La sombra sobre México: a 81 años sin Lovecraft

“La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido.”, escribió Lovecraft en uno de sus ensayos más famosos.

Por Eduardo R. Gutiérrez

El 15 de marzo de este año se han cumplido 81 años de la muerte de Howard Phillips Lovecraft, escritor nacido en Providence, Rhode Island, Estados Unidos; autor de una serie de historias de horror, que están entre los lindes de la fantasía  y la ciencia ficción, conocidas como Mitos de Cthulhu. En esos mitos él narra cómo una serie de seres cósmicos, que en cierta forma podríamos llamar dioses, asolan a la humanidad y todos sus personajes siempre tienden hacia la locura por ver la fría indiferencia de un universo lleno de entropía.

Podría escribir más líneas sobre este tema, pero sería repetir lo que muchos han dicho, deseo aprovechar para hablar un poco sobre una de las facetas olvidadas de este autor y sobre la influencia que ha tenido, en específico en una novela mexicana.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que también fue poeta, escribió una serie de poemas reunidos en su libro Hongos de Yuggoth, 52 poemas plagados de ese horror que tanto caracteriza su obra en prosa:

Y al fin vino del interior de Egipto

El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

Del poema “Nyarlathotep”, donde pone en verso una de sus historia, o como en estos otros versos:

Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad

Cosas que había soñado pero que no podía entender,

Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban

En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.

Donde habla de Azothoth, otro de esos seres dimensionales que rigen el universo. Aunque no todos sus poemas tratan sobre las divinidades que plagan sus historias, tiene uno dedicado a uno de sus autores predilectos, sin alejarse del horror:

Triste y solitario, un espectro se desliza a lo largo

De los paseos por donde sus pasos le llevaban en vida;

Pero no es visible a los ojos de cualquiera, a pesar de que su canto

Resuena a través del tiempo con una extraña fascinación.

Sólo los pocos que conocen el secreto de su magia

Pueden encontrar entre estas tumbas la sombra de Poe.

Aquí es donde conecto con la otra faceta de Lovecraft, la de teórico y crítico literario, ya que escribió un ensayo: “El horror sobrenatural en la literatura”, donde explora el origen de la literatura de horror y sus evolución; el texto está plagado de todos los autores que leyó e inicia con una gran frase:

“La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido.”

Todo su tratado nos recuerda constantemente que la clave para una excelente historia de horror cósmico es la atmósfera, para que el lector tenga un hondo sentimiento de espanto al contactar con elementos y fuerzas desconocidos y tenga una actitud de acecho. Hoy en día es uno de los tratados más interesantes que todo aquel interesado en la literatura de horror debería leer.

Por último, a pesar del gusto o disgusto de ciertos sectores de la alta cultura, Lovecraft ha sido un autor que ha influido bastante en la cultura popular, en cómic a Hellboy y al escritor Alan Moore; en cine como Reanimador o Army of Darkness y al director Guillermo del Toro, cuyo sueño de filmar las Montañas de la locura está más cerca de cumplirse; en series de televisión y sobre todo en literatura, se ha publicado una inmensa cantidad de fanzines y antologías en su honor, de hecho hace poco se publicó: H. P. Lovecraft: un tributo de autores mexicanos.

Sin embargo, existe una novela mexicana del escritor Enrique Rentería, titulada: La noche del pez. Ambientada en Tampico, narra la historia de Ismael que llega a la playa, flotando en un ataúd, tras el hundimiento de su barco ballenero a causa del ataque del Fantasmagua, hijo de Elguá (una de las divinidades principales de la religión yoruba y en santería se asocia con el Santo Niño de Atocha o con san Antonio de Padua), es un demonio que vive entre huracanes. Toda la novela gira en torno al misterio que rodea la llegada de Ismael y su relación con Claudia, una niña que ama el mar y no desea irse, ya que su padre Jaime, un dibujante —que en un pasaje está adaptando a cómic La sombra sobre Insmouth, un relato de Lovecraft—, que desea marcharse a un mejor lugar y dejar atrás su oscuro pasado. También está la China, una santera que ayuda a comprender a Ismael que es lo que realmente está pasando, y sus hijos: El Chino Wong y Berenice, el un tipo de Neptuno muy particular y ella una sirena única.

La novela realmente tiene pasajes llenos de horror cósmico:

“Mientras trataba de arrancar el jeep sin la llave, en directo, con los cables, Jaime miraba de reojo las imponentes estructuras metálicas. Parecían la nave de los locos que construyera el diablo para viajar entre continentes sin tocar agua. Despedían rayos verdes, el fuego con que san Telmo destruyó el barco del diablo. Y las pequeñas figuras en plena  diversión, quizá fueran el Holandés Errante, la esfinge de los hielos, Ofelia, Glenn Miller, Ícaro, Arcelia y todos los ahogados. […] Al sentirse cada vez más candidato a baños de agua bendita o electroshocks, Jaime se alejó de ese Tampico donde los muertos podían bailar con los vivos.”

Y el final, que no revelaré con gran detalle, sucede ante la llegada de una tormenta que evoca al caos primordial, ese caos que nos remite al horror cósmico que rige el universo, ese horror del que la humanidad desesperadamente desea huir; pero escritores como Lovecraft y sus seguidores nos hacen recordar que es imposible.


Eduardo R. Gutiérrez, integrante del seminario de Estéticas de Ciencia Ficción,  encargado del Twitter de Tinta Chida y un poeta de minificciones y micro-versos fantásticos.

 


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