El adiós del gran escritor Sergio Pitol y su legado en el arte de la fuga

Además del oficio de la escritura, que cultivó como una una actividad en la que podía conservar todo aquello que no podía asir en la vida cotidiana, Sergio Pitol fue un gran maestro en el arte de la fuga.

Entre las muchas líneas inolvidables que escribió el gran escritor mexicano Sergio Pitol, hay una frase que revela con poderosa sensibilidad una certeza del alma humana: “Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas, uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.

El maestro Pitol conocía mejor que muchos lo que significaba existir a través de las pérdidas.  A los cinco años había perdido a su padre, su madre y su hermana menor. Además, su infancia estuvo marcada por la enfermedad, pues contrajo paludismo. Esto lo mantuvo postrado en la cama por largas temporadas, privado de las actividades normales que todo niño realiza en su desarrollo. Entre éstas, no podía asistir a la escuela. Como única medicina encontró la literatura.

Así, desde muy temprana edad se volvió un lector feroz. La literatura fue para él una manera de vencer el implacable peso del tiempo y abolir todos sus males. Lo que en otros escritores puede considerarse un lugar común, en Sergio Pitol era una manera de aferrarse con desesperación a la vida. La lectura lo condujo al oficio de la escritura como una actividad en la que podía conservar todo aquello que no podía asir en la vida cotidiana. A través de esta actividad encontró una plenitud incomparable. Como él mismo escribió en El arte de la fuga: “Mi relación con la literatura ha sido visceral, excesiva y aun salvaje”.

Pero no sólo era la literatura, era el arte en todas sus manifestaciones. En Pitol confluían múltiples escenarios artísticos que dotaban su escritura de una suerte de territorio en donde todo dialogaba entre sí a través de sombras, recuerdos y sensaciones. Estaba la pintura, y los pintores que tanto marcaron la sensibilidad del narrador mexicano, estaba la música y su ritmo desencarnado y su implacable belleza. Estaba el teatro y el cine, con su fugaz preservación de las imágenes.

También cultivó otras formas de arte, a las que se les suele poner menos atención. Entre éstas estaba el arte de escuchar y el arte de conversar. Pero sobre todo esto, había una forma de arte que cultivó con mayor ahínco: el arte de viajar. O como él mismo lo advirtió, el arte de la fuga.

Lo que más lo atraía de este arte era el riesgo, la capacidad de un ser humano de abandonarse a lo desconocido. También estaba la exploración, el descubrimiento y la revelación. Pitol se preguntaba durante su viaje a Italia: “¿Moriría en Venecia? ¿Surgiría algo que lograra transformar en un momento mi destino?”

Pero no murió ahí, sino que había renacido. Unos meses antes de cumplir 20 años salió por primera vez al extranjero. Viajó a Caracas, a Cuba y a otros países latinoamericanos donde escribió sus primeros poemas. Poemas que nunca consideró de buena factura, pero que eran importantes en su vida porque fueron parte de su aprendizaje en el desarrollo de su sensibilidad. Todo gran escritor que se precie de serlo, ha comenzado con el deseo de escribir poesía. Pero la suerte estuvo echada, a los 25 años sus primeros cuentos vieron la luz en una revista dirigida por Juan José Arreola. Con ello se empató a la generación de José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

No obstante ,Pitol —quien en 2005 obtuvo el Premio Cervantes— jamás se alejó de la poesía, porque toda su obra narrativa y ensayística está marcada por ella. Tan sólo basta adentrarse en cualquiera de las páginas que comprenden su profunda obra, y la poesía aparecerá ahí como una forma suprema del oficio: el maravilloso manejo del lenguaje, el ritmo de las palabras, la pulsión secreta de los signos. 

A partir de esa edad y durante 28 años se mantuvo viajando por  China, Bulgaria, Hungría, España, Francia, la Unión Soviética y Checoslovaquia. En cada territorio gestaba una inquietud por viajar a un nuevo escenario. Su Trilogía de la memoria, editada por Anagrama y compuesta por El arte de la fuga (1996), El viaje (2001) y El mago de Viena (2005) combina sus memorias de viaje con ensayos y fragmentos de borrosas fronteras entre realidad y ficción.

Además de haber elegido el servicio exterior como la única carrera que le permitió ganarse la vida viajando, se dedicó a la traducción. No tanto como un ejercicio para llevarse unos pesos más al bolsillo, sino como una forma de conocer más a fondo el oficio de la escritura. Era la traducción una manera de comprender los pasos para que un escritor construya una novela. 

A esos años de viaje se le deben traducciones al español de una veintena de autores, entre ellos Henry James, Joseph Conrad, Robert Graves, Jane Austen y Witold Gombrowicz. También tuvo una particular afección por autores rusos, muchos de los cuales tradujo al castellano por primera vez.

Pero el territorio al que más veces regresó fue la enfermedad. De aquel paludismo de la infancia se trasladó, en la etapa final de su vida, a una nueva estación terrible: una enfermedad mental. Diagnosticado, en 2009, con una afasia primaria progresiva no fluente, Pitol atravesó la cuarta y última etapa de esa enfermedad. En la cual  el escritor ya podía hablar, ni darse cuenta de las cosas o de su entorno, ya no podía reconocer nada ni a nadie. Así lo confesaron sus familiares para la prensa en los últimos momentos de vida del escritor. Aunque Pitol tenía momentos de lucidez, la sombras terminaron por consumir su memoria.

Fallecido la mañana de este jueves 12 de abril a la edad de 85 años, en su casa de Xalapa, la capital del Estado de Veracruz, por las complicaciones provocadas por la afasia progresiva, el escritor dejó una gran legado en las letras mexicanas. Como ya he mencionado, está El arte de la fuga, o su  Trilogía de la memoria. Pero también está su maravilloso “Tríptico del carnaval” que comprende las novelas  Domar a la divina garza (1989), que puede leerse como una parodia sobre la sociedad mexicana; El desfile del amor (1984), ganadora del Premio Herralde de novela, una especie de thriller compuesto por recortes de nota roja, y La vida conyugal (1991), una parodia del matrimonio y la vida en pareja.

Adiós al gran maestro Sergio Pitol que ha emprendido un nuevo viaje.


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