es impensable sin este manjar, es como una vagina sin clítoris, sin éste será un bolillo abierto con un trozo de carne que llena –quizá- pero no sacia. Haga el intento, imagine que alguien le regala una torta, entonces la abre para descubrir de qué está hecha,  ¿qué cara pondría si no trajera aguacate?, ¿qué cara pondría si no le encontraran el clítoris o no lo encontrara por más búsqueda que hiciera?, o peor aún, que desprecie, ya sea por desconocimiento o por tozudez, su existencia. Sí, de acuerdo, no por ello se dejará de morder, el hambre es hambre, ¿pero comer así, tan caído de alma, vale la pena?

El aguacate, en muchas palabras, es el viagra del tortero -dícese de la persona que disfruta las tortas-, es el babydoll, la tanga, la faldita de colegiala, los lentes, las monas chinas, el vocabulario obsceno, el AMLOVE del erotómano. En pocas palabras, es la imaginación cumplida, el deseo, el sueño realizado.

En el aguacate está el alfa y el omega y la lambda de la lengua, es la respuesta a la transverberación de la Santa Teresa de Bernini cuyo escultor la capturó en ese instante en que era arrancada de sí por la concupiscencia de una torta mística, de la cornucopia divina del aguacate o del recuerdo de San Juan de la Cruz ante el éxtasis de una de sus mordidas; es la hostia y el ostión en la misa negra del glotón; es la prohibición y la transgresión de una persona a dieta, es el placer culposo, el erotismo que aprieta las tripas y suelta la saliva de toda hambre. El aguacate es agua densa en la lengua, es llama de sentidos, elemento constitutivo para la alquimia, mi Bien, del crujiente bolillo.

Los que no le ponen aguacate a su torta son los que al entrar al DF observan un enorme letrero de advertencia que dice: El que entre aquí abandone toda esperanza. Dichosos los que comen aguacate porque de ellos ya es el mundo.

El aguacate, por tantas bondades, debe ser la fruta del paraíso, no la manzana, ¿a quién le gustan los pays de fruta? Si hay una por la que Adán y Eva pecaron ésa por fuerza es la nuestra, una vez que se pela su arrugada y negra cubierta enseña las bondades de su carne desnuda, fresca, suave, entera, cruda, en trozos o embarrada, epítome del hombre y de sus partes, andrógino que es agua y cate a los sentidos que desbordan el negro corazón de su tierna adivinanza.


Roberto Javier Acuña Gutiérrez (Defeño), acaba de publicar un poemario: Tarde en recordar (2017), editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha ganado algunos premios literarios en cuento, poesía y ensayo. Su trabajo ha sido recopilado en varias antologías y publicaciones literarias, como Periódico de Poesía de la UNAM o la revista RITMO.


Vídeo Recomendado

Previo

"Exploro temas tan duros como el hambre y la destrucción sistemática de nuestro país": Edwin García

Siguiente

Otra de Ricardo Alemán: Dice que "es una mamada" el asesinato de los tres estudiantes de cine

Sin comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *