Adiós, bici

Si no son nuestros cuerpos, son nuestros medios. Hoy dejé mi bicicleta encadenada en el centro de la ciudad y cuando regresé ya no estaba. Quise darle su lugar a mi dolor y a mi rabia para despedirme de una compañera a la que cada vez tuve más cariño. Adiós, bici.


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Llego al último lugar donde nos vimos, pero ya no estás. El espacio se abre. El mundo es como una película en un zoom out vertiginoso. El mundo no es como una película porque la inmensidad de su espacio no tiene límite. ¿Dónde estás? ¿Dónde puedes estar? Quien se lleva algo ajeno no quiere ser descubierto. Quien se lleva algo ajeno muy pronto se lo lleva muy lejos.

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Había olvidado que pasaba esto. No eres la primera: eres la tercera que alguien se lleva de mí. Había olvidado que muy pronto todo se convierte en una bicicleta. Cada rueda me dice bici, y cada bici me dice ser tú. En cada sonido, en cada conversación sobre una “baika” que se escucha en la calles: toda una paranoia de la bicicleta. Pero no estás tú en ningún lugar, a la vez que puedes estar en todos.

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Entonces todos son ladrones en potencia. Todos se vuelven culpables virtuales y, más que nunca, odio la ciudad. En pleno centro los turistas se hacen fotos con el logotipo de la marca-ciudad, y atino a dar un par de puñetazos a su estructura semimetálica. Con el responsable ausente, incógnito, el nombre de una ciudad se ha convertido él mismo en el objeto de mi ira. Pinche ciudad. Pinche ciudad abierta, como Roma, como en Ladrón de bicicletas. Con el irresponsable ausente, todos se han vuelto culpables, merecedores de un odio que sale de mí como de válvulas de escape.

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Pero muy pronto ellos no tienen nada que ver. Ellos son inocentes: todos son inocentes. La culpa es mía por haberte dejado así, ahí. Mi acompañante me pregunta si te amarré bien: sin duda. Eso no se pregunta, pienso, pero empiezo a preguntármelo. ¿Qué tal si no usé bien el candado? ¿Qué tal si ni siquiera lo usé? ¿Por qué te dejé ahí? Fue mi culpa por haber escogido ese sitio. La culpa es mía y de nadie más.

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Pero si la culpa es sólo mía, ¿quién te tomó de ahí? Encima, no eres la primera. ¿Serás la última? Es como si se hubieran llevado un pedacito de mi cuerpo. Y si eres un pedazo de mi cuerpo, me siento mal por los pedazos del tuyo. Me siento mal por tus pedales color rosa y por tus seguros anti-robo (¡qué seguros!) que harán difícil que alguien cambie la altura de tu asiento, que harán difícil un cambio de llanta delantera con su mecanismo secreto. Con su mecanismo que sólo yo y otro par conocemos porque te conocemos.

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¿Serás forzada? No quiero que seas forzada. No acostumbrado a ti, ¿tendrá el ladrón un accidente en una suerte de karma? ¿Serás usada, siquiera, por él, o acaso te venderá? ¿Te venderá completa o por partes? Si yo volviera a verte, te reconocería por ese rosa que interrumpe el negro y el rojo, o por el desgaste plateado del cuadro al chocar con el candado. Pienso en volver a buscarte, pero me abruma que ya estés muy lejos. Me abruma que la búsqueda pueda no terminar nunca.

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Cuando uno siente dolor por un golpe, se aleja del objeto con que se golpeó. Los dedos del pie lo saben cuando reaccionan ante la pata de una mesa o la esquina de un mueble. Pero otra opción es alejar la fuente del dolor y eso lo saben los puños. ¿Qué pasa, en cambio, cuando la fuente del dolor es justo algo que ya no está? Cuando la fuente del dolor es justo que algo no está ya. ¿Cómo volvemos ausente la ausencia?

***

Mis preguntas no son inocentes. No podrían serlo. Parece, dice un amigo invidente, que se roban hasta las alcantarillas. A él le robaron el piso mientras caminaba, y por poco cae “a la boca desdentada de una de ellas. […] Nos están robando todo, incluso la confianza de caminar libres por la calle, como si se tratara de una competencia de ver quién se lleva más y quién deja menos”, dice Bernardo, y yo pienso en las lógicas de la acumulación del capital. Pienso en el despojo. Pienso en los desaparecidos de estos últimos días.

Si con mi bici ya se siente así, no puedo imaginar qué sentiría con un hijo.

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1 comentario

  1. Albert
    25/03/2018 at 21:12 — Responder

    El sólo hecho de tomar de alguien más una pertenencia sin su consentimiento se convierte en una
    ofensa grave por que es una falta de respeto a nuestro espacio, aunque sean cosas materiales, son
    nuestra propiedad y como tal deben ser respetadas por que forman parte de nuestro entorno.
    No importa donde la hayas dejado, no deben pasar estás situaciones si tan sólo tuviéramos respeto
    por los demás sería diferente. Animo.

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